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De cuando Hitler era cabo

9788416291236ILYA U. TOPPER | Empecé a leer esta novelita –por el volumen y el tono igualmente livianos merece el diminutivo, que no indica merma de calidad– sin fijarme en la fecha exacta de publicación (el hábito español de omitir la fecha de primera publicación de la obra en la mancheta ayuda a la ignorancia). Estaba prácticamente seguro que se trataba de una obra escrita a principios de los años treinta, cuando Hitler ya había puesto en marcha el destierro –entonces aún destierro: el encierro y exterminio vino después– de los judíos, y tal vez poco antes del ‘Anschluss’, la anexión de Austria al Imperio alemán en 1938, durante el lustro dominado por el austrofascismo.

Porque imaginen: un Gobierno –el austríaco– decide plantear la expulsión de todos los judíos. Porque destruyen el espíritu nacional, argumenta el canciller. No porque sean una raza inferior, en realidad, sino porque son superiores: inteligentes, inquietos, con un enorme sentido de negocios, se han hecho dueños de la vida económica, dominan bancos, prensa, arte, cultura, todo. Los alemanes de verdad –es decir, los de fe cristiana– no pueden con ellos. Una vez expulsados los judíos y confiscados, a cambio de una modesta indemnización, sus propiedades, la nación florecerá a su manera.

Propuesto en el Parlamento, votado, aprobado. El partido socialista se opone, pero no puede contra el socialcristiano y el nacionalgermánico. Se disponen los trenes. Escenas desgarradoras de despedida. Porque como judío cuentan todos nacidos en esta fe o que tengan un padre o una madre judíos, aunque sean buenos cristianos: importa la descendencia. Y en Viena hay mucho matrimonio mixto. Hasta en las mejores familias.

No tiene precio cómo Bettauer caricaturiza, con trazos rápidos y certeros, pero a modo de acuarela, la sociedad vienesa con sus literatos y artistas festejados como encarnación del ideal nacional germánico pero ¡ay! con padre judío. Y con sus editores judíos de topicazo pero ¡uy! bautizados desde hace tres generaciones. Lo malo es que también son judíos los novios guapos, los empresarios que pagan el piso a las muchachas de la vida alegre y los clientes de las elegantes tiendas de moda. ¡Al exilio todos! al grito de ¡Heil! y ¡Fuera judíos!

Una sátira mordaz… y profética. Porque cuando Hugo Bettauer, él mismo judío bautizado (una salida común en esta época para agnósticos que querían hacer carrera sin el lastre de la palabra ‘israelita’ en la casilla del DNI) escribió la novela, nada de esto aún había tenido lugar. Adolf Hitler era aún poco más que un pintor de postales y cabo del Ejército, metido a charlatán de cervecerías en Munich. Ni siquiera había hecho su primer intento de golpe de Estado que lo llevaría a la cárcel. Mein Kampf aún estaba sin escribir.

Bettauer ni siquiera vivió para verlo: un fascista austríaco le pegó un tiro en marzo de 1925, meses antes de que saliera de la imprenta el libro del futuro Führer. Por haber publicado –era un periodista y escritor prolífico y conocido– obras críticas como Die Stadt ohne Juden. (Se agradece el breve pero enriquececor posfacio de Murray G. Hall incluido en el libro para entender la época).

No, Bettauer no parodiaba las ideas de Hitler. Fue Hitler quien se tomó en serio la novela: Die Stadt ohne Juden fue un best-seller cuando salió al mercado en 1922. El arte siempre supera la realidad, como es su obligación. Y Bettauer fue más lejos que los políticos: imaginó las consecuencias. Una Viena sin arte, sin moda, sin elegancia, sin lujo, aldeanizada, pueblerizada, una aglomeración de imitadores del campesino tirolés. Un desastre. Sobre todo para una ciudad con un ciclo económico edificado sobre el sector servicios, sobre su cultura, sus teatros, óperas, bailes, cafeterías.

