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El Jardín de Venus se llama Filomena

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ VÁZQUEZ | Luis Landero en su última novela Coloquio de invierno realiza un enorme esfuerzo narrativo basado en una imaginación desbordante. Harina de otro costal será si nos encontramos ante una novela. Desde luego, no estamos ante una novela al uso y los referentes literarios se multiplican como seña evidente de una manera de hacer e interpretar la literatura propia del escritor extremeño.

La trama de la historia es sencilla por lo que tiene de inexistente. Siete personajes se ven envueltos por la borrasca Filomena y deben refugiarse en un hotel rural. No se explica muy bien cómo llegan a este hotelito, ni se ubica con exactitud. La borrasca Filomena azotó España entre el 6 y el 11 de enero de 2021, de hecho, la novela comienza el 8 de enero de 2021 con fecha exacta. Los estragos que produjo el temporal fueron numerosos a lo largo de todo el país y fue la última gran nevada que cayó sobre la ciudad de Madrid. Fue un fenómeno meteorológico que paralizó e impidió la vida cotidiana de muchos ciudadanos. Entre estos ciudadanos se encuentran los siete personajes de la obra:

ADELA PASTOR, librera.

GINÉS OROZCO, empleado de ferrocarriles. Jubilado.

MARTÍN MARCILLA, profesor de diversas materias.

NURIA SOLER, profesora de Filosofía y compañera de Adela.

SANTOS LEÓN, médico.

TOMÁS GUERRERO, periodista.

VÍCTOR MARÍN, comandante de Caballería.

JIMENA Y ELADIO, hosteleros.

Una vez encerrados estos personajes se muestra la elaborada simplicidad argumental. Los personajes son presentados al modo de las novelas detectivescas de Agatha Christie con un rol inicial que sirve de presentación y de guía para el lector. Y podría haber sido una opción narrativa al estilo de Diez negritos (o su título políticamente correcto Y no quedó ninguno). Estos personajes, siete huéspedes y dos hosteleros se debatirían ante un crimen por cometer y resolver.

Sin embargo, Landero se decanta por la situación renacentista y al modo de El Decamerón  de Boccaccio los personajes encerrados se encuentran en un lugar alejado de Florencia y su peste, pero cercano a Madrid (se sobreentiende) y su borrasca. Así para matar el tiempo deciden contar historias que no habían relatado a nadie. Y por supuesto, por encima de todo, el espíritu cervantino y quijotesco se hace presente en el libro con el afán de contar, escuchar, matizar historias de carácter oral y que se cuentan, como en la propia vida, con las interrupciones propias del buen oyente de historias con la tensión que exige el relato global donde la ficción de los relatos contados se confunde con la realidad inventada en un contexto novelístico como son las ventas manchegas.

Y en este momento se abre la puerta a una experiencia narrativa, no sabríamos si llamarla novelesca. Los personajes de la historia no son necesariamente los protagonistas de los relatos. Landero hace un esfuerzo agotador por inventar historias diversas que les ha ocurrido a los propios narradores-personajes o a otros personajes que ocupan las historias contadas como la de Monroy y don Claudio que es narrada por Santos León.

Landero crea un espacio acogedor para el coloquio que da título a su obra. El ambiente cerrado y cálido del hotel rodeado por nieve invita a escuchar (y a leer) las narraciones de los presentes. Son narraciones que giran en torno a decisiones mal tomadas, los actos que no se debieron realizar, las oportunidades perdidas por miedo o por cualquier otro motivo… Pero todas ellas van a girar de una manera u otra en torno al amor.

Es el amor celoso de Monroy y don Claudio que conlleva el desastre por la maledicencia y la cobardía; los amores imposibles con adolescentes del profesor Martín Mancilla; la historia del viejo Ginés Orozco que abandonó a su novia en el altar y va en busca de ella; la historia cruenta del taxista que cuenta Tomás Guerrero y así hasta el final de las historias, propias o ajenas, que recitan todos los personajes. La novela acaba con el rescate de los protagonistas del hotel que había sido lugar de encierro y entorno de confidencias; un hotel que está destinado a su desaparición porque los dueños, Jimena y Eladio, se jubilan y marchan a su pueblo originario con lo cual no se puede volver a producir ningún tipo de encuentro.

El libro de Landero, sin embargo, nos lanza como lectores varias preguntas acerca de las relaciones humanas y el juicio pertinente. En la novela, los personajes se encuentran libres para contar historias propias y ajenas porque no se siente juzgados y los oyentes no se ven en la obligación de enjuiciar moralmente porque nadie solicita esa acción. La confianza, la proximidad, la amistad en cierto modo son puestas en duda por Landero en su obra y también cuestiona el hecho de la libertad absoluta entre conocidos o ante desconocidos. También nos plantea el amor como tema universal y atemporal. El amor con sus deseos, anhelos, pasiones, errores mueve al ser humano y lo conduce por caminos impredecibles como el deseo de felicidad que lleva a Eloy a vivir en la calle como narra Tomás Guerrero o a la destrucción como es la historia de don Leandro que describen Adela y Nuria.

Es un tejido, una red de historias que contadas por unos personajes ficticios se nos presentan como reales, posibles, verídicas como la vida. Sin embargo, y es un pero que podríamos poner a la novela de Landero, la relación, no entre los personajes desconocidos que se definen por la expresión libre, sino la correspondencia establecida entre los personajes-narradores y sus historias no se establece de modo claro. Son historias que le marcaron en un momento dado, historias extraídas en la realidad novelesca, que, sin embargo, no se observan como decisivas en la configuración de estos personajes. En este juego de muñecas rusas donde personajes inventados narran historias reales que constituyen un atractivo evidente para el lector no se acaba de ver cómo esas historias configuran a los narradores de estas.

En cualquier caso, el libro merece una lectura reposada. Un disfrute de las historias contadas y de la historia global que nos remite a la reflexión sobre la vida y sus condicionantes y también sobre el hecho mismo de narrar. No hace falta incidir que la escritura de Luis Landero es muestra evidente de maestría idiomática. Su limpieza estilística, su exactitud léxica y sintáctica facilitan la lectura de esta sucesión de historias que se van intercalando unas y otras para no resultar un conjunto de cuentos y atrapan al lector desde el principio hasta que es rescatado, sin quererlo, por el mundo real como ocurre con los personajes de la fantástica y nevada hospedería.

Coloquio de invierno (Tusquets, 2026) | Luis Landero | 312 páginas, 21,90 euros.

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