
ELENA MARQUÉS | Cuando uno quiere presumir de lector selecto nombra entre sus novelas preferidas el Ulises de Joyce o En busca del tiempo perdido de Proust. Aunque estoy segura de que el algún momento se le habrá caído ligeramente de las manos. Pero no dejan de ser referentes míticos, y todo lo que los envuelve adquiere una necesaria aureola de prestigio y savoir-faire.
En mis muchos años de vida aún no he tenido la oportunidad (hace poco perdí una) de pasear por el Dublín bloomiano, pero sí me he asomado al literario Cabourg-Balbec, con su museo dedicado a don Marcel, su casino y su Gran Hotel a pie de playa, y un entramado de calles concéntricas cuya sola estructura tiene algo de esotérico. Como si uno allí, contemplando el mar entre casetas blancas fileteadas de azul añil, se viera abducido por esa formal aristocracia que el parisino más madrero y depresivo de la historia de la literatura supo retratar en su interminable heptalogía.
Por eso me imagino que, si uno luce algún parentesco con quien surcó los caminos de Swann, prácticamente se ve obligado a aportar nuevas cosas sobre él.
Es lo que hace Laure Murat en Proust, novela familiar; un ensayo autobiográfico en el que explora la relación entre la literatura y la identidad personal a partir de su propia experiencia como profesora, historiadora, crítica literaria y lectora temprana de la obra de su pariente, pues, según cuenta, su enfrentamiento a las narraciones de Proust influyó profundamente en su manera de entender sus orígenes y su posición dentro de la sociedad francesa, a una de cuyas más antiguas familias aristocráticas pertenece; un entorno marcado por valores tradicionales y una fuerte conciencia de clase que ni la Revolución Francesa logró erradicar.
El descubrimiento de que el mundo descrito en En busca del tiempo perdido, con sus rituales y códigos, su lenguaje y sus prejuicios, su teatralidad y su vocación estilística de convencer a «los otros» de la legitimidad de su poder, es el mismo en el que ella ha crecido ayuda a la autora a observar a su propia familia con una distancia crítica, casi como si se tratara de personajes de una novela.
El libro combina, pues, tres dimensiones: el ensayo literario, el relato autobiográfico y la reflexión social. Por un lado, Murat analiza la obra de Proust y explica cómo el escritor retrató con gran precisión la sociedad aristocrática y burguesa de su época. Hasta ahí, nada nuevo. Por otro, la autora narra episodios de su propia vida, especialmente el proceso mediante el cual empezó a cuestionar los valores y las normas del entorno familiar en el que había sido educada. De este modo, la lectura de Proust se convierte para ella en una herramienta de comprensión y, al mismo tiempo, de liberación.
Por ello, uno de los temas centrales del ensayo es el poder transformador de la literatura. Murat muestra que leer no es solo una actividad intelectual, sino también una experiencia que puede cambiar la forma en que una persona se percibe a sí misma y entiende su historia. Al reconocerse en el mundo descrito por Proust, la autora logra analizar críticamente su propia herencia social y tomar distancia respecto a ella. El libro también reflexiona sobre la relación entre memoria, identidad y clase social, mostrando cómo la literatura puede revelar aspectos ocultos de la realidad cercana.
Proust, novela familiar resulta, pues, una obra muy interesante porque demuestra que los libros pueden tener un impacto real en la vida de los lectores. La mezcla de autobiografía y análisis literario y su prosa sencilla hacen que el ensayo sea accesible y reflexivo al mismo tiempo. Sobre todo porque Murat prefiere explicar la importancia de la obra de Proust no solo desde un punto de vista académico, sino también desde una experiencia íntima y personal para la construcción de la identidad propia. En definitiva, algo en lo que ciertos lectores melancólicos como yo nos gusta confirmarnos: que los libros pueden ayudarnos a comprender mejor nuestro pasado, nuestro presente y nuestro lugar en el mundo.
Proust, novela familiar (Anagrama, 2025) | Laure Murat | 288 páginas | 19,90 euros | Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego