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El poeta en su madurez

JUAN CARLOS SIERRA | Me imagino que la inmensa mayoría de quienes se dedican a escribir, antes de embarcarse en un nuevo libro, se plantea si volver a lo que ya conoce y le funciona -aunque no necesariamente en lo mercantil- o arriesga con algo nuevo, se adentra en un terreno literario más o menos desconocido o, al menos, no experimentado aún.

Juan Carlos Abril (Los Villares, Jaén, 1974) pertenece a esta última estirpe de escritores, la de aquellos que intentan no repetirse, la de quienes no se dejan arrastrar por la pereza. Por eso propone, después de ocho años desde En busca de una pausa (Pre-Textos, 2018), un nuevo poemario, La vida no fue sueño, que de alguna manera revoluciona sus maneras poéticas hasta la fecha. Para empezar, al distribuir la materia poética en tres poemas extensos, rompe con la fórmula más canónica y tradicional de repartir los textos en un poemario. Esta división dota al libro de un registro más narrativo, pero sin desdeñar por ello el lugar literario donde se encuentra, el terreno de lo poético. Como se puede colegir, por tanto, desde el punto de vista arquitectónico más externo, Juan Carlos Abril no se conforma con los lugares comunes ni con las respuestas fáciles, inconformismo que lleva más allá de lo meramente estructural, pues solo con eso no se construye un buen poemario.

Por esta razón, a lo innovador formal añade el poeta villariego una visión también algo novedosa que entiendo que tiene que ver con el paso y el peso de los años: una mirada madura de la vida; la de quien lleva mucho tiempo en la poesía pero no se conforma con la retórica mayoritaria y, al mismo tiempo, la del ser humano que va acumulando a sus espaldas una experiencia vital amplia y no comulga con el discurso social predominante -ramplón, superficial, apresurado,…-. La poesía madura de Juan Carlos Abril en La vida no fue sueño demanda otro ritmo, otra profundidad, sobre todo si el camino recorrido hasta aquí lo impele a intentar dar respuesta a un asunto tan peliagudo como el de la identidad, ese concepto espectral que flota entre el sueño y la vigilia, entre los deseos y la realidad, entre la vida y la poesía.

Esta búsqueda desde la constatación del tiempo ido y del cada vez más breve que queda por delante, este rastreo del yo desde la memoria, que a veces se transmuta en olvido -o se quiere olvido-, esta indagación identitaria desde la dificultad para reconocerse en el espejo, no puede hacerse si no es desde la radical defensa de la realidad de la vida vivida y por vivir. De ahí la pertinencia del título del poemario como antítesis de la obra de Calderón de la Barca La vida es sueño y frente a su significado más profundo. Dice Segismundo en su segundo soliloquio de la obra calderoniana: “… pues estamos/ en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar;/ y la experiencia me enseña/ que el hombre que vive, sueña/ lo que es, hasta despertar…”. Ese despertar es la muerte, paradójicamente, porque la vida auténtica y verdadera solo se alcanza para la mentalidad barroca y católica del s. XVII una vez que se atraviesa la puerta del sepulcro. Sin embargo, la vida para Juan Carlos Abril y para una mentalidad lógica, racional, empírica,… -menos frecuente de lo que se supondría en este siglo XXI-, no es apariencia o sueño, sino realidad real, verdadera, vivida; para bien y para mal, con toda la dicha y con todo el dolor. Este es el punto de partida y el eje del libro que comentamos.

“Converso con el hombre que siempre va conmigo/ -quien habla solo espera hablar a Dios un día-;” escribe Antonio Machado en su ‘Retrato’ de Campos de Castilla (1912). Pues bien, no sé si la aspiración de Juan Carlos Abril, a pesar de lo dicho anteriormente, es la de hablar machadianamente a Dios un día, pero sí creo que queda claro en La vida no fue sueño que el diálogo con uno mismo es imprescindible para alcanzar o, al menos, vislumbrar esa identidad buscada. La alternancia en La vida no fue sueño de una voz poética que se encuentra entre el yo y el tú -ese tú que es yo-, entre el monólogo y el diálogo, actúa en el poemario como estrategia eficaz para no caer en el ‘yoísmo’, en la turra del ombliguismo. Por otra parte, al sentirse el lector más interpelado por ese tú que es yo, accede con más implicación a la problemática planteada por el poemario, a su reconocimiento como actor imprescindible en esta conversación.

