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El latido de lo indecible

THAÏS GAMAZA| “Lo raro siempre es más cierto”, escribió Silvina Ocampo. Samanta Schweblin abre El buen mal con esa frase y no es un gesto de cortesía: es una declaración de principios. En sus manos, lo raro no es excentricidad ni puro artificio; es un hueco por donde se filtra lo que solemos llamar realidad.

Diez años después de Siete casas vacías, la autora argentina regresa al cuento —su territorio más afilado— con seis piezas que confirman lo que ya intuíamos: que Schweblin escribe para provocar un estremecimiento, no para ofrecer consuelo. En entrevistas recientes ha explicado que lo que busca es “colocar una emoción en el interior de alguien más”, y que la mayor de las ficciones contemporáneas es la idea misma de normalidad. A su juicio, la vida cotidiana está atravesada por fuerzas invisibles —miedos, mandatos, culpas— que no siempre podemos nombrar pero que determinan nuestras decisiones. Esa es la materia prima de El buen mal: relatos en los que lo doméstico se ve levemente desajustado, hasta que ese pequeño movimiento basta para que el lector pierda pie.

No hay aquí monstruos ni trucos espectaculares. Lo perturbador nace de una corriente subterránea que se insinúa en cada escena: un silencio que pesa demasiado, un objeto que parece mirar de vuelta, una conversación que se quiebra en el momento menos pensado. Schweblin afina el lenguaje como un pulso: frases limpias, economía de adjetivos, silencios que laten. Cada historia calibra su propio punto de colapso, ese instante en que la calma se revela como impostura y lo extraordinario irrumpe con la naturalidad de un recuerdo.

En diálogo con la prensa, la autora ha reivindicado su pertenencia a una tradición rioplatense de lo fantástico que va de Quiroga a Ocampo y Bioy, pero también menciona a Di Benedetto y a autores latinoamericanos menos transitados. En sus relatos, el “fantástico” no es un género sino una forma de mirar: la certeza de que la vida corriente contiene, de por sí, toda la extrañeza necesaria. La cita de Ocampo que encabeza el libro no solo homenajea a una antecesora, sino que funciona como una contraseña: lo raro no es un desvío, es la revelación de lo verdadero.

Quizá por eso El buen mal se lee más como una experiencia que como una suma de argumentos. No importa tanto lo que “ocurre” —una llamada, un animal, un encuentro improbable— como la sensación física que dejan las páginas. Hay un momento en que el cuerpo del lector reacciona. Schweblin lo ha dicho con claridad: escribe para que algo se mueva dentro de quien la lee. Y ese “algo” rara vez se explica con palabras.

El título mismo encierra una paradoja que el libro explora sin resolver. “No hay mal tan malo del que no resulte algo bueno”, dice un refrán que la autora ha recuperado en entrevistas. No se trata de optimismo ni de redención, sino de una ambigüedad radical: el mal, entendido como dolor o desajuste, puede ser lo que nos mantiene vivos, lo que nos recuerda que seguimos sintiendo. De ahí que en muchos de estos relatos el sufrimiento no sea solo castigo, sino también vínculo; una forma de permanecer en el mundo cuando la tentación de desaparecer es fuerte.

Schweblin ha comentado que cada historia decide por sí misma cuánto espacio necesita. Esa libertad se percibe en la variedad de extensiones y ritmos, pero también en la forma en que cada relato abre una grieta distinta en la idea de realidad. A veces es apenas un roce. Otras veces, la irrupción de algo inexplicable, contado sin énfasis, con una naturalidad que desarma. Lo extraño no se anuncia, simplemente sucede, y el lector comprende que la normalidad era, desde el principio, una ficción.

Leer El buen mal es aceptar que la literatura puede ser un acto físico. Una termina el libro con la sensación de haber atravesado un territorio de sombra que, sin embargo, nos pertenece. No hay moralejas ni promesas de alivio. Schweblin vuelve a recordarnos que la literatura más inquietante no se limita a contar historias: nos hace sentir, en carne propia, que la realidad siempre estuvo a punto de quebrarse.

Este nuevo volumen también dialoga con la evolución de su obra y con una carrera internacional en pleno despegue. Desde Pájaros en la boca y Distancia de rescate —que fue finalista del Man Booker International y adaptada al cine como Fever Dream— hasta Kentukis, Schweblin ha consolidado un territorio narrativo singular: minimalista en la forma, pero radical en la percepción de lo real. Ha vivido en Berlín más de una década, y en varias entrevistas reconoce que esa distancia le ha dado una mirada doble: la de quien observa su país de origen desde fuera y la de quien experimenta en carne propia el desarraigo. Esa doble perspectiva, dice, alimenta la tensión de sus cuentos, donde lo cotidiano se vuelve extranjero de un momento a otro.

Con El buen mal, esa voz alcanza una madurez distinta. No hay aquí voluntad de sorprender por sorprender, sino de hurgar en lo que siempre estuvo ahí: el mal menor que sostiene la vida, el bien que solo se revela en la grieta. Confirma que su narrativa no necesita artificios para inquietar. Basta un leve desplazamiento de la mirada para que el lector advierta que la realidad, como la literatura, es frágil y mutable.

El mal de Schweblin es inseparable del cuerpo, y su eventual “bondad” consiste en recordarnos que seguimos vivos porque algo —o alguien— nos duele. Quizá esa sea, en última instancia, la comunidad secreta a la que el primer relato nos da la bienvenida: la de todos los que respiramos gracias a una herida que nunca cierra.

Hay libros que se leen para escapar y otros que se leen para quedarse. El buen mal pertenece a los segundos. Nos deja la certeza —incómoda, luminosa— de que lo raro, efectivamente, es lo más cierto.

El buen mal (Seix Barral, 2025) | Samanta Schweblin | 208 páginas | 19,90 euros

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