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Cita espectral

JUAN CARLOS SIERRA | Peco de falta de originalidad. Lo sé. Además soy consciente de que esto juega en mi contra, sobre todo en contra de lo que escribo, y muy particularmente, en esta ocasión, en contra de esta reseña. En cualquier caso, me veo en la poco original tesitura de repetirme recordando aquello que le oí decir acerca del taller de escritura de los poetas a Luis Muñoz en una ya lejana conferencia melillense de hace aproximadamente unos 25 años; a saber, que los poemarios surgen bien por acumulación, es decir, por recolección de versos y estrofas que se han ido gestando a lo largo de un tiempo y en los que se descubre al fin un tono, una coherencia, un algo que los reúne; o bien aparecen tras un trabajo obsesivo alrededor de algún asunto que tiene entretenido al escritor durante algunos años -o toda una vida-.

            La edad de los fantasmas, el último poemario hasta la fecha de Benjamín Prado, a riesgo de equivocarme, porque eso solo el propio autor lo sabrá, creo que habría que enmarcarlo en el segundo grupo; o, al menos, así me lo confirman las pistas que me ofrece como lector poco original pero espero que atento de su poesía. La coherencia temática en el conjunto de la obra -esos fantasmas que le dan título-, el leitmotiv que se halla detrás de ellos -esa memoria que no solo habita el pasado, sino que se conjura contra el futuro olvido que seremos-, la estructura del conjunto prefijada de alguna manera en el primer poema del libro -¿programático?- y cerrada con un verso definitivo y sintetizador -”Escribir es buscarles castillo a tus fantasmas” (página 59)-; todos estos rasgos me hablan de un trabajo consciente y sostenido en el tiempo, de una labor poética de exorcismo -a veces en el mejor sentido de la palabra- de unos espectros que han perseguido al autor durante mucho tiempo, que quizá aún van detrás de él, y que han dado como resultado a fecha de hoy La edad de los fantasmas.

El poemario se abre con ‘El olvido está hecho de lo que ya no duele’, ese poema que, como ya he comentado, se lee como anticipo de lo que vendrá después y que comienza con estos versos: “Estos son los poemas/ de alguien que ha besado en el espejo/ los labios de un fantasma/ y quiere irse contigo cuando cierres el libro,/ igual que al salir de los museos/ las estatuas nos siguen”. De ellos destacaría el cuarto -”y quiere irse contigo cuando cierres el libro”-, pues creo que contiene una de las claves de este poemario: la pelea del yo poético contra el olvido de sí mismo y de su obra, un intento de permanencia espectral o una forma como otra cualquiera de conjurar la ausencia que vendrá inevitablemente tras el diagnóstico fantasmagórico y definitivo del médico soñado en el poema de la página 39. Los poemas de La edad de los fantasmas no han de ser, pues, inútiles como sugiere el espíritu que dialoga con el yo poético en ‘Proceso de creación’ (página 51), ya que los versos son “lo contrario del miedo y de la soledad”, lo opuesto al vacío que nos sobrecoge en una de esas habitaciones de hotel propicias al encuentro con nuestros fantasmas particulares. La literatura, la poesía en concreto y la de Benjamín Prado en particular, es útil, imprescindible, porque nos salva de ese olvido y de otros muchos fantasmas.

No se trata aquí, por consiguiente, tan solo de una vía de permanencia egoísta para el espíritu atormentado y errante del yo poético/autor, sino que La edad de los fantasmas contiene una relevancia ulterior y superior para quien quiera acercarse a sus páginas. Estos versos de Benjamín Prado también pueden convertirse en un buen asidero para conjurar los fantasmas de cualquier lector en el juego de la identificación. Quiero decir con esto que el poeta no se nos muestra aquí como alguien especial, como un ser humano diferente al resto de los mortales. Ya está más que superada esa superioridad moral e intelectual, por decirlo de alguna manera, lo cual facilita enormemente, como ya he mencionado antes, el proceso de identificación entre obra y lector, y convierte a La edad de los fantasmas, por tanto, en un libro también necesario para quien se quiera adentrar en sus versos.

A esto ayuda el tono sostenido del poemario y la búsqueda de cierta sencillez en la versificación. Como muchos poetas aprendieran de Ángel González, entre ellos me imagino que el propio Benjamín Prado, en poesía lo aparentemente sencillo soporta tras de sí un trabajo ingente y una profundidad más que notable. De lo primero no puedo dar fe en relación al libro que nos ocupa, aunque me lo imagino, pero de la profundidad de sus poemas no me cabe la menor duda. Evita así el poeta el simplismo y la nadería de mucha de esa poesía que circula en digital y en analógico, en pantallas y en papel; conjura, pues, otro fantasma, aunque este no se mencione explícitamente en todo el poemario.

Entiendo que la composición predominantemente narrativa y extensa de la mayoría de los poemas que componen La edad de los fantasmas contribuye a esa accesibilidad lectora. Esto no descarta la inclusión entre los versos de imágenes necesarias para asir con más fuerza lo narrado, para marcarlo a fuego en la memoria del lector. Las imágenes aparecen y se desarrollan, pues, según las necesidades de la escritura y en aras de exprimir toda su capacidad expresiva. A esta estrategia de composición se alía. a mi entender, un rasgo idiosincrático de la poesía de Benjamín Prado, el tono sentencioso en versos cerrados que sorprende al lector en medio de muchos de los poemas de La edad de los fantasmas. Así por ejemplo, en la página 16, en el poema ‘Vestidor’, durante un pasaje narrativo, escribe el poeta “Solo/ hay/ una forma/ de poder conservar lo que crees que es tuyo:/ volver a pelear por ello cada día./ Sigue siendo quien eras o nada será igual…”; o en el poema siguiente ‘Últimas tardes con Juan Marsé’: “… solo sabes de ti lo que sepas contar”.

Por cierto, los homenajes a los fantasmas literarios particulares del autor –Juan Marsé, Joan Margarit, Carmen Laforet, Javier Marías,…- ocupan un buen número de poemas, así como los versos de otros maestros como, por ejemplo,  Edgar Allan Poe, Mary Oliver, Adrienne Rich,… en diálogo con los del propio Benjamín Prado.

En fin, a lo mejor todo lo que he dicho hasta aquí sobe La edad de los fantasmas no son más que obviedades que corroboran mi falta de originalidad. Me relaja, en este sentido, lo que suelen decir por ahí: que está todo inventado, que es muy complicado hacer algo realmente novedoso; y más, me imagino, en esto de la crítica literaria, donde al fin y al cabo se trata de hablar sobre lo que escriben otros. En cualquier caso, si fuera creador me preocuparía aún más el hecho de poder llegar a repetirme, es decir, si fuera, por ejemplo, Benjamín Prado. Aunque se puedan rastrear rasgos poéticos que podríamos considerar como marca registrada de la casa -esto es, recurrentes- o imágenes algo manidas, como la del hombre-lobo en el poema homónimo de la página 55, la edad madura, aunque no necesariamente provecta, de la que habla el título del libro y desde la que este se escribe contribuye a establecer hitos o maneras de decir y de abordar el hecho poético en La edad de los fantasmas cuando menos algo divergentes. La edad favorece aquí hablarle a las claras a nuestros fantasmas y ajustar cuentas con ellos desde la memoria hacia el futuro, contra el olvido. Nada más que por esa madurez ya merece la pena leer este poemario, porque leerlo también ayuda a buscarles un castillo a nuestros fantasmas.

La edad de los fantasmas (Visor, 2025) | Benjamín Prado | 70 páginas | 12 euros

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