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De incomprensible, nada

ELENA MARQUÉS | Hace algún tiempo, hablando con el profesor, escritor y crítico literario Ricardo Álamo sobre nuestra «tarea» como reseñistas de libros de aforismos, uno de los dos comentaba la dificultad de pergeñar ciertas recensiones sin caer en los mismos términos y comentarios. La recopilación de sentencias y pensamientos para ofrecer lo más granado de uno o varios autores, aun cumpliendo la importante función de dar a conocer tanto la profundidad de uno de los géneros más breves como su vigencia y «verdad» (no es el momento de definir el significado y alcance de esta), puede resultar tautológica para un lector que a veces olvida aplicarse a la navegación serena en un mundo azotado por tsunamis diarios y dominado por el vértigo. Para no salir de vacío de una antología, la elección de la nómina de autores que van a componerla ha de realizarse, pues, con sumo celo, para que la «utilidad» que se desprende de estas máximas cale y forme parte de nuestro bagaje intelectual y vital.

Si algún estudioso contemporáneo destaca en estas lides, ese es José Luis Trullo, tan hábil en esas tareas compilatorias como en la elección del título que encabeza sus selecciones. En esta ocasión, el «monstruo incomprensible» sobre el que trata su «Retablo de moralistas franceses» solo puede referirse al protagonista de las sentencias que en él se recogen: ese hombre de los siglos XVII al XIX que seguimos reconociendo en el XXI y que Pascal, filósofo representado en la edición, define así según se nos recuerda en la cita del inicio.

La pulcritud del repertorio se revela también en los paratextos que lo preceden («Presentación» y «Nota sobre la edición»), donde se deslindan algunos términos (moralidad y moralismo), así como en la bibliografía aportada, útil para los curiosos que quieran acudir a las fuentes y conocer los textos en su lengua original. También el hecho de que los diez literatos elegidos (un número redondo, con las reminiscencias que cada cual quiera ver en él) aparezcan en orden cronológico con su pequeña nota bio-bibliográfica al principio aporta una claridad que es de agradecer, además de añadir el contexto necesario para recordarnos que ningún hecho es gratuito. Entendemos con ellas, por ejemplo, que el nacimiento de la máxima en las tertulias de la marquesa de Sablé, única voz femenina en estas páginas como representación de otras tantas salonnières, no fue casual, sino consecuencia de una sociedad concreta que el mundo cinematográfico suele representar como altiva y alejada de la realidad, aunque, según se comprueba en este libro, su conocimiento de aquella queda más que probado. Basten afirmaciones como «el que es perfectamente conocido está en cierto modo sometido al que le conoce» o «Si es como debe ser una vez, lo es siempre», ambas de Madeleine de Souvré y cada una de ellas ejemplo del acercamiento al Hombre de su tiempo (y de todos los tiempos) y del deseo de alcanzar la Verdad, pues, tirando de nuevo del apologista de Clermont-Ferrand, solo esta proporciona seguridad y confiere reposo.

En la nómina de estos moralistas franceses, nobles o académicos en su mayoría, algunos muy conocidos (Chateaubriand, Malesherbes) y otros, al menos para quien escribe estas líneas, no tanto (Rivarol, Joubert), no faltan referencias al amor, incluyendo el amor propio, la ignorancia, la vanidad, la amistad, las buenas intenciones o el fingimiento. «El arte de complacer es el arte de engañar», dice Vauvenargues, quien gusta de acentuar las bondades y grandezas humanas, entre las que no se olvida del corazón en pleno Siglo de las Luces, tal como posteriormente hiciera Chamfort («Las pasiones vivifican al hombre; la prudencia sólo le permite durar»).

Pero, quién sabe si por esa atalaya desde la que la mayor parte de los pensadores y filósofos se sitúa, aunque no hay en ellos ni solemnidad ni menosprecio, los textos que aquí se recogen ponen más el ojo en todas esas taras, contradicciones, debilidades, miedos (a envejecer, a la muerte) y fragilidades del pequeño monstruo que da título a la obra. «Si nos consolamos con poca cosa es porque con poca cosa nos afligimos». Así describe Pascal nuestra liviandad, aunque después nos recuerde que, «aunque el universo le aplaste, el hombre seguirá siendo superior a lo que le mata, porque sabe que muere».

Por otro lado, las afirmaciones que se suceden sobre el hombre como individuo no dejan de ser un fresco retrato de este como ser social, con sus ambiciones, intrigas e intereses; unas ambiciones que bien podemos leer y escuchar en los noticieros de hoy. Así explica La Bruyère: «No existe patria bajo el despotismo, pues se ve reemplazada por el interés, la gloria o el servicio al príncipe». Creo que de esas debilidades tenemos ejemplos a diario.

Sobre la fórmula de estos pensamientos y aforismos solo puedo confirmar que todos ellos están «redactados» con espléndida sencillez y claridad (pero es que «Las mayores verdades son en general las más sencillas», confirma Malesherbes), con una cercanía que parece «impropia» de pensadores tan notables, a lo que contribuye, supongo, la acertada traducción por parte de José Luis Trullo y Miguel Ángel Real. No hay máxima que no sea lúcida y honesta («para disculparnos ante nosotros mismos, preferimos imaginar que las cosas son imposibles», confiesa La Rochefoucauld), incisiva y en ocasiones irónica. «Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás, que al final nos disfrazamos antes nosotros mismos», afirma ese mismo pensador, aunque penda sobre nosotros la eterna reflexión aristotélica de conocerse a sí mismo.

Por eso me gustaría terminar mi reseña con estas certeras palabras de Chamfort que creo resumen muy bien el fin último de la vida:

«El hombre de mundo, el amigo de la fortuna, incluso el amante de la gloria, todos trazan ante sí una línea recta que les conduce a un término desconocido. Por su parte, el sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea circular cuyo extremo le devuelve a su propio ser».

Caminar en círculos no significa siempre andar perdidos; algo que tranquiliza a quien pone punto final a esta reseña.

Un monstruo incomprensible. Retrato de moralistas franceses (1600-1850) (Renacimiento, 2025) | José Luis Trullo (editor) | Traducción de José Luis Trullo y Miguel Ángel Real | 172 páginas | 15,11 euros

admin

2 comentarios

  1. Una reseña de gran calidad, muy concienzuda y orientativa. Solo aclarar que el «conócete a ti mismo» no es de Aristóteles, sino un oráculo délfico.

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