Imaginan ustedes el resultado. No lo voy a contar: Bettauer, tras unos cuantos (breves) capítulos algo erráticos, al estilo del minirrelato de parodia social que hizo famoso a Gustav Meyrink en la misma época, coge onda, crea sus personajes, historia de amor y besos en el alféizar de la ventana incluidos, traza una línea argumental y empieza a contar una historia, no por breve menos entretenida.

No la voy a contar porque ustedes me harán el favor y se comprarán el libro. Pasarán un buen rato, si bien la traducción, en grandes partes buena y hasta inspirada, alguna vez cae en calcos evitables (“el tesoro de” por “el novio de”, “doblarse o romper” por “a vida y muerte”, “Herrleben” (¡vive Dios!) sin traducir). Por otra parte, hay detalles de difícil traslado, como la hilarante escena en la que los diputados que votan a favor de la expulsión de los judíos se apresuran a llamar a sus banqueros para comprar divisas. Que todos los banqueros tienen apellido judío ¿cómo lo sabrá un lector sin cultura alemana?

Recuerdo un pasaje de la autobiografía de Artur Koestler, quien se matriculó en la universidad en Viena el mismo año en el que apareció la novela. Una década más tarde volvió a pasar por la ciudad, entonces ya dominada por los austrofascistas, y se sorprendió del cambio: las guapas estudiantes cosmopolitas que entonces llenaban aulas y cafeterías habían sido reemplazadas por tipas feúchas con trenzas… así lo recuerda el periodista, elevando a representación de todo un modo de vida el sentido de belleza de las chicas. La aldeanización de Bettauer, hecha triste realidad.

El libro, aparte del disfrute que proporciona, nos enseña tres cosas: Uno, que Hitler no era un genio de la ideología sino que se limitaba a plasmar y predicar desde la tribuna algo que estaba a punto ya de desfasarse, por trivial, trillado y parodiado: la “tóxica” diferencia del “pueblo judío”, concepto este, el del “pueblo”, inventado un cuarto de siglo antes por el propio sionismo, basado en mitos religiosos bíblicos. Dos, que tal diferencia era mentira: no hay mejores vieneses que los judíos de Bettauer, ellos son la sociedad que ha marcado la cultura de Europa central, esa cultura sin la que Europa no sería lo que es. Y tres, que ya podrían haber traducido a Bettauer al árabe.

Porque esto es exactamente lo que pasó en El Cairo, en Damasco y Bagdad y Casablanca, ciudades que se quedaron sin judíos a partir de los años cincuenta y sesenta. El proceso fue algo distinto al descrito por Bettauer, alimentado por el enfrentamiento militar con Israel y por una enorme –y a menudo sucia– labor de zapa de los sionistas. (Un detalle extraño es que la ideología y misión del sionismo, que inventó y promocionó la idea de segregación ‘racial’, brilla por su ausencia en esta novela de Bettauer). Donde el Gobierno no colaboraba con la campaña de enviar a todos los judíos a su “único hogar”, Israel –como fue el caso de Marruecos, que incluso les prohibió emigrar-, el resultado fue el mismo que en los países que se apuntaron con armas y bagajes al ‘judíos fuera’ y los declararon enemigos y quintacolumnistas.

El resultado es lo que hoy son las capitales de los países que se llaman árabes: aldeas millonarias que han reemplazado su propia cultura por un islamismo pueblerino –no tan distinto al socialcristianismo descrito por Bettauer ni al fascismo pangermánico– que sigue atizando el antijudaísmo. Ah, y las guapas y cosmopolitas estudiantes que en épocas hubo en El Cairo o en Bagdad, hoy ni siquiera llevan trenzas, sino velo.

Reseña publicada previamente en Mediterráneo Sur.

La ciudad sin judíos (Periférica, 2015), de Hugo Bettauer | 176 páginas | 16,50 € | Traducción de Richard Gross

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