
ALEJANDRO LUQUE | A Lafcadio Hearn llegamos, como a tantos otros, a través de Borges. Al argentino le gustaba el modo en que la palabra “algunos” reforzaba el efecto de uno de sus títulos, Algunos fantasmas de China (sin sospechar que en el futuro sería suprimida en varias ediciones españolas). Pero sin duda le atrajo esa personalidad singularísima, la del hombre de sangre griega e irlandesa que trabajó como periodista en Estados Unidos antes de descubrir primero Martinica y luego Japón, porque –como decía Manolo Díaz Martínez– siempre hay que tener una isla de repuesto. En el país del sol naciente vivió largos años, se casó con la hija de un samurái y tuvo cuatro hijos con ella, ¿no es suficiente para darle una oportunidad?
Si este primer párrafo les ha resultado convincente, el citado Fantasmas de China podría ser una buena entrada a su obra. Pero si quieren entrar en ella por la puerta grande, háganlo a través de este Kokoro, Ecos y apuntes de la vida íntima de Japón, publicado por primera vez en España en 1906 y rescatado ahora por Satori en una edición sencillamente preciosa.
Aquí se lucen el paciente voyeur y el antropólogo inspirado, el fino cronista, el retratista del natural y el narrador de espléndido pulso. No obstante, tal vez resulte útil atender al prólogo de José Pazó para conocer algunas claves del volumen: estamos en el Japón de entresiglos, un país que se había abierto al mundo tras siglos de aislamiento, haciendo un notable esfuerzo por adaptarse al orden occidental y sufriendo por ello serias tensiones internas.
En este proceso, el gobierno Meiji atrae a profesores extranjeros –como el pionero español Gonzalo Jiménez de la Espada– a la vez que envía a japoneses al extranjero para que se den un buen baño de cosmopolitismo, como sucedió con el novelista Natsume Soseki, autor de la celebrada Yo, el gato. Así llega a Japón nuestro escritor, reciclado por las circunstancias en profesor de inglés.
Cabe recordar que la imagen que se tenía hasta ese momento del país era bastante estereotipada. Pierre Loti, que donde ponía el ojo ponía el cliché orientalista, ya había fijado el suyo en la obra que, andando el tiempo, daría pie a la ópera Madama Butterfly. Por supuesto que en los textos de Hearn –quince en total, de desigual extensión, pero similar interés– hay kimonos y katanas, flores de loto y geishas que tañen el shamisen. Pero su verdadero valor no reside en los detalles exóticos, sino en el modo de plasmar toda una civilización, un mundo en trance de desaparecer.
No destriparé demasiado el contenido de este volumen, pero sí conviene destacar la exquisita sensibilidad del autor en sus viñetas y relatos. Kokoro es una palabra traducible como “alma”, “espíritu” y “corazón”, y el contenido del libro hace honor al título. Asuntos como el respeto por los niños, la organización de las ciudades en contraste con las grandes urbes occidentales, la preparación de los militares o el papel de la música y del arte en la vida cotidiana son abordados con la mayor naturalidad y encanto, sin pretender impresionar o sorprender: él mismo parece ser consciente de que la materia prima de sus escritos es de por sí asombrosa.
Si tuviera que quedarme con una idea, sería la concepción nipona del karma, no tan relacionada con los designios del destino como con la convivencia de los japoneses con los muertos, la conciencia de no ser seres individuales, sino que participan de la continuidad con la vida anterior. Uno lee esas páginas entre suspiros frecuentes, preguntándose cuánto bueno no se perdió en la occidentalización del país hace más de un siglo. Y qué habría sido de todo ello si un tipo llamado Lafcadio no lo hubiera registrado en sus cuadernos.
Nanto iu hōsekideshou!
Kokoro. Ecos y apuntes de la vida íntima de Japón (Satori Ediciones, 2025) | Lafcadio Hearn | 284 páginas | 24,00 euros | Traducción de Karla Toledo Velarde