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Cultura general

ALEJANDRO LUQUE | Los de mi generación, nacidos en los 70 y escolarizados en los primeros 80, tenemos algo en común: nunca estudiamos en clase la Guerra Civil ni el Franquismo. Estaba en el temario de Historia, podíamos curiosear esa lección en las últimas páginas del manual, pero por un motivo u otro nunca llegábamos hasta allí. El curso se terminaba siempre antes. Tuvimos que aprender aquello por nuestra cuenta. O no aprenderlo.

Me consta que los jóvenes de hoy, si cabe la generalización, leen. No estoy seguro de que las masas adolescentes estén deseando leer un libro como este, en competencia con los cómics manga, Alice Kellen o Laura Gallego. Lo que sí tengo claro es que deberían. Sí, por obligación. A nadie se le escapa el éxito que tienen algunas formaciones de ultraderecha en los patios de colegio e instituto, fruto no solo de un márketing muy bien armado, sino de una muy extendida ignorancia sobre nuestro pasado reciente. Es el resultado natural de décadas de nula educación política, que no tiene nada que ver con el adoctrinamiento partidista. Puede que este año, cuando se cumplen 50 de la muerte del dictador, sea un buen momento para poner remedio a esa enorme laguna.

El periodista José A. Martínez Soler hace su contribución con este repaso a la figura de Franco. Es muy de agradecer la ausencia de paternalismo, el tono claro y sobrio, dirigiéndose directamente a los lectores. También funciona muy bien la introducción en el relato histórico de vivencias personales, que demuestran que lo que se narra no pertenece al pasado remoto, sino a hechos que forman parte de la memoria y de la vida de mucha gente que nos rodea, a menudo de forma traumática.

En cuanto al relato histórico, es evidente que Franco no sale precisamente bien parado, pero poco se puede discutir de lo que se cuenta. Martínez Soler pone bastante cuidado en no permitir que sus opiniones se superpongan a los datos. Solo tergiversando descaradamente los datos se podría pasar por alto que el golpe de Estado fue una agresión contra un gobierno legítimo, que la represión y el abuso de autoridad se prolongaron durante 40 años “de paz”, o que España retrocedió a oscuridades medievales en muchas materias guiada por un Caudillo quizá menos risible de lo que se le ha pintado con frecuencia, pero cuyo talento se puso siempre al servicio de la permanencia en el poder y el exterminio y el silenciamiento del rival.

Sin embargo, en su retrato de esa España diezmada y amordazada, el autor cae en la tentación de vincular con el Franquismo algunos fenómenos que no pueden imputarse a ciencia cierta al régimen. Los crímenes machistas de hoy tienen su raíz, sin duda, en un sistema patriarcal, pero es el mismo que ha regido en otros países que nunca conocieron a Franco, y que incluso son democracias consolidadas desde antiguo. La educación sexual de los varones españoles de ayer pasaba a menudo por la tristeza del prostíbulo, pero medio siglo más tarde y sin represión sexual sigue habiendo jóvenes que acuden a estos locales, por supuesto no solo en nuestro país. Y personalmente no soy ni mucho menos amante de la tauromaquia, pero parece claro que su origen es muy anterior a la dictadura del 36, y en democracia ha sido declarado Bien de Interés Cultural. Puestos a ilustrar a nuestros jóvenes, creo que reducirla a su dimensión más brutal supone escatimarles otros muchos atributos históricos y estéticos que, nos guste o no, también forman parte de la “fiesta”.

Son solo algunos peros que se pueden poner a un libro que me atrevería a llamar necesario, si no fuera porque ese adjetivo está tan manoseado que ya no dice nada. Digamos que se trata de una vacuna contra la propaganda fascistoide que impregna tantos discursos hoy, y una invitación a tomar conciencia de lo difíciles de conquistar y lo frágiles que son las libertades que –esas sí– a todos nos gusta disfrutar. Cosas que, como solía decirse antaño, deberían ser de cultura general.

Franco para jóvenes (Catarata, 2024) | José A. Martínez Soler y Erik Martínez Westley | 192 Páginas | 18 euros

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