Sea como fuere, machadiana o no machadianamente, La vida no fue sueño es un libro profundo, hondo, que trata de explicar una experiencia compleja, entre el dolor y cierta gloria pasando por el ajuste de cuentas íntimo. Para ello el poeta parte de una cita de Francisco Brines que sostiene coherentemente el honesto tono indagatorio del conjunto del libro: “y ha sentido tan fría soledad/ que ha llevado la mano hasta su pecho,/ hacia el hueco profundo de una sombra”. Los recovecos del alma humana que recorre la voz poética, los meandros por donde se expande el poemario son variados, intrincados, alambicados a ratos,… propios de una poesía escrita a corazón abierto, sin trampa ni cartón, sin guardarse nada, desnuda, pero que no se deja caer en la crudeza de la explicitud o del prosaísmo.

El camino está marcado desde el inicio en los tres momentos del recorrido que coherentemente se corresponden con cada uno de los tres extensos poemas en los que se divide La vida no fue sueño, que a su vez se identifican en un hilo narrativo que empieza en un caminar al atardecer en ‘Hacia el olvido’, se prolonga hacia la oscuridad nocturna de la desintegración en ‘Noche del arrepentimiento’ y culmina a modo de salvación poética en el amanecer de la sección final ‘Balanza de sombras’. La introspección es complicada, dolorosa, pero al mismo tiempo luminosa o, más bien, reveladora.

En la última parte del libro, la mencionada ‘Balanza de sombras’ –quizá podría cambiarse ‘balanza’ por ‘balance’, en el sentido económico del término-, llegamos a la gran cuestión de la identidad vía intertextualidad: “no eres lo que te pasa,/ sino lo que haces con lo que te pasa” (Víctor Frankl). También se concluye algo obvio pero que no ha estado tan claro como ahora: “Tú te detienes y la vida sigue”, y se toma una decisión cuando no hay nada tangible en el espejo: “Quise cambiar el mundo/ y ahora sólo espero/ salir de aquí con dignidad”, una dignidad que se halla en la escritura, en la poesía para ser más exactos: “Mi dignidad es la poesía/ entregada a su suerte…”.

La poesía, pues, aparece como tabla de salvación, como clavo ardiendo frente a la desintegración, como vía de optimismo ante una realidad pasada y presente que se desmorona. La poesía es aquí parte integradora de una identidad construida desde la aceptación de la vida tal cual es y ha sido, y que nunca fue sueño. Además hay que añadir que la identidad en La vida no fue sueño no se construye bajo sistema alguno de creencias, sino que lucha “por el derecho propio/ a la autenticidad”, y que al mismo tiempo acepta –casi anhela- su insignificancia, incluso su disolución, lo que recuerda a Juan Manuel Romero en su libro de 2014 Desaparecer.

En cualquier caso, el optimismo de Juan Carlos Abril se impone apuntando a un final luminoso, después de haber tocado el fondo más profundo de un corazón solitario atravesado por la vida vivida: “Las fuentes del amanecer/ donde arde el aire, un manantial/ de alegría…” o “La luz crecerá poco a poco./ La luz del horizonte se hará clara”. Los versos finales cerrarán coherentemente el recorrido propuesto por el poeta en este libro: “Tú de algún modo seguirás tu viaje/ por las sombras, en la niebla/ de la memoria y de la desmemoria,/ y habrás de continuar ese entusiasmo/ que en ti no fue quietud,/ sino tenacidad/ en la contradicción/ entre persona y personaje,/ y que aquí te sostiene en el poema”.

Esa misma luminosidad y optimismo que se halla contenida en la propia escritura de La vida no fue sueño, esa confianza en el hecho poético para pervivir de algún modo frente a la nada que vendrá después de esta vida vivida -que no soñada-, ese ímpetu lírico es el que sitúa a este último poemario de Juan Carlos Abril en un lugar muy destacado no solo dentro del panorama poético español actual, sino también dentro del conjunto de su obra publicada a día de hoy. Sin mucho margen al error, quizá se trate de su mejor libro hasta la fecha.

La vida no fue sueño (Pre-Textos, 2026) | Juan Carlos Abril | 60 páginas | 12 euros.

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