
JUAN CARLOS SIERRA | “Nos especializamos/ en perspectivas…”. Así comienza el poema titulado ‘Nos especializamos’ y que aparece en la página 72 de La comedia de la carne, el nuevo poemario hasta la fecha de Carlos Pardo (Madrid, 1975). Y, bueno, sí, Carlos Pardo está especializado en perspectivas desde su primer libro adolescente de 1995 El invernadero, poemario al que intuyo aludido -¿autocitado?- en ‘Soy mi deseo’, el largo poema que abarca toda la segunda sección de La comedia de la carne. Quiero decir con esto, por una parte, que el peso autobiográfico en este poemario tiene su aquel –recordemos la práctica de la autoficción en sus novelas-, pero sobre todo que ningún título de los que ha publicado el escritor madrileño hasta la fecha deja indiferente al lector, porque todos, en verso o en prosa, abordan la realidad desde una óptica muy alejada de los lugares comunes, incluso muy ajena a los no tan comunes o a los pretendidamente alternativos. Carlos Pardo es una mezcla de funambulista, titiritero y prestidigitador juguetón que suele dejar al lector entre alucinado, confuso y ojiplático; no obstante, mayoritariamente admirado y rendido a sus pies.
Y no precisamente porque se lo ponga del todo fácil. Vuelvo al poema ‘Soy mi deseo’. En un momento dado escribe Carlos Pardo: “Pocas veces cumplimos/ con las expectativas del lector,/ de natural resolutivo;/ se lee buscando un encadenamiento/del que la vida carece”. Frente a esa máxima tan extendida entre lectores y escritores de que la literatura ordena el caos de una realidad además simultánea –o simultáneamente caótica-, Carlos Pardo parece ser consciente de la narrativa entrecortada de esa realidad, de su naturaleza caleidoscópica y, por tanto, de su variedad de planos, ángulos y prismas. Por eso, como decíamos antes, Carlos Pardo no suele ponérselo fácil al lector. Tampoco en La comedia de la carne, libro que abunda en un discurso que, dadas mis limitados conocimientos artísticos, solo puedo comparar con el cubismo de Pablo Picasso o de Juan Gris. Todo está fracturado pero solapado. Lo narrado anda fragmentado, desborda las fronteras de una lógica consensuada desde hace tiempo entre la literatura y sus lectores, pero no las arrasa nihilísticamente, cínicamente; no se trata de eso, sino de crear significados alternativos, nuevas perspectivas, como decía el poema del que partimos. El cuerpo estilístico, el armazón literario del poemario, además, desborda las fronteras de los géneros, el narrativo y el poético, pero eso está bien, porque además es absolutamente coherente con la construcción de nuevos significados, heterodoxos. Y además es marca de la casa. Recordemos como caso más llamativo quizá en este sentido la novela El viaje a pie de Johann Sebastian. Supongo que es esta además la manera particular de Carlos Pardo de cuestionar la posibilidad misma de la existencia de la poesía, pero desde la propia poesía. Su propia perspectiva sobre esta problemática retórica. Ironía pura.
Y es que para esa construcción de una semántica de la existencia alternativa es necesario un instrumento eficiente que hable en serio y en broma, que doblegue la realidad o la desdoble, la descosa por un lado y le dé, por otro, unos pespuntes quizá divergentes. Nada mejor, por tanto, que la gramática de la ironía. Esta atraviesa el conjunto de la obra de Carlos Pardo y, por supuesto, el libro que aquí nos ocupa, La comedia de la carne. Este recurso alcanza probablemente su más alta complejidad en este poemario, ya que aquí la ironía se ha hecho adulta, ha madurado. Si bien en libros de juventud, cuando uno suele tomarse más en serio, incluso presuntuosamente en serio, parecían estar bien establecidas las líneas entre las veras y las bromas, entre la solemnidad y el juego irónico, según avanza la obra del escritor madrileño los límites se hacen más porosos o, más bien, van camino de desaparecer, porque todo parece ironía, todo está salpicado de ella, por lo que el discurso se doblega en sí mismo, en el sentido de que se multiplica y acentúa las perspectivas: una, la contraria y el juego que se establece entre las dos. Se trata, por otro lado, de un procedimiento bendecido expresamente en el propio poemario –‘Me enamoré de ti un día lejano I’- ante la decepción y el fracaso de la realidad: “…Esto no es tanto un chiste/ sino amarga inversión/ de la desilusión./ La salvación/ por la ironía…”. Tampoco así se lo pone Carlos Pardo fácil al lector de La comedia de la carne, ya que a este siempre le quedará la sospecha del sentido, de la hermenéutica concreta, si es que eso es posible en el poemario, como tampoco parece posible en la realidad.
Pues bien, todo esto que comentamos se pone en La comedia de la carne al servicio del amor. Nada más y nada menos. Casi sin temor a equivocarme, creo que puedo afirmar acerca del amor que es uno de los temas eternos de la literatura universal, el más frecuentado, el más sobado, el de más carga de tópicos y lugares comunes, especialmente desde el Romanticismo para acá. Por lo tanto, es el amor también uno de los asuntos más arriesgados sobre el que tratar poéticamente, porque resulta muy fácil salir malparado por exceso de redundancia, valga la ídem. Para salvar los peligros, Carlos Pardo, además de tirar de los recursos antes tratados, abre el abanico, es decir, amplía las perspectivas. De modo que además de lo esperado, a saber, el amor construido en pareja con sus apasionamientos, idealizaciones, rutinas, rupturas, abandonos, …, aquí también caben y se entrecruzan otros amores menos literarios quizá como el dispensado a los amigos -¿cuál es exactamente la frontera entre el amor y la amistad?- o el materno-filial. En cualquiera de los casos, la tarea del poeta madrileño en los poemas que componen La comedia de la carne consiste fundamentalmente en superar el discurso habitual romantizado –del patetismo a la tragedia-, el asentado de forma apabullantemente mayoritaria, para mostrar las dimensiones que abren las contradicciones de ese amor en cualquiera de sus facetas, pero especialmente el del amor de dos. En este sentido, cualquiera de los poemas serviría como ejemplo de esto que apuntamos, pero por su brevedad, claridad y contundencia el titulado ‘Yo prefería su alegría’ parece uno de los más valiosos: “…Al llevarme a la estación/ me habló de su dolor:/ es hermoso este dolor/ es una prueba de lo que te quiero.// Yo prefería su alegría…”.
La poesía es una mirada o debe proporcionar una mirada alternativa; no sé si necesariamente optimista, a pesar de todo. En cualquier caso, lo cierto es que Carlos Pardo con La comedia de la carne cumple con este cometido, a su manera, de esa forma tan personal que lo ha convertido en una de las voces más reconocibles del panorama poético en español. Y no solo por sus maneras literarias, sino porque ayuda a sus lectores a mirar el mundo desde otros ángulos. Aquí el objetivo es el amor. Quienes lean La comedia de la carne probablementeya no lo vivirán igual, porque todo era cuestión de perspectiva.
La comedia de la carne (La Bella Varsovia, 2025) | Carlos Pardo | 124 páginas | 14,90 euros