
LUIS ANTONIO SIERRA | Está muy manido el dicho ese de que hay que conocer los errores del pasado para no repetirlos en el presente. Pues parece que no aprendemos. Solo hace falta echar un vistazo a lo que está pasando en Palestina, Líbano o Irán, cuestiones que van de la mano también de la hegemonía política del fascismo, cada vez más evidente dentro y fuera de nuestras fronteras – aunque, de momento, más fuera que dentro, por fortuna. Directamente relacionado con esto, en nuestro país seguimos supurando a causa de una herida que no llegó a cerrarse a tiempo y que esas fuerzas de extrema derecha – y de derecha extrema – se empeñan en impedir cicatrizar. Sí, efectivamente, estoy hablando del golpe de estado fascista de 1936, los casi tres años de guerra que le siguieron y la horrible dictadura que vino después. Los reaccionarios de este país continúan empeñándose en reivindicar un episodio vergonzoso en la historia de España, siguen restregando la victoria fascista sobre el resto de la población; en fin, persisten en su afán por no restañar heridas y maquillar los hechos para que lo que ahora se llama “el relato” siga decantándose a su favor.
Por esta razón, es muy necesario contar ese pasado desde la perspectiva de las víctimas, del pueblo que sufrió la represión fascista al que habitualmente no se le ha dado la suficiente voz. Y por esta razón también, la utilidad de la literatura como vehículo para la transmisión de esos mensajes, como herramienta política necesaria más allá de otras posibles funciones que pueda tener este arte. Estos argumentos por sí mismos aplican a la última obra publicada por Azahara Palomeque, Pueblo blanco azul, y hacen de esta novela un instrumento muy necesario.
La obra de la autora cordobesa condensa los recuerdos de un pueblo – más concretamente de varias familias asociadas a la narradora – y ajusta cuentas con ese pasado. Además, es también una obra sobre la posguerra, la pobreza, la emigración y el campo andaluz. Todo desde la perspectiva de una mujer que vuelve a su pueblo después de haber emigrado a los Estados Unidos y haberle sido imposible despedirse de su abuela por encontrarse allí. Los años pasados en el país norteamericano rezuman, asimismo, cierta amargura y no solo por esta circunstancia relacionada con la pérdida de un familiar. Este tono nos recuerda mucho a Formas de estar lejos de Edurne Portela.
Una de las características más notables de la novela de Azahara Palomeque y que, probablemente, la hace distinta a otras de temática similar es el lirismo que impregna a la narración, la profusión de metáforas e imágenes, casi oníricas en ocasiones, que le infunden un plus de belleza a la historia y exigen ese puntito de mayor atención y concentración en la lectura. El detenimiento, la lectura pausada nos llevan al disfrute, a apartarnos incluso de las prisas en las que vivimos habitualmente. Se nota que la autora proviene del mundo del verso, lo cual no es raro en las letras de nuestro país donde encontramos muchos ejemplos de poetas y poetisas reconvertidos en novelistas a tiempo parcial (Benjamín Prado o Luis García Montero, por ejemplo). De todos modos, y aun apreciando y valorando muy positivamente ese lirismo narrativo, el estilo de Palomeque corre el riesgo de distraernos de lo importante, de sacarnos de la historia que, al fin y al cabo y dentro de esta perspectiva de la función de la literatura como arma política, es lo más importante. Es relevante la forma, pero el fondo, el contenido, si no está claro, corre el riesgo de perderse. Y con el fascismo intentando imponer una visión sesgada y reaccionaria de la historia, no nos podemos permitir ciertas distracciones.
Con esta afirmación no quiero que se me malinterprete. No estoy diciendo que haya que prescindir de la forma, de la belleza en la escritura, de un estilo narrativo; por lo que apuesto es por encontrar un equilibrio entre fondo y forma para no caer ni en lo panfletario, si nos focalizamos sobre todo en el contenido, ni en ese “arte por el arte” que defendían los modernistas con Óscar Wilde a la cabeza.
Independientemente de consideraciones estéticas, la literatura española sigue necesitando narraciones como la de Palomeque, historias que nos hagan reflexionar sobre nuestro pasado más traumático y den voz a quienes habitualmente han sido opacados por aquellos a los que no les importa – incluso quieren – volver a repetir los errores del pasado.
Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire, 2026) | Azahara Palomeque | 320 páginas | 21,95 euros.