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Cuando recordar es reescribir

REYES GARCÍA-DONCEL | Hay viajes que sirven para conocer un lugar, y otros que te llevan mucho más lejos: a la memoria, a nuestros ancestros, o a un nuevo comienzo. En Principio, medio, fin, Valeria Luiselli convierte el viaje por Sicilia de una madre y su hija adolescente en un recorrido por cuatro generaciones de mujeres, por los mitos que las atraviesan y una reflexión sobre la dificultad de confinar una historia en un principio, un medio y un final.

La novela arranca después del difícil divorcio de la madre, escritora, que necesita darle un nuevo sentido a su vida:«Solo tengo que buscar una nueva rutina, una cotidianidad sostenida», se propone. El paisaje está marcado por un verano de vientos imprevisibles, tormentas repentinas, incendios y volcanes que amenazan con entrar en erupción. No sólo sus emociones, todo parece estar en movimiento, como si la propia isla participara de la transformación que una historia de carretera ejerce siempre sobre sus protagonistas.

El viaje lo narran dos voces —uno de los grandes aciertos de la novela—: en la primera parte habla la madre, pero al final toma la palabra la hija, y ese cambio de perspectiva modifica nuestra percepción de lo ya leído. De pronto, aquella madre que se mostraba segura o, al menos, empeñada en controlar las circunstancias, ante los ojos de su hija aparece mucho más indecisa y triste, tratando de aparentar una estabilidad que ella misma necesita casi más que la adolescente. Incluso sus silencios, sus fingimientos, sus normas para educarla, su necesidad de construir un hogar, o su relación con el amante siciliano —al que llama «el turista», término que ya nos sugiere lo que significa en su vida—, bajo el prisma de la hija adquieren una distancia que la humaniza y la transforma, siendo la madre consciente de esta mirada: «Mientras pensamos que les estamos enseñando a leer y escribir el mundo, nuestras hijas nos están siempre, también, leyendo y reescribiendo a nosotras».

El viaje de ambas se va entrelazando con la historia de las generaciones anteriores. Todo parte de la Nanna, la bisabuela, —personaje cuyo recuerdo está envuelto en nebulosas, lo que le da un carácter misterioso—, que disfrazada de hombre consiguió trabajar en unas excavaciones arqueológicas de la isla antes de emigrar a América. La curiosidad de la adolescente por su vida —y también por la de su abuela, muy implicada en causas políticas alternativas—, nos va abriendo el camino hacia los orígenes familiares. De esta forma la novela consigue que el viaje físico por Sicilia sea también un viaje hacia atrás, hacia aquello que se hereda sin saberlo y que, quizás, nos ha condicionado la vida. Con el agravante de que ese pasado no es un territorio estable pues la abuela está perdiendo la memoria… ¿Qué sucede entonces con la historia familiar?, ¿cómo se aleja el abismo cuando desaparecen los recuerdos de quienes la han conservado?

Porque las familias también construyen sus propias mitologías. Los recuerdos se transmiten, se deforman, se completan con silencios e imaginación, y algunas historias se repiten tantas veces que terminan adquiriendo la consistencia de mito. La memoria familiar no es, por tanto, un archivo fiable del pasado, sino una narración que cada generación recibe y transforma al volverla a contar. La pérdida de memoria de la abuela hace patente la fragilidad de ese relato compartido: lo que parecía destinado a perdurar puede desaparecer, y entonces la escritura se convierte también en una forma de conservar, pues «la ficción es el lugar en donde se encuentran la memoria y la imaginación».

El punto de encuentro de las cuatro generaciones es un mosaico del dios Proteo —ser cambiante capaz de adoptar distintas formas y de predecir el futuro—, apropiado por Nanna en sus excavaciones, y que ha ido pasando de una mujer a otra. Madre e hija recorren Sicilia bajo su influjo mágico y, al mismo tiempo, intentan conjurarlo, escapar de aquello que parece determinar quiénes son para poder construir quiénes serán: «…la Nanna se había vuelto loca y había perdido la memoria por su culpa, y que luego te estaba pasando lo mismo a ti, y que luego nos pasaría a Mamá y a mí».

Otro acierto es que la mitología envuelva la novela, pero no solo como el decorado necesario en las ruinas de los templos, sino que los dioses, en especial Proteo, interfieren en sus vidas, y por supuesto, son las fuerzas generadoras de una isla creada por terremotos, volcanes y restos de civilizaciones: «Sicilia no es más que una gran tumba adonde llegan a morir todas las culturas». Y así la autora consigue que mitos y piedras, escritura y memoria, pasado y futuro terminen formando una misma materia narrativa.

El libro se completa con un álbum de fotografías del viaje y de la familia, además de las postales que la niña va comprando en los distintos lugares de Sicilia. En ellas escribe sus impresiones para enviárselas a su abuela, a su hermanastro, al que echa de menos, o incluso a nadie. Estos materiales además de ampliar el juego entre realidad y ficción refuerzan una de las interesantes preguntas de la novela: cómo construimos las historias.

Y como no podía ser de otra manera, adivinamos que Luiselli ha buceado en su propia historia familiar, pues en una entrevista afirmó: «Provengo de un linaje matriarcal que siempre ha participado mucho en la política y la sociedad». Ese linaje, y el compromiso ideológico heredado de su madre y de su abuela que forman parte de la identidad de la autora, han encontrado en Principio, medio, fin una prolongación literaria. Después de Desierto sonoro, donde la autora convirtió otro viaje en coche en una reflexión sobre la emigración, aquí vuelve a utilizar la carretera como espacio narrativo. Pero el desplazamiento tiene ahora otra dirección. No se trata tanto de atravesar fronteras como de atravesar el tiempo. La carretera permite que las historias se superpongan, que una madre y una hija miren el mismo paisaje desde lugares diferentes y que el pasado familiar aparezca en el presente.

Principio, medio, fin es, en definitiva, una novela sobre la necesidad de recomenzar y sobre la imposibilidad de hacerlo desde cero: «Reinventar no significa crear algo nuevo. Significa, más bien, descubrir algo que ya estaba ahí», reflexiona la madre, pues cada comienzo contiene algo de lo anterior y cada final deja abierta una transformación. Proteo, con su capacidad para cambiar de forma, representa precisamente esa condición mutable de las personas y de las historias. Quizá por eso el título resulte tan significativo, porque la novela se pregunta si una vida puede realmente dividirse en principio, medio y fin: «Si una historia tiene un principio, un medio y un fin, creo que ese cuento es un cuento sobre el medio, sobre lo que es estar a la mitad de las cosas».

En el viaje de estas cuatro mujeres, como en la memoria y en la literatura, todo está mezclado. El pasado vuelve, el presente lo reescribe y el futuro se parece, inevitablemente, a algo que ya estaba allí.

Principio, medio, fin (Feltrinelli, 2026) | Valeria Luiselli | 360 páginas | 20,80 €

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