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Dos monedas de la misma cara (I)

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Uno de los muchos consejos que Francisco Umbral recibió de su maestro César González Ruano (“Él me dio la clave del artículo, que hoy dicen columna, el secreto de la literatura, lo que me ha permitido ganarme la vida toda la vida”, dejó dicho en un texto publicado en la revista El Cultural) fue que, si un artículo contenía dos ideas, había que separarlas y la segunda cobrarla aparte. Voy a aplicarme el lucrativo cuento y de los dos libros que acaba de publicar Renacimiento con autoría de Umbral, haré dos reseñas, aun a sabiendas de que no voy a cobrar la segunda aparte. Ni la primera. Que en Estado Crítico somos colaboradores voluntarios y a mucha honra.

Durante más de treinta años, Umbral escribió un artículo quincenal, y más tarde semanal, en la revista Jano, una publicación por suscripción dirigida expresamente a médicos y demás profesionales del sector sanitario. En ella, el autor se liberaba del condicionante de la entrega diaria al periódico de turno, de la actualidad y de las negritas de los nombres propios que componían lo que él dio en llamar con el tiempo el Spleen de Madrid, emulando a Baudelaire.

En Yo, Umbral, primero de los dos libros publicados simultáneamente por la editorial Renacimiento y en edición de Bénédicte de Buron-Brun, nos encontramos con un Umbral íntimo, reflexivo sobre el yo, profundo y juguetón, cómodo y sin ataduras a la hora de construir el personaje en el que se convirtió él mismo bajo el atrezzo de un abrigo largo y una bufanda. Aquí no tiene inconveniente en desplegar su prosa más lírica, convirtiendo frases en versos y anécdotas en sutiles metáforas sobre la vida. De estos artículos podríamos extraer aforismos y greguerías (de su admirado Gómez de la Serna) como para otro libro complementario. Y sabe que puede escribir con total libertad y asiduidad sobre él y sus circunstancias (Ortega y Gasset, otro referente)

Pero a quien más cita en estos artículos es a Juan Ramón (alias Juan Ramón Jiménez o JRJ, tanto monta, monta tanto) y a Marcel Proust, quien, con la excusa de una magdalena, escribió una obra maestra en siete volúmenes. No es casualidad que su columna en la contra del diario El Mundo llevase por título genérico Los placeres y los días, título a su vez de una nouvelle del propio Proust y que viene a anticipar todo lo que contiene En busca del tiempo perdido.

Pero Yo, Umbral es mucho más. Él mismo lo confiesa, negro sobre blanco, en uno de los últimos artículos contenidos en el libro: “Me gusta contar lo que pasa cuando no pasa nada. Uno es un lírico que se metió, no sé por qué, en la épica sucia de la vida, de la política, del periodismo, de la ciudad”. Y remata el párrafo añadiendo: “Entro en el portal y huele a queso parmesano, que es a lo que huelen las familias bien avenidas. El domingo se queda afuera, enorme, solo, puro, vivo”.

El libro está estructurado en dos bloques diferenciados, a saber: Política y sociedad y Vida privada. Una división acertada para no convertir en batiburrillo la profusión de artículos seleccionados, aunque se echa de menos una presentación de los mismos, en ambos bloques, en orden cronológico. Es posible que la responsable tenga sus razones y que serán perfectamente válidas, pero creo que ese orden temporal habría ayudado a ver la evolución de Umbral como escritor, sus lugares comunes, sus abandonos y sus contradicciones, que son pocas, pues fue un autor de una pieza, pero haylas. En todo caso, un libro imprescindible para todos aquellos que piensan que Francisco Umbral falleció en agosto de 2007.

(NOTA AL MARGEN: Y a quienes, todavía a día de hoy, lamentan que Umbral no dedicara parte de su tiempo literario a la poesía, tengo una buena noticia que darles: en 2009, la editorial Seix Barral publicó su Obra poética (1981 – 2001) en edición a cargo de Miguel García-Posada)

Yo, Umbral (Renacimiento, 2025) | Francisco Umbral | 346 páginas | 19,90 euros

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