
ELENA MARQUÉS | Fue el escritor onubense José Juan Díaz Trillo, que hace poco alumbraba Será la noche bajo el sello Hiperión, quien me dio a conocer la obra de Juan Villa. Por aquel entonces acababa de publicar su novela corta Los almajos, y acudí a su presentación. Me encontré con un señor de apariencia modesta, no excesivamente hablador, que se esforzaba en pasar desapercibido en su propia fiesta.
A través del entonces diputado del Parlamento andaluz sabía de él que, nacido en Almonte, tenía Villa en Doñana su referente literario, y que hablaba de él como buen conocedor de su medio geográfico y humano, con amor y realismo. Me alabó mucho su excelente prosa, la exuberancia de su lenguaje, su sensibilidad poética, su fino lirismo, y ya no recuerdo si en aquel momento me comentó también su habilidad con los pinceles; un complemento más a sus plásticas descripciones de una naturaleza hostil y simbólica con toda la aureola mítica que la envuelve. Eso, en cualquier caso, lo de la pintura, lo descubrí un poco más tarde, a través de Facebook, aunque para las ilustraciones de sus libros prefiere la mano de Daniel Bilbao.
Pero a lo que íbamos. Aquella ya lejana jornada caí presa de una excelente nouvelle, género en el que se desenvuelve como pez en el agua, y de una forma de narrar que diría anacrónica simplemente porque ya nadie cree en la literatura con esa fe ciega en la palabra y el cuidado del estilo como lo hace el autor de La novela de Doñana.
Esta vez es la Fundación José Manuel Lara la que reúne al completo el ciclo narrativo ambientado en el territorio onubense, compuesto por Crónica de las arenas, publicada por primera vez en 2005, la novela corta Los almajos (2011) y tres relatos cortos: La mano de Dios, La crisis de los misiles y Pregúntale a la culebrita. De esta manera las historias dialogan entre sí y contribuyen a iluminar la coherencia de un universo narrativo propio que personalmente no me importaría que siguiera ampliándose. Cuánto disfrutaríamos con nuevos textos que completaran su mirada sobre ese territorio cambiante y, a la vez, eterno y resistente al tiempo por el que se mueven personajes tan novelescos y auténticos como Fabián, el ingeniero Zamacola o el cura don Bernardo, con su punto picaresco que tan bien casa con la tradición literaria española y que Villa desarrolla un poco más en sus fórmulas narrativas breves del final del libro, anécdotas que aportan algo de luz y arrancan una sonrisa si solo se leen en superficie.
La novela de Doñana se centra en los años de la posguerra y la autarquía en un territorio abandonado de la mano de Dios, y prácticamente de los hombres, donde el paisaje no es solo escenario, sino fuerza que determina las vidas de sus habitantes. Lejos de una visión idealizada, recuerda en ocasiones las mejores páginas del realismo rural andaluz, sin elementos costumbristas, en contraposición, como recuerda Caballero Bonald, a la perspectiva mítica que ofrecen otros escritores y la leyenda que la rodea como espacio de referencia de la cultura tartésica, la más rica de la Península según nos cuenta, entre otros, el mismísimos Estrabón·en la parte de su Geografía dedicada a Iberia.
Crónica de las arenas, con la que se abre el libro, nos llega a través de voces distintas, desde una segunda persona que se dirige al joven seminarista que como alma en pena recorre las calles de la aldea a cartas del ingeniero o del ministerio de turno. De esa forma se construye una novela coral y testimonial, a ratos documento histórico, con visita incluida del Generalísimo como colofón a una empresa tan ambiciosa como efímera que sembró de los hoy tan denostados eucaliptos buena parte de la Península. Sus personajes, llegados/huidos desde distintas partes del miedo y del hambre, seres marginales con su pasado a cuestas, se aprestan a participar en el proyecto del recién nacido Patrimonio Forestal del Estado, y con ellos nos sumergimos en la fundación (Ab urbe condita, se recuerda más de una vez el responsable de su construcción y progresivo mejoramiento con orgullo) de El Majadal, tan embarrado como el Macondo del principio de los tiempos y como sus pobladores, que evolucionan desde un aspecto casi animal a través de la educación y el clero de la misma forma que el trazado de las calles se completa con la construcción de los edificios institucionales desde los que dirigir tan filantrópica empresa.
Como continuación de esa primera mirada sobre el territorio, crítica pero desapasionada, Los almajos, más breve y trágica, se ve atravesada por una tensión fatalista que recuerda por momentos tanto el realismo social de posguerra como ciertos relatos de raíz bíblica o legendaria. Para mí sigue siendo el texto que mejor revela las virtudes de Juan Villa como narrador. En Los almajos todo se condensa: el paisaje, el conflicto moral, la tragedia y hasta el propio lenguaje.
Villa evita en esta pieza cualquier sentimentalismo y construye a sus criaturas desde una mezcla muy lograda de dignidad, miseria y silencios. Porque sus personajes, a los que ya conocimos en Crónica, apenas explican lo que sienten. Son el paisaje y la climatología, los gestos mínimos y la cadencia de la narración los que terminan revelando el peso de la derrota anunciada. Pocas veces ambos elementos, el paisaje y la condición humana, aparecen tan íntimamente fundidos en la narrativa reciente.
Porque Juan Villa no escribe sobre Doñana como quien describe un paisaje reconocible o reconstruye un tiempo perdido, sino como quien intenta fijar una cosmogonía en vías de desaparición. En estas páginas comparecen la posguerra, la miseria y los trabajos forestales, pero también la condición errante de quienes habitan los márgenes y levantan, entre el barro y la intemperie, una precaria forma de comunidad. En palabras del autor, con su mirada a Doñana intenta «recuperar un mundo que se extingue, las formas de vida de hombres y mujeres destinados al olvido». Algo así como la intención unamunesca de exponer ante nuestros ojos la intrahistoria.
Especialmente notable resulta el tratamiento del tiempo, suspendido en una especie de lentitud mineral, como si la marisma absorbiera el transcurrir de los días y los personajes vivieran atrapados en un presente perpetuo. Esa sensación de inmovilidad, sin embargo, no impide que la tensión narrativa avance hasta desembocar en un desenlace de una intensidad casi trágica. Y desde el punto de vista estilístico probablemente sea uno de los textos donde mejor se aprecia la extraordinaria prosa de Villa, con una riqueza léxica muy poco frecuente pero nunca exhibicionista. El vocabulario específico del mundo de Doñana, los oficios, las plantas, los animales y las formas del habla popular aparecen integrados con absoluta naturalidad, como parte inseparable de la respiración del relato.
Puedo decir, pues, sin que me tiemble el pulso que con La novela de Doñana Juan Villa se confirma como uno de los narradores andaluces más singulares de las últimas décadas, ajeno a modas y circuitos de visibilidad, pero dueño de una voz inconfundible capaz de transformar la memoria de un territorio en experiencia literaria duradera.
La novela de Doñana (Fundación José Manuel Lara, 2026) | Juan Villa | 352 páginas | 20,00 euros