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Ejercicio de admiración

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Con el verso“Y uno se cree” comenzaba Joan Manuel Serrat una de sus canciones más conocidas, “Aquellas pequeñas cosas”, grabada para su álbum Mediterráneo en el otoño de 1971. Con ese título el novelista y poeta mexicano, afincado en Barcelona, Jordi Soler (La Portuguesa, 1963) ha escrito una obra sobre el cantautor catalán, sobre su vida vinculada a sus canciones y sobre la tentativa de escribir una canción (“De cómo Joan Manuel Serrat y yo nos pusimos, una vez, a escribir una canción” es el subtítulo de la obra que se recoge ya dentro del libro). Un libro breve y sustancioso sobre el arte de crear, la admiración mutua y una amistad en marcha como breve y sustanciosa era la canción de Serrat. Una canción sobre el paso del tiempo y la memoria, temas que están también presentes en esta obra, pues lo que Soler hace es trazar una autobiografía personal y familiar de la que Serrat y su cancionero forman parte indisoluble de su pasado, de su niñez en la selva veracruzana y de su adolescencia en la capital de México, y de su presente como escritor con cierto éxito editorial, premiado y traducido a varias lenguas, y con una obra narrativa considerable. El libro se mueve entonces, a través de capítulos breves, entre la peripecia y el intríngulis de urdir la letra de una canción junto a Serrat, “La reina de la selva”, de fauna y flora profusa, llena de pájaros reales e inventados, y esas remembranzas: las dificultades para hacerse con los discos de Serrat en tierras lejanas, las noticias que con retardo llegaban sobre los resultados ligueros del Barça, el recitado de “Canço de matinada” como prueba de acceso a un colegio mexicano ultracatólico, las fiestas adolescentes o la devoción por Cruyff o Juan Marsé. De lo que determinaron y determinan, en definitiva, la vida de Jordi Soler las canciones deL cantautor catalán en el entorno rural de los cafetales de Veracruz y en su actualidad barcelonesa.

            Libro a libro, el escritor mexicano ha ido tejiendo una narrativa personal cuyas historias interesaron al cantautor catalán hasta el punto de que sus mundos creativos acabaron, y de ello es testimonio esta obra, cruzándose en la elaboración de una canción. En ese proceso, a Soler le interesa retratar y relatar también una amistad y evocar un cancionero sin el que su vida, como la de otros tantos serratianos, no podría explicarse. Hay también una historia común de guerra y de exilio republicano familiar, donde la madre de Serrat, Ángeles, y la madre de Soler, María Luisa, parecen atravesar una parecida encrucijada vital en la que confluye La Portuguesa y la selva con Belchite y el Poble Sec barcelonés, por donde transitaban los primeros personajes inmortalizados por el precoz poeta y cantor muchacho de barrio descubierto por Salvador Escamilla en Radio Barcelona.

            Todo empieza con la aparición de un pájaro inexistente de nombre imposible -xirimicuil- tras terminar Serrat la lectura de una novela de Soler. La curiosidad del cantautor catalán hace el resto. Lo que comenzó como una simple pregunta sobre ese pájaro acaba convirtiéndose en una colaboración inesperada: un escritor y un músico componiendo al alimón una canción. Para Soler no era una experiencia desconocida -ya había escrito un par de canciones para el grupo de rock mexicano Santa Sabina-, pero hacerlo con Serrat era otra cosa. Era como jugar un partido de fútbol con Cruyff o escribir un relato a cuatro manos con Marsé. Toda una vida intentando conocer a su ídolo – sin lograrlo hasta que Juan Cruz en 2005 lo llevo a cenar con él en un hotel en Barcelona- para acabar apareciendo en los títulos de crédito de una de sus canciones era lo máximo que uno podía esperar en su vida artística.

            El conocimiento que, sobre la construcción de los significados y significantes de una canción tiene Serrat, es una de las partes más sobresalientes del libro. Aunque Soler aporta la letra inicial es la intervención de Serrat en el proceso, en su hilvanado y documentación, lo que pone de manifiesto la enorme capacidad del cantautor para controlar un acto creativo tan mágico y misterioso. Y pasaremos de la medida (6 y 8 sílabas) a las rimas de los versos, de la duración especial de las sílabas a las correcciones y ajustes, a los cambios de título y a los bocetos. Para descubrir, finalmente, que el texto inicial acaba pareciéndose muy poco al último que se nos presenta: “Quizá escribir una canción, un poema o una novela, sea eso, manipular lo visible para que lo invisible irrumpa y se ponga a refulgir en el paisaje que previamente había destrozado el paisajista”, dice Soler en un momento de su obra.

            En cualquier caso, el escritor mexicano ha conseguido que Y uno se cree no se contamine de los incontables datos biográficos que sobre Serrat existen y circulan en libros, revistas o en la red. Ahí radica parte de su originalidad y de su aportación al universo bibliográfico del cantante. Pero el libro nos ofrece también la oportunidad de conocer algunos secretos de la vida de Serrat que sí serán de uso para sus futuros biógrafos: las sesiones con el foniatra con la que el cantautor afronta sus últimos conciertos, el rechazo que le produce Leonard Cohen o la manía, un tanto chocante, de colocarse siempre en la mesa central, la más expuesta, de los muchos restaurantes que frecuenta.

            Esa condición de “músico alfa de la lengua” con la que Soler trata a Serrat es, a la par, la mayor virtud y el principal defecto de esta obra. Un libro escrito casi en exclusividad para los admiradores de Serrat quienes, perseguidores y adquirentes de todo lo que rodea -siquiera sea tangencialmente- al cantautor catalán, disfrutarán de esta particular y hermosa hagiografía. Pero un libro también que, para otros lectores menos abducidos, puede parecer excesivo en el halago y en la posición oracular en la que el escritor mexicano sitúa al autor de “Cada loco con su tema”.

            Y uno se cree no es exactamente una novela sino más bien un híbrido o un experimento literario, una “autocrónica” de cómo escribir una canción con Serrat; pero, a la vez, de cómo las canciones del músico catalán están enchufadas a la memoria reptiliana de Soler y de cómo el cantante ha llegado a formar parte importante de su presente en el que comparte con él no solo la creatividad sino paralelamente los actos de la vida cotidiana (la pandemia, un partido de tenis, la familia, los libros). Una relación en la que el escritor mexicano nunca olvida que su amigo sigue siendo el personaje, la celebridad que modeló su educación y orientó su vocación literaria (confiesa que su origen está en ese álbum total que hizo Serrat con los poemas de Miguel Hernández). Una devoción y una admiración que no acaba de desaparecer por mor de esa frecuentación amistosa que se describe a lo largo de las páginas de este libro, dándonos la impresión de que es la prolongación de la escritura de la canción -la preparación de la última gira de Serrat interrumpió el proceso- lo que permitirá a Jordi Soler seguir estando cerca e involucrado en la vida de Serrat.

Y uno se cree (Alfaguara, 2025) | Jordi Soler | 112 páginas | 18,90 euros.

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