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Cielos dorados, nocturnos e infinitos

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Manolo Haro

La vida extrarradial, la dedicación profesional en el tajo de la docencia y la observación directa de la pollería adolescente me dejan poco tiempo para la lectura deleitosa de libros que no aparecen en esta página de crítica. Leo con envidia la tumultuosa presencia de algunos de los estadistas, así como sus querencias hacia jóvenes escritores audaces que niegan la tradición y se afanan en montar nata posmoderna dejando a sus bisabuelos como meras entelequias fotográficas y seres de leyenda doméstica. Las novedades han dejado de acumularse en mi mesa desde hace un par de años, por lo que, como habrán observado algunos de mis eventuales y virtuales lectores, las reseñas que firmo están dedicadas a almas que pagan impuestos en el Parnaso de la inmortalidad o en sus aledaños. He pasado el dedo por las estanterías de mi hogar, a la búsqueda de los lomos que me han ayudado a desechar los ansiolíticos potenciales por haberme deparado eso que algunos llaman felicidad y me he topado con escasos volúmenes que colocar en este ajuste de cuentas ‘off the record’ para cerrar el bendito 2014. Pero algunos hay.

Leí con cariño de amigo, aunque también con el monóculo del lector atento, La larga noche de Javier Mije. Novela de desamor y pérdida, de desencanto y de duda, que, con una prosa con vocación de estilo –sin embadurnar de melaza los bordes del párrafo– nos narra la historia del desgaste y la soledad del creador. Piqué de nuevo, porque lo recordaba como un libro inteligente y divertido, en Experiencia de Martin Amis. No me equivoqué: una desvergonzada relación biográfica en la que se repasa retrospectivamente adolescencia, juventud y madurez, trufado todo con cartas al papá Amis y a otros remitentes de desigual importancia, lo que demuestra que el género de contar la vida para los británicos no entiende de maquillajes hagiográficos. Ahora que el personal anda halagando aleaciones de ficción-realidad en escritores de éxito, pienso que esta obra tornasolada y luminiscente podrá hacer disfrutar al personal que guste de estas frutas tropicales, porque, a decir verdad, algunos pasajes podrían ser pura creación literaria. Disfruté sobremanera de los Cuadernos de Leonardo da Vinci en una edición bien linda (Librero) por el módico precio de 10 pavos (impresión en la India. ¡Ay!, la tinta del tercer mundo). Dibujos y textos que dan la clave de un tipo que aún sigue vendiendo libros de otros (¿cuántas portadas con su supuesto autorretrato?) y en los que se dejan ver sus reflexiones sobre la observación del mundo y sus indicaciones para pintar ambientes de batallas, animales, hombres y edades. Todo ello tiene un halo de extrañeza mística que sigue pareciendo guardar un arcano indescifrable. Seguí bajando por la liana que llega al Trecento y me topé con Giotto di Bondone en uno de esos socorridos volúmenes de Taschen. Me prendé del cielo de la Edad Media y de la simbología de un tiempo tan lejano que parece que no perteneciera al mundo de ahora. Giotto me dirigió hacia un ensayo, comprado de lance tiempo ha y que permanecía a la espera de que llegara nuestro día juntos, sobre los prerrafaelitas de Timothy Hilton en Ediciones Destino. Se cuenta aquí que estos contumaces jóvenes abrazaron la Biblia, Chaucer y Shakespeare, las sagas nórdicas y los mitos clásicos, la Edad Media y el ciclo artúrico,  para dar una pintura de una factura impecable pero que recurría a técnicas de composición ya impropias para el momento artístico que les tocó vivir, una ‘boutade’ meditada (imagino el cabreo de los académicos viendo perspectivas más propias de Cimabue que de Miguel Ángel) que comenzaba a emborronar los contornos del figurativismo y que prefiguraba el simbolismo y el modernismo que silbaba ya tras los juncos, sin apenas reparar que en la ‘France’, otros atrevidos muchachos iban a desdibujar la realidad mirando al Sena y dejándose impresionar por la luz.

Como ven, literatura, lo que se dice literatura, no encontrarán mucha por aquí. Visitas esporádicas a gruesos volúmenes para mantener la llama de la belleza literaria encendida claro que hubo. Algún cuento de Nabokov; alguna cala a la Obra selecta de Cyril Connolly, pues en las tenebrosas noches de insomnio la casa de los maestros mantiene siempre el rescoldo avivado por su sapiencia; las Seis propuestas para el próximo milenio de Calvino, una infusión de manzanilla recién recogida para las indigestiones contemporáneas; las Conversaciones con Goethe de Eckermann, en la maravillosa (y cara) edición de Acantilado, en la que se oyen las palabras del genio alemán con la misma frescura que el mismo día en las que las pronunció; poemas al azar del malogrado Aníbal Núñez, poeta y traductor que se aviene bien a la brumosa vida de los cuarentones como servidor. En fin, hojas sueltas para los días sueltos de un año que se va como se van las novedades de las mesas de las librerías.

De mis colegas de galera leerán ustedes profusas listas de libros que les darán pistas del pie con el que cojeamos cada uno, un retrato robot que nos delata y que nos deja divertidamente desnudos para correr juntos por las poco interesantes calles de la crítica literaria, esa cosa que, según sesudos hombres, sólo leen los editores, los autores, algún que otro amigo de estos y todos sus enemigos.

Y a ese señor que aparece en la foto de mi Mesa (en mayúscula, así acabo citando de alguna manera a Sara, que aparece en todos estos post de libros excluidos y es la mecha que ha encendido esta ristra de petardos) también lo he leído profusamente este año, pero eso es otro cantar.

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