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Cuando la sabiduría es sencilla y difícil

ELENA MARQUÉS | Perseguimos las claves de la felicidad. Pero, acudiendo a una cita evangélica, «muchos son los llamados, pocos los elegidos». Quizás porque casi siempre emprendemos esa búsqueda por caminos errados, con los ojos puestos en el éxito y el elogio, en la acumulación de bienes físicos; también en la eterna juventud. Aplaudimos, sin embargo, a quienes eligen la desposesión y la simplicidad, la aceptación de la nada que seremos. Posiblemente porque nos parece un osado y sabio acierto que nuestro más o menos pequeño orgullo se ve incapaz de abordar.

A solas con la luna. Las sendas de Dôgen, del escritor, pintor y músico Florencio Luque y magníficamente prologado por el profesor Manuel Ángel Vázquez Medel, nos invita, a través de una voz poética encarnada en el maestro budista japonés del siglo XIII que da título al libro, a esa forma de vivir que es mucho más que un menosprecio de corte, alabanza de aldea o una idílica visión de la naturaleza. Es cierto que esta se nos muestra con cierta placidez; pero, en esa comunión con árboles y pájaros, sigue prevaleciendo la profundidad de lo humano, que, a través de los sentidos, de la limpia contemplación («para quien sabe mirar / con la inocencia de un niño»), de la confiada espera («Detenerse y abrir las alas» es el título de la tercera sección), capta la esencia e importancia del tiempo y de la vida, la interconexión con un universo múltiple y rico del que formamos parte y que existe y se construye en nuestros ojos y en nuestro interior. Un universo del que deberíamos irnos sin pesar, sin preocuparnos más que por el instante presente (léase el poema «Frágil porte» como deseo de trasponer en palabras una imagen efímera), no por lo que dejemos en él («para dejar estas huellas / que solo aguardan la lluvia»).

Tras un primer poema de apertura que avanza y resume la filosofía de la obra (en tercera persona, como lo será el que cierre el volumen en una significativa objetivación), A solas con la luna se estructura en tres partes. La primera de ellas, la más breve, nos ofrece unas pinceladas biográficas del personaje que nos guiará por sus sendas, así como de las razones (la muerte de la madre, el papel de la familia, el descubrimiento de la poesía en todo lo que lo rodea) que lo conducen a su retiro del mundo. La brevedad de estas composiciones, en las que se dirige a un amigo, condensa valiosos recuerdos en un tono íntimo y calmo que se extenderá al resto de las secciones, cuando ya el poeta-Dôgen se disuelva en el bosque y la soledad. El ritmo sosegado, incluso en los versos más breves (no hay una uniformidad métrica, sino bastante variedad), consigue que el tiempo se detenga y que la consciencia se defina como medida y fin, como única forma de aprehensión frente a la pequeñez de la palabra, que, en cualquier caso, se hace sencilla y concreta, poblada de ligereza («Nido», «Espigas», «Ciprés», son algunos nombres de los poemas), tendente a su necesaria disolución («Dejo aquí el falso testimonio que nombra / lo que solo el silencio revela»).

Por eso el poeta, que demuestra su humildad e ignorancia («Yo no sé», «Nada sé», «Ignoro», recuerda en los poemas «Donde la luz penetra y «Un rastro de lumbre»), trasciende hacia «El lenguaje de las cosas», hecho de luz y oscuridad, de brisa, de agua, de latidos de insectos, a través de términos e ideas contrapuestos que abarcan el todo («Negra nube de trinos / sobre el fulgor del río»), y de unas estructuras eminentemente nominales que niegan la acción.

En su segunda sección, «Ir a pie», nos ofrece un recorrido en el que intenta describir, entre otras cosas, el sencillo secreto de la gratuidad, la rendición a lo evidente, como enuncian versos como estos:

Sin cómo ni porqué

lenta caricia de aire

mece campos de espigas.

A todo nombra el sol

al desvelar las sombras.

Nada es equiparable a su elocuencia.

Por último, tras recorrer, a pie, ese camino, esas sendas de Dôgen, acompañado no solo por la naturaleza, sino por los ecos de otros poetas que, encabezando con sus citas distintas composiciones, dialogan en él (María Victoria Atencia, Emily Dickinson, Ada Salas, Eloy Sánchez Rosillo), llegamos, o más bien paramos, en la última sección, «Detenerse y abrir las alas», cuyo enunciado es una proclamación de libertad a pesar del misterio (léase «Destino», uno, para mí, de los más hermosos). Y de nuevo, en esta parte, que es la más extensa, como si con la meta alcanzada el poeta descansara al fin para disfrutar y transmitirnos su estado, con imágenes equilibras y plásticas, recibimos una invitación a la paz interior («Cerrar los párpados»), a la armonía («Sobre la partitura, / ninguna nota sobra, / ninguna nota falta»), a la aceptación de la existencia con su fulgor y su tempestad. Nada más sabio y difícil para quien espera otra cosa de la vida.

A solas con la luna. Las sendas de Dôgen (Averso, 2025) | Florencio Luque | 96 páginas | 12,00 euros

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