
ILYA U. TOPPER | No existen los ex espías de la KGB, dice un viejo adagio (perdonen que escriba ex aparte, el espacio entre letras añade distancia, tiempo, drama). Ni de la CIA, el MI6, el Mossad o la DGST, el servicio de espionaje marroquí que pese a sus aburridas siglas es más eficaz que algunos de sus competidores juntos.
Eso lo sabemos todos: nadie deja de ser espía; al igual que un cura, una vez ordenado con los sacramentos, no puede perder ya la condición semidivina que lo faculta para convertir vino en sangre ni aunque le quiten la autorización de hacerlo, el espía como mucho se pasa a la reserva, exento del servicio activo, pero no deja de serlo. En todo caso, no para los demás. No para aquellos que alguna vez traicionó y menos para aquellos que depositaron en él secretos que aún no traicionó. Los primeros pueden querer vengar un daño hecho, los segundos, prevenirlo.
Entre estos dos frentes se halla K, el protagonista de la novela que nos ocupa. Lo de protagonista es un decir, porque daría lo que fuese para no serlo, para pasar desapercibido, y efectivamente, nunca sabremos su nombre completo —sí media docena de seudónimos empleados a lo largo de su corta carrera— y mucho menos su aspecto verdadero, si bien parece interminable la lista de disfraces que empleó. Pero ninguno de ellos será lo suficientemente bueno como para sustraerlo definitivamente a los sabuesos que lo persiguen, los de ambos bandos.
Y ahí entra en acción la heroína de la novela, la costurera Sira Quiroga, que ya conocimos de la anterior novela de María Dueñas, El tiempo entre costuras, en la que se fue convirtiendo en avezada espía capaz de enviar mensajes en clave de estratégica importancia mediante, ustedes lo adivinan, pero no voy a contar más, por si quieren leerla, sus habilidades de costura. Sira Quiroga, afincada en Tetuán, ha vuelto a Tánger donde se desenvuelve entre los frentes de la II Guerra Mundial, cruzándose con el misterioso K en algunas de sus múltiples perfiles de espía. Pero es al terminar la contienda, hacia finales de los cuarenta, con la guerra terminada ya en victoria de los aliados, cuando recibe el encargo más difícil de todos: seguir el rastro de K.
Porque hay demasiada gente que no olvida a K. ¿Fue un agente doble? ¿triple? ¿está aún en las filas de quienes le pagaron durante la guerra, y en tal caso, en cuál de ellas? Casi todo el mundo quiere ver muerto a K, salvo unos pocos compañeros que son, precisamente, quienes le dan el encargo a Sira Quiroga. Debe ir pisándole los talones, seguirle como fiel sombra, para borrar toda huella que deje. Para ello debe crear continuamente una nueva realidad, una realidad en la que K no existe. No solo debe hacer desaparecer el coche que ha conducido K, sino incluso hacer que ese coche no haya existido nunca, que la casa en la que vivió lleve siglos siendo una venerable relojería. Pero sobre todo, que no lo recuerden quienes acaban de verlo pasar.
Hay mucha psicología en Misión Olvido: ciertos diálogos entre Sira Quiroga y sus interlocutores a los que debe convencer de que no han visto al hombre con el que acaban de tratar —mejor dicho: que el hombre al que acaban de tratar era tan distinto al que vieron que jamás se podrá relacionar su recuerdo con K— desdoblan los vericuetos de la mente humana de una manera tan precisa, que solo la podemos comparar a la de Edgar Allan Poe y su personaje Dupin, capaz de leer los pensamientos, simplemente por razonamiento lógico. Atando cabos en la mente del otro, induciéndolo a atar esos cabos con nudos que antes no existían, Sira Quiroga consigue implantar falsos recuerdos en su entorno. La chica que le acaba de vender un bollo de pan, el revisor que acaba de picar su billete de tren, el mafioso que le vendió un nuevo pasaporte, habrán visto al padre de Sira, a su novio, su hijo tal vez, pero nunca a un hombre que pudiera ser K.
Es un trabajo esforzado, y lo peor es que no tiene fin. K no es viejo, le quedan muchos años de vida, pero ninguna posibilidad de desaparecer por completo: no olvidemos que sus perseguidores son también curtidos espías. Sira Quiroga va entendiendo que la misión que le han encargado, «hacer que K desaparezca de la faz de la tierra como si se lo hubiera tragado el mar», es un trabajo de Sísifo, una tarea que empieza cada día de nuevo.
No les voy a contar el final, porque imagino que quieren ustedes leer la novela. Lo merece, se lo aseguro. Es verdad que la autora se recrea más de lo necesario en las descripciones, los detalles, los datos dejados caer como de casualidad, en un afán por asegurarse de que el público lector vaya a pillar bien lo que tiene que contar; esto hace que la narración tenga menos agilidad, menos chispa, pero en todo caso tiene solidez, no habrá dudas sobre los fundamentos de la trama y el engarce está asegurado. Para eso, Dueñas es una profesional, tanto como Sira Quiroga en lo suyo: sabe que en ese oficio no se deben dar traspiés. Y pueden ustedes confiar en que el Marruecos que traza la autora, de Tánger a Tetuán y vuelta, con incursiones en Casablanca y en el gran sur, y en ese mar, ese traicionero mar, está dibujado con precisión de dobladillo: así fue, sin duda.
No voy a contar el final, dije, pero plantéense qué harían ustedes ante el encargo, bien pagado, con un salario pagado regular, de año en año, de hacer desaparecer a un hombre de manera que nadie sea capaz de encontrarlo jamás? Porque ese es el trato: tan perfecto debe ser el trabajo de Sira Quiroga que ni siquiera los amigos de K, quienes la pagan a ella, deben ser capaces de adivinar su existencia.
Sí, yo hubiera hecho lo mismo.
Misión Olvido (Planeta, 2018) | María Dueñas | 512 págs. | 22,50 €