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Con un poco de azúcar

ELENA MARQUÉS | Que un escritor saque una novela al año puede hacerte sospechar.A no ser que se trate de un genio, lo normal es encontrar libros más o menos ligeros y fáciles, aunque eso no siempre ha de considerarse negativo. Una historia de pocos personajes escrita con amabilidad y sencillez no amarga a nadie. Y si tiene un final feliz o esperanzador, pues miel sobre hojuelas. Te hace sentir en buena compañía. Especialmente si acentúa la importancia de la belleza, la posibilidad de las segundas oportunidades, la ternura que produce la fragilidad humana y la cotidiana cercanía de la felicidad.

Es lo que me pasa a mí con David Foenkinos. Tras su lectura me siento en general reconfortada, aun siendo consciente de que no siempre consigue las cotas esperables en alguien de tanto éxito.

Todos aman a Clara es un ejemplo de ello. Aunque sigue su combinación particular de sensibilidad e introspección y explora temas nada banales, como la identidad, la memoria, las relaciones humanas, el azar, la culpa y la muerte, el elemento “paranormal” y el cierre cuasi perfecto, aunque algo abrupto, no me resultan admisibles.

La trama gira en torno a la Clara que da título al libro; una joven que, tras un terrible accidente que quizás podría no haber ocurrido sin la interferencia de un personaje menor que se nos hace, además, absolutamente detestable, permanece en coma durante ocho largos meses. Ese tiempo sirve para que sus padres, Alexis y Marie, separados, se reúnan y se relacionen de nuevo; algo bastante frecuente en estos casos, cuando el dolor y el miedo nos hacen aferrarnos a lo conocido. Mientras se nos cuenta el romántico origen de esa pareja arquetípica, su posterior alejamiento y la deriva de cada uno de los personajes, nos adentramos en un tema lateral que se convierte, sin embargo, en esencia y mensaje. Para intentar alejar el dolor, Alexis se apunta a un taller literario (sí, un tema típico: la escritura como sanación y terapia, su íntima relación con la melancolía), cuyo profesor, un tal Eric Ruprez, autor de un solo libro, esconde su propia historia y su propio misterio. Un misterio en el que Clara, al despertar, es capaz de adentrarse.

Porque la joven, tras su contacto cercano con la muerte, ha desarrollado una capacidad especial que la convierte en algo así como una médium o una adivina, y como tal la ven sus antiguos compañeros. Sus relaciones, pues, cambian indefectiblemente. Hay quien intenta aprovecharse de sus intuiciones, quienes no la entienden y guardan distancias. Y, por supuesto, ahí están esos padres que deben empezar a amar a una Clara muy distinta a la que conocían hasta ahora. Y en esa dificultad salen fortalecidos, cómo no.

Pues no. Vale que hay viajes, como el de la enfermedad y la muerte, que nos hacen madurar y cambiar de forma irreversible, pero para mí el personaje retratado por Foenkinos es poco creíble. También el de los padres, que aceptan con naturalidad las ocurrencias de su hija y viajan sin dudar a Roma a visitar el museo acatólico sin plantearse la rareza de la petición. Será porque precisamente quiere Foenkinos centrarse en lo no convencional. Tampoco eran muy “normales” el Éric Kherson de La vida feliz y su estrafalario negocio de ultratumba, y por ello mismo dejan una amarga sensación de incredulidad.

Aun así, el autor francés, especialista en crear atmósferas íntimas que conectan fácilmente con el lector y en plantear temas vitales de forma amable y exenta de dramatismos, gana a su público fiel con su prosa accesible, ágil, natural y elegante. El ritmo de la historia es pausado, pero progresa a través de reflexiones inteligentes y brillantes sobre la vida y el amor, lo que permite mantener el interés y una emoción contenida. Digamos que logra, con sus capítulos cortos y una buena dosis de azúcar, mantenernos enganchados a esa familia que no sucumbe al dolor; una lección de vida que siempre viene bien a los debiluchos como yo.

Todos aman a Clara (Alfaguara, 2026) | David Foenkinos | 208 páginas | 18,90 euros | Traducción de Regina López Muñoz

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