
ALEJANDRO LUQUE | Es un debate antiguo, ya saben. Cada año, especialmente por el Día de la Hispanidad, vuelve a encenderse la mecha. ¿Debe España pedir perdón por su conquista de América, es decir, por el exterminio de indígenas y el saqueo del oro en nombre de la corona? Confieso que en esas discusiones me muevo en una zona ambigua: leí muy jovencito a los cronistas de Indias que denunciaban esos crímenes, y por supuesto también las venas abiertas de Galeano y hasta el memorable Me cago en el Quinto Centenario de nuestro añorado Vázquez de Sola. Pero también soy consciente de esa otra historia, nada sangrienta sino todo lo contrario, de mezcla, intercambio y solidaridad entre las dos orillas del Atlántico, por lo que no me siento del todo cómodo en el bando crítico.
Sirva todo esto como pórtico a mi reseña del último libro de Eric Vuillard publicado en España. Para quien no tenga noticias de este autor, diré que se trata de uno de los pocos realmente imprescindibles de la narrativa francesa actual. Galardonado con el premio Goncourt, Vuillard se caracteriza por abordar episodios del pasado –esos Momentos estelares de la humanidad, como diría el tío Zweig– con unas herramientas que van mucho más allá de la novela histórica al uso. Un día pone el foco en los empresarios que impulsaron el nazismo con El orden del día; otro, en las barricadas de París con 14 de julio; en la Primera Guerra Mundial, con La batalla de Occidente; la sublevación de los campesinos en la Alemania del siglo XVI en La guerra de los pobres; o (probablemente mi favorito) el final de la guerra de Indochina con Una salida honrosa.
Ahora le toca el turno a las expediciones españolas en América, concretamente la caída del imperio Inca, con la novela Conquistadores. Sí, he dicho novela. Porque, aunque todo parece respaldado por un inmenso acopio documental, siempre tenemos la sensación de que lo de Vuillard es pura literatura, en la que el dato es solo un soporte que el autor va a rellenar de carne y sangre, de belleza y emoción. Esta vez, de un modo más extenso que sus anteriores obras, tomándose su tiempo (aunque a veces nos parece un poco demasiado, y echamos de menos al maestro de la síntesis que también es) para describir la epopeya que Pizarro y los suyos vivieron en un mundo nuevo, desconocido, en el que todo estaba por descubrir.
Esa situación insólita le permite desplegar una compleja radiografía del alma humana, en la que el ansia de dinero y poder actúa como una pulsión irrefrenable. Poca grandeza se percibe en esos españoles de extracción miserable que se embarcan en busca de fortuna, con grave riesgo de sus vidas, y mucha menos vamos a encontrar cuando esos mismos aventureros, instalados en suelo americano y borrachos de riqueza, empiecen con sus devastadores juegos de intrigas y traiciones, como si estuvieran condenados a fagocitarse entre ellos. Porque los españoles, como recuerda el escritor, mataron a más españoles que indígenas en el periodo de la conquista. Como si el dios del oro no se cansara nunca de exigir su holocausto, su apocalipsis total.
Hay momentos en que las imágenes de Vuillard remiten al gran cine inspirado en esta época, armaduras relucientes, selvas insondables, tribus primitivas. Pero la voz del narrador, sobria y potente, siempre nos lleva a territorios que pertenecen a las ideas, no a las imágenes, y que son una irresistible invitación a reflexionar sobre las fuerzas de la Historia. Algunos pasajes son tan deliciosamente didácticos como este:
“Las colonias son una iniquidad que exige mucho trabajo y sacrificios. A menudo, los primeros pasos que se dan para poblarlas fracasan debido al número. Un buen día llega una nueva flota, pero no hay nada preparado. Los recién llegados tienen hambre, faltan víveres; y mueren como pequeños insectos al borde de una mesa. Habrían podido ser de utilidad para la conquista, pero nadie sabe mantenerlos con vida. Es una nube que se dispersa y muere, no se puede hacer nada. La colonia los necesita, pero no sabe cómo hacer de la necesidad algo concreto. Entonces, a las puertas del mundo, orgullosos y tristes de su espejismo, mueren”.
Como ya dije en una reseña anterior, si no recuerdo mal, la gran arma de Vuillard es el zoom: es capaz de abrirlo para mostrarnos un esplendoroso fresco de época, o cerrarlo sobre detalles nimios que, no obstante, encierran claves reveladoras.
Tengo la sospecha de que Vuillard respondería a la pregunta de más arriba (¿Debe España pedir perdón?) con un rotundo sí. La verdad es que sus feroces pioneros no pasarían a la Historia ni como héroes ni como fundadores de una cultura, aunque en cierto modo (un modo salvaje y verdaderamente incómodo) fueran ambas cosas. Claro que, al cabo de estas 366 páginas, magníficamente traducidas por Félix Terrones, por cierto, cabe preguntarse a quién habría que pedir esas disculpas… ¿A los nietos de aquellos conquistadores?
Conquistadores (Tusquets, 2024) | Éric Vuillard | Traducción de Félix Terrones | 376 páginas | 22.90 euros
Que nos pidan perdón los romanos, si acaso.