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El día de la marmota

Es mi estado de ánimo el que elige las palabras por mí. Tengo un estado de ánimo. Algo así es muy útil. Puede elegir palabras de toda la paleta, puede hacer del lenguaje una paleta y otorgar colores a las cosas, incluso si carecen de ellos. Yo no hablo con nadie, y, aún así, mi mundo adquiere cada vez más detalles, tomo palabras de un mundo con múltiples voces, de un estado de ánimo que colorea, tiñe. Pero si dejas que las cosas obtengan colores, el espacio se llena. La paleta rebosa color. Acuden demasiadas palabras, el día se paraliza, se hace pesado, más lento.

CAROLINA EXTREMERA | Me van a disculpar, pero entiendo que el título que le he puesto a esta reseña es obligatorio y, francamente, si ven un artículo sobre este libro que se titula de una manera diferente, desconfíen. No había otra opción, teniendo en cuenta la temática de El volumen del tiempo de Solvej Balle, una historia que, ya en la página tres, anuncia: “Me llamo Tara Selter. Estoy sentada en la habitación del fondo que da al jardín y a una leñera. Es dieciocho de noviembre. Cada noche, cuando me acuesto en la cama supletoria de la habitación, es dieciocho de noviembre y, cada mañana, cuando me despierto, es dieciocho de noviembre. He perdido la esperanza de despertarme el diecinueve de noviembre, y tampoco recuerdo el diecisiete de noviembre, que fue ayer”.

            La autora explica que tomó notas de un primer borrador para esta idea en 1987 esto es, cuatro años antes del estreno de Atrapado en el tiempo, la película que todos llamamos, sin embargo, por su título original, esto es, el de esta reseña. No obstante, esa aclaración pertenece a la categoría de lo que llamaríamos una explicación no pedida. Ya me entienden. No la necesitábamos porque, además, aunque la idea no hubiera sido suya, sino de los creadores de la película, el resultado obtenido es completamente diferente. La obra de Solvej Balle tendrá siete volúmenes, cinco de los cuales ya están publicados en Dinamarca y, actualmente, la autora está escribiendo el sexto. No se asusten, no estamos ante las seiscientas páginas por título que nos soltaba Knausgard, sino ante siete tomos de menos de doscientas páginas con una escritura muy condensada y, sin embargo, detallista.

            Para Tara Selter, que se gana la vida junto a su marido Thomas con la compraventa de libros antiguos, el tiempo se rompe un dieciocho de noviembre en el que acude a París a un evento de trabajo. Así lo llama ella, rotura del tiempo. Y es que, aunque ella cambie, sus heridas se curen y su pelo crezca, el día sigue siendo siempre, eternamente, el mismo. En un cuaderno va numerando esos días que transcurren sin que se cambie el calendario y, para nuestra consternación, ya vemos al principio que esa numeración alcanza las tres cifras. ¿Qué se hace en una situación así? ¿Cómo se ha roto el tiempo? Poco a poco, ella va tratando de responder a esas preguntas mediante una especie de ensayo error desesperante que, por tratarse del primer volumen de la saga, evidentemente no se resuelve.

            Las cuestiones que asoman a este libro tan corto no son sencillas. En primer plano, tenemos la atención al detalle, ya que Tara, al vivir una y otra vez el mismo día – casi siempre en el mismo lugar – tiene la opción de aprender con precisión absoluta cómo es su entorno, algo que nos está vedado a nosotros por la vida acelerada que llevamos. Algunas veces, utiliza este conocimiento y esta certeza como una ventaja a través de la cual puede obtener alimento o hacer experimentos. Otras veces, esa ausencia de sorpresas no cosecha más que desánimo. En otro plano, está la temática de la soledad. Como ella recuerda todos los dieciocho de noviembre que ha vivido y su pareja no, esto los va separando poco a poco, como una grieta que se va ensanchando. Aunque no vivamos en un vórtice temporal, todos hemos vivido esa soledad que surge cuando te das cuenta de que eres la única que recuerda algo que ocurrió en tu grupo de amigos. De repente, es como si solo lo hubieras vivido tú y, a pesar de que entonces te acompañaban, ahora es algo que solo te ha ocurrido a ti y, por tanto, no puedes acudir a la complicidad que esperabas. Para Solvej Balle, la fractura en el tiempo es un medio para analizar cómo se alejan las parejas cuando cada uno de sus miembros vive sus propias experiencias sin compartirlas con el otro. Las metáforas que genera la situación son variadas y, seguramente, habrá muchas que yo no he encontrado.

            Siendo el primer volumen de siete, queda por ver si la autora sabrá resolver los retos que se le plantean para continuar. Desde mi punto de vista, sería importante que, o bien se solucionara – de forma feliz o no, eso me es indiferente – la ruptura temporal, o bien se explicara por qué se ha producido y el lector no se quedase con una sensación de tiempo perdido (qué irónico sería esto) tras siete libros. De todas formas, este primer tomo es muy recomendable y nos deja con un tema de conversación para la próxima vez que salgamos a cenar con los amigos: ¿Qué tipo de vida llevarías si solo pudieras habitar el mismo día una y otra vez?

Aún así, estoy agotando el mundo. Mientras Thomas vive en un mundo que se restituye, yo dejo huella. Me he convertido en una criatura voraz, un monstruo en un mundo finito. Soy una plaga de langostas. ¿Cuánto tiempo podrá soportar mi presencia este pequeño mundo?

 El volumen del tiempo I (Anagrama, 2025) | Solvej Balle |Traducción de Victoria Alonso | 184 págs. | 18.90€

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