
EDUARDO CRUZ ACILLONA | Si lo primero que lees de un autor o autora es una frase entrecomillada en la contraportada de su libro que reza “En cada uno de mis relatos quiero un cadáver. Literal o figurado”, si el libro en cuestión se presenta en sociedad con un título tan contundente como Cabronazo, y si, finalmente, su portada la protagoniza una divertida y clásica pose de la sin par Dolly Parton, sabes a ciencia cierta que tienes por delante alrededor de 250 páginas de seguro disfrute. Y, efectivamente, entre los dos extremos que pueden representar un cabronazo y una cantante de country ya retirada pero sin perder su trabajado en el tiempo esplendor, basculan los relatos de este libro, cargados de cadáveres, tanto reales como figurados.
El susodicho cabronazo, apenas es un personaje secundario del primero de los relatos, un joven discreto, un tanto anodino, introvertido e inseguro, demasiado para ser el encargado de un supermercado de un pueblo de Los Apalaches norteamericano, ámbito geográfico por el que nos moveremos a lo largo de las sucesivas historias que completan el libro. Pero, a pesar de esa frugalidad de aparición, el cabronazo da el tono a otros personajes de parecida condición.
Como bien dice el entrecomillado comentado más arriba, los relatos están llenos de cadáveres. En ocasiones, de manera literal (un oso en los contenedores de la parte trasera de un supermercado, una mujer encerrada en un coche en un paraje tan natural como inhóspito, etc…) Y, en otros casos, cadáveres vivos, personas atrapadas en los límites y en las limitaciones del entorno que les rodea, sin posibilidad de poder aspirar a un catálogo de mejores oportunidades, resignados a que su experiencia vital sea un mero transcurrir con el menor dolor posible y donde la calidad de vida reside en marcharse lejos de allí. En ese sentido, aunque todos los cuentos están ambientados en esos Apalaches que mencionábamos antes, una zona eminentemente rural, rodeada de montañas, con pequeñas y cerradas poblaciones, etc., ese escenario bien podría volverse global y vivirlo el lector de nuestro país imaginando cualquier municipio de esos que conforman lo que hemos dado en llamar España vaciada.
De ahí que la aparición en el último capítulo de la figura decadente pero aún con cierto brillo o chispa (como se titula el relato) de Dolly Parton y, más en concreto, de su paraíso, refugio y última llama por extinguir que es el parque temático Dollywood, aporta un nuevo significado y sentido a todo lo leído con anterioridad, haciéndonos ver la desesperanza no como una condena sino como una compañera más de viaje, la resignación como un mero resfriado de temporada y la falta de oportunidades como una mudanza a medio hacer.
Por todo ello, y a pesar de la variada gama de tonos grises que contienen las historias de estos relatos, Leah Hampton es capaz de transmitirnos una brisa de optimismo, de alegría, de felicidad y de esperanza en la condición humana, utilizando medidas dosis de humor en sus textos y no dejando que sus personajes decaigan y nos arrastren en sus miserias, sino más bien al contrario, consiguiendo atraparnos para sus particulares causas como un amigo que nos pide ayuda en sus deterioradas relaciones personales sin dejar de echar trozos de carne en la barbacoa que estáis disfrutando rodeados de vuestros seres más o menos queridos.
Como dijo la propia Dolly Parton en una ocasión, “La vida es como una canción de música country, a veces es triste pero siempre hay una melodía que te hace sonreír”. Y así es este libro, como un disco de grandes éxitos de Dolly Parton.
Cabronazo (Dirty Works, 2025) | Leah Hampton | Traducción de Tomás Cobos | 256 páginas | 24 euros