
ELENA MARQUÉS | Con una fórmula distinta a la que sigue en sus novelas anteriores, aunque, a poco que se escarbe, se encuentren elementos comunes, Gregorio Verdugo se adentra con Redención en una aventura narrativa en la que la acción se produce en el recuerdo.
Se trata de un monólogo, que quiere ser diálogo, dirigido a una mujer muerta, lo que nos traslada en cierta a manera a Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, con la diferencia de que no existen aquí, en la recapitulación sobre la vida en común de los protagonistas, reproches al difunto, sino un intento de reconstruir la realidad a favor de quien habla para obtener el perdón y perdonarse.
Estamos, pues, el mismo título lo deja intuir, ante una confesión en toda regla que solo tendrá la credibilidad que queramos concederle, ya que la memoria, aunque sea de manera inconsciente, nos engaña a menudo, y en el recuerdo, como dijera Gonzalo Hidalgo Bayal en La sed de sal y recoge el autor en una de las citas que precede a la novela, «nos convertimos en el personaje que nunca fuimos y que nos hubiera gustado ser, pues no en vano el relato endereza los hechos, los enmienda y los sostiene». El mismo Verdugo glosa esta idea, que es central en su poética, en algún momento de la historia: «Es grandioso amar a lo que ya no existe sino en tu imaginación, en tus fantasías, en tus delirios. Es redentor, un acto de fe. Es como la resurrección del que fuiste y ya no eres ni lo serás nunca». O sea, pura ficción o, de nuevo en palabras del protagonista, «El poder sagrado de inventar la realidad».
A eso se añade que, como no hay derecho a réplica y solo escuchamos a una de las partes, la duda de lo que ocurrió está servida. Aun reconociendo la autenticidad y sinceridad de la confesión, que consigue que nos adentremos sin problema en el interior del protagonista como si lo conociéramos de toda la vida, incluso mucho mejor que él mismo, pues toda persona es a veces un misterio para sí, como se comenta en el capítulo XXIV: «Soy lo que viste de mí y yo no. Ahí radica mi mayor verdad».
La novela, pues, discurre como un sentido monólogo en el que un protagonista innominado (tampoco conocemos el nombre de la persona a la que se dirige), en primera persona, recupera y reconstruye, o quizás inventa, no solo una existencia en común, sino un tiempo y un espacio (de nuevo Sevilla) que coinciden con los del autor de estas páginas, siempre interesado en plasmar la vida que le ha tocado vivir, una época trascendental para la historia de España, de manera que, a la vez que nos adentramos en la evolución de la pareja protagonista, que sabemos va a acabar mal desde los inicios, «cuando empezó nuestro sendero al paraíso y también al calvario», nos situamos ante los primeros pasos de la democracia, el golpe de estado del 1981, los movimientos sindicalistas, el devenir de una empresa por dentro, con las fuerzas de oposición entre los mandos y los trabajadores de a pie y la importancia de evitar el individualismo…; todos esos acontecimientos que marcan parte de la narrativa de Verdugo, junto a la familia. Baste recordar La casa de los gatos o incluso los relatos de El loco de la calle, en la que los personajes establecían unos vínculos muy estrechos.
En Redención la familia tiene también su presencia, aunque secundaria. Se habla de la importancia de la figura paterna, pero los hijos del protagonista parecen tener un papel menor, como si el narrador no quisiera analizar su propia función como padre, solo su fracaso en el amor, lo que me lleva a recordar también tu tendencia a mostrarnos a personajes derrotados, como vemos también en La danza de los espejos enfrentados o las dos obras que acabo de mencionar. En Gregorio Verdugo la figura del antihéroe es siempre fuente de inspiración.
Pero, a mí, frente a todo ese elemento histórico en el que quizás se deje traslucir el espíritu del periodista que lo traza, así como su concepto de la literatura en su función social, lo que me interesa es el tono íntimo e intimista del personaje-hombre que se trasluce tras estas páginas, la profundización en sentimientos tan contradictorios como el amor, el deseo, la pasión, la inmadurez (tras la que, creo, se oculta el miedo a la felicidad, más que la culpa), y frases tan poéticas y borgesianas como «He descubierto que el amor sucede en mi vida siempre en el pasado».
Porque en ese cuidado por el lenguaje y la palabra con que traza sus textos no falta la poesía, el buen uso de las comparaciones y las metáforas, las plásticas descripciones que crean una atmósfera propia. Se detecta en Verdugo el afán por encontrar el lugar exacto en el que encaje cada frase, cada sentencia. Y eso, en estos tiempos que corren casi de antiliteratura, siempre es de agradecer.
Redención (Extravertida Editorial, 2025) | Gregorio Verdugo | 188 páginas |19,00 euros