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¿Cuál es la mejor forma de viajar?

ALEJANDRO LUQUE | Me hace gracia recordar a mi querida Paquita Aguirre cuando, ante la vieja afirmación de Juan Ramón Jiménez (“Leer es la mejor forma de viajar”), protestaba: “Y un cuerno, ¡la mejor forma de viajar es viajar!” No sé si ahora, viendo el maltrato a los turistas en los aeropuertos, el hacinamiento hostelero y otros abusos habituales, seguiría pensando lo mismo…

He recordado aquello de Paquita leyendo el último libro de Juan Arnau, El viajero mental, que viene a proponer otra forma de viaje: el que puede realizarse sin salir de casa, pero no con un libro, sino con sustancias estimulantes, por lo que subtitula este breve volumen ‘Una historia de la psicodelia’.

Lo que despliega en él es una galería de viajeros mentales que tomaron inspiración en las sustancias psicoactivas para iluminar su vida y su obra, desde el genial visionario William Blake al también poeta y pintor Henri Michaux (¡mi preferido!), el escritor Aldous Huxley, autor de la célebre novela Un mundo feliz; la chamana mexicana María Sabina, el químico Albert Hofmann, el escritor y etnobotánico Terence McKenna y el antropólogo canadiense Jeremy Narby.

Para Arnau, acaso todo comienza con Aristóteles y su humana ambición de describir la totalidad del cosmos. Descartes vendrá a refutarlo y a tratar de matematizarlo, planteando la idea de un universo no animista, sino mecanicista. Luego vendrá Newton y, con todo ese bagaje heredado, se va a construir una nueva idea del universo como un reloj. Hasta que la teoría cuántica nos dice que, por el contrario, el universo es un animal… Como ya apuntaba Platón en el Timeo. En lo que van a coincidir la física cuántica y la filosofía oriental, y que impugna 400 años de cartesianismo, es en la idea de que todo se comunica con todo, como sucede con nuestro organismo. Y ahí entra la aventura de los psiconautas, que van a llegar a la misma conclusión por la vía de abrir de par en par las puertas de la percepción, esto es, por atreverse a ver más allá de lo visible.

Para ello, Arnau empieza haciendo una descripción del reino vegetal como un ámbito inseparable del conjunto de la naturaleza, dotado de una particular inteligencia y de propiedades insospechadas. Es este reino el que provee a los seres humanos de los vehículos que les permiten ensanchar su entendimiento y replantear, de paso, conceptos frecuentemente apresados en clichés, como realidad, condición humana, felicidad o realización personal. El autor maneja un abultado equipaje de lecturas bien aprovechadas y demuestra una notable familiaridad con las personalidades a las que glosa, así como con varias de las sustancias que va examinando capítulo tras capítulo, como el peyote, los hongos psilocibios o el LSD, aunque también añade notas sobre productos de difusión más reciente, como el MDMA, también conocido como ‘la química del amor’.

No obstante, Arnau insiste en despojar el objeto de su estudio el estigma de drogas, ya que niega que creen adicción ni dependencia de ningún tipo, ni hay modo de garantizar sus efectos. Se trata de un fenómeno que va más allá de la química, ya que “la sustancia solo es psicoactiva sI dialoga con un organismo vivo”, señala. “Como decía Berkeley, las cualidades del mundo no están en los objetos (materialismo) ni en los sujetos (idealismo) sino en su encuentro, que suscita un diálogo incesante, la ‘experiencia consciente’. El mundo está hecho de cosas. Se entiende mejor como la integral de todas las experiencias”.

¿Por qué, entonces, la experiencia psicodélica ha sido tan ignorada, cuando no rechazada de plano, por la ciencia moderna? ¿Se abomina de ella, o se la teme? «En el pecho del ser humano están todas las estrellas”, asevera el sabio, a lo que Arnau apostilla: “Nuestro destino es navegar por la mente del mundo. No asumirlo es síntoma de ingenuidad o simplismo”.


El viajero mental (Galaxia Gutenberg, 2025) | Juan Arnau | 216 páginas | 19,50€

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