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El día interminable de Leopoldo

RAFAEL ROBLAS CARIDE | Leer también puede convertirse en un suplicio. Aún recuerdo una de aquellas tórridas tardes de verano en que cayó en mis manos El coronel no tiene quien le escriba. Lo terminé a fuerza de tesón y arrojo, pero una y no más, don Gabriel. Quedé tan traumado –que diría un pedagogo postlogsiano– que deserté de Buendías futuros. ¡Cuánto sudor desprende la prosa de García Márquez, Dios de mi vida! Desde entonces, cruz y raya al realismo mágico, como una agorafobia maligna que me cortara las alas y me impidiera volar a exóticos destinos, lo mismo a Macondo que a Bangkok. Tan irracional como definitivo. ¡Y mira que lo siento! Sobre todo cuando mis buenos amigos pontifican las virtudes literarias del colombiano universal, llevándose las manos a la cabeza ante mi tozudez, escandalizándose ante lo mucho que me pierdo. También en Bangkok.

Quiero decir con esto que los humanos estamos hechos también de renuncias involuntarias. De castrantes limitaciones que señalan las fronteras entre nuestros deseos y metas. García Márquez es una de las mías. Y el Ulises de Joyce, otra. Una limitación y una frustración que se solapan, como una vergonzante escarapela, sobre mi credencial de modélico lector. Mea culpa. ¡Y a fe que lo he intentado en varias ocasiones! Sin embargo, siempre, por una causa o por otra, he naufragado en el mar de mis saludables intenciones, arrastrando al bueno de Leopoldo Bloom hacia el limbo de los personajes perdidos en la nada.

La primera vez que oí hablar de James Joyce fue en bachillerato, cuando algún profesor lejano comparó el estilo de Tiempo de silencio con el fluir de conciencia del Ulises. La curiosidad mató al gato y, engolosinado ante la pólvora de Martín Santos, recuerdo que intenté comprobar en una autodidacta primera incursión la veracidad de dicho paralelismo. Error. Tres páginas duró mi yo adolescente sobre el ring del autor irlandés fruto de la indigestión. Aunque no mucho más ha logrado avanzar mi yo maduro en las múltiples ocasiones en que emprendí idéntica aventura más encorajinado que convencido. Ya acepto la derrota mal que me pese. Y desisto. 

Mas reconozco que la propuesta me seduce. Un relato sin argumento. Un desarrollo narrativo sobre la nada más absoluta. Una pirueta técnica al alcance de pocos, como muchos de los más grandes han confesado. Así, T.S. Eliot (“Sostengo que este libro es la expresión más importante que el presente ha encontrado; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del cual ninguno de nosotros puede escapar”), Borges (“El talento de Joyce era esencialmente verbal. No sé si poético es la palabra. Es lo que Shaw llamaba word music. Joyce es música verbal e invención de palabras”), Orwell (“Desearía no haberlo leído. Me provoca un complejo de inferioridad. Cuando leo un libro como ese y luego regreso a mi propio trabajo, me siento como un eunuco que ha tomado un curso de producción vocal”), o el propio Gabriel García Márquez (“[Su lectura] resultó en el descubrimiento de un mundo genuino que nunca había sospechado dentro de mí, también me otorgó una invaluable ayuda técnica para liberar mi lenguaje y para gestionar el tiempo y la estructura en mis propios libros”) rindiéndose a las excelencias de Joyce.

Aunque a mí, personalmente, lo que me atrae de la obra es la concepción del hombre (Leopoldo Bloom) como un nuevo Ulises contemporáneo trasegando la vida a lo largo de un interminable 16 de junio de 1904 (el día real en el que el escritor conocería a Nora, el amor de su vida), sorteando los escollos existenciales de la cotidianeidad que se esparcen sobre los dieciocho episodios en los que se estructura; por encima de otros intereses secundarios y mucho más circunstanciales, como la particular relación de la novela con la censura en su primitiva publicación serial (con multa incluida) o las subyacentes acusaciones de obscenidad que recayeron sobre ella.

A ratos, llegan hasta mí algunas señales de la Divina Providencia: la nota a pie de página sobre un estudio consultado que alude al Ulises, el viaje de algún compañero a Irlanda con ruta joyceana incorporada o la interesada referencia al eminente escritor inserta en el temario de Historia de la Literatura Universal (ese selecto paraíso de bachillerato reservado para alumnos elegidos). O, quizás, la invitación estival de estos locos de Estado Crítico que te retan a ponerse ante un libro que nunca se ha leído para destriparlo. Y entonces, justo entonces, uno se deja llevar por la fantasía y, asiéndose a la mano de don Leopoldo, recorre a hurtadillas todos los recovecos de tan interminable día, todas y cada una de las 267.000 palabras que conforman su odisea por Dublín. Y, luego, aprovecha para recomendarle a los demás que no se amedranten –como yo– ante los aviones, reafirmándose con españolía en esa muletilla que una y otra vez se les repite a los subordinados: “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. Por eso, lean el Ulises de Joyce. A él y, de rebote, a García Márquez. Pues eso.

***

NOTA FINAL- Acabada de redactar esta entrada de Estado Crítico, un nuevo verano se abre ante mis ojos. Una nueva etapa de descanso y vacaciones. Una nueva oportunidad de viajar a Bangkok y de vencer el trauma. Miro hacia los anaqueles donde descansa el voluminoso tomo de Joyce. ¿Lo intentamos de nuevo o, como dicen mis alumnos, me espero a la película? Y es que la nave sigue rumbo a Ítaca…

Ulises (Cátedra, 2022) | James Joyce | 1104 páginas | 22 euros

admin

Un comentario

  1. Tres veces empecé los cien años y tres veces lo abandoné cuando la abuela, si no recuerdo mal, se quema el trasero. El realismo mágico puede ser tan poco real como mágico, y, por supuesto, hay muchas obras sobrevaloradas, y por supuesto hay también obras geniales que casi nadie conoce.

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