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El prohombre oculto

ILYA U. TOPPER | ¿Hakan Günday? ¿De qué nos suena? Ah, sí: leímos en 2017 su novela Daha, que de alguna forma parecía tratar del fenómeno de la inmigración y los traficantes. De alguna forma, porque Hakan Günday (Rodas, 1976) no tiene mucha intención de tratar un tema en una novela: más bien lo usa de pretexto para lanzar tramas que oscilan entre el absurdo, la parodia y la reflexión filosófica. A veces da la sensación de que sigue una receta para escritores que una vez propuso Arthur C. Clarke: tomar dos ideas dispares, sin relación una con la otra, y empezar a mezclarlas, a ver qué pasa.

Lo que pasa suele ser un pastiche sin sentido, como en el fondo era Daha, obra que se salva, sin embargo, porque la cuarta parte de sus 430 páginas describía cómo un adolescente se convierte en un despiadado dios que juega a su antojo con la humanidad, representada por los inmigrantes encerrados en un sótano (habría sido una gran novela si hubiera prescindido del resto). No se puede decir exactamente lo mismo de Mi nombre es Zamir, la nueva entrega del autor turco. Por una parte es menos pastiche y mantiene cierta coherencia de trama continuada durante sus 400 páginas. Por otra no alcanza a ofrecer una parte central tan impactante, de tanta profundidad de reflexión, como aquella historia del niño dios. Se lee mejor, diría, pero deja menos huella.

Les resumo el argumento: un bebé queda gravemente herido en un atentado de bomba en un campamento de desplazados en Siria, tan gravemente que el médico noruego que le salva la vida no consigue devolverle una cara humana, si bien consigue recuperar sus funciones vitales (respira, come, oye, ve). Como terrible ejemplo de lo que hacen las guerras, el niño sin rostro se convierte en el rostro de una exitosa ONG que recauda fondos para refugiados y desplazados. Hasta que se harta del negocio y empieza a trabajar para una fundación que se ha propuesto acabar con las guerras en el mundo.

Este trabajo consiste en viajar a todo tipo de conflictos y hacer de mediador entre los bandos enfrentados para convencerlos de evitar el derramamiento de sangre. Sin importar si el conflicto político subyacente se resuelve o no. Y empleando cualquier argumento o truco, limpio o sucio. No es una fundación secreta, ni dirige el mundo, pero gracias a su presencia respetada, siempre neutral, siempre dispuesta a tragar con todo dictador con tal de evitar muertes, estos prohombres y promujeres son lo más similar a un gobierno internacional.

La acción del libro (escrito en 2021) se sitúa supuestamente en los últimos días del milenio, pero es obvio que transcurre en un futuro cercano, lo bastante cercano para que estén presentes todos los conflictos políticos y sociales que conocemos; digamos dentro de una década. No llega a ciencia ficción: salvando un invento chino que intenta adquirir importancia hacia el final, un dispositivo aún ultrasecreto que permite invisibilizar a objetos o personas, el mundo es prácticamente como lo conocemos.

Digo que este invento intenta adquirir importancia; no digo que lo consiga, porque a Günday en general no parece importarle que sus tramas sean creíbles. Está claro que escribir le divierte, y con ello divierte al lector: se agradece el tono ligero, casi sarcástico, a menudo rozando la parodia, con el que describe el funcionamiento de las ONG humanitarias o cualquier otra institución. Pero la novela no es, como asegura la contraportada, un intento de denunciar la hipocresía de las ONG: para eso le falta seriedad, credibilidad, foco. El negocio de la caridad es más bien una ambientación para reflexionar sobre dilemas de la ética humana: el propio concepto de la caridad, la manipulación de la ciudadanía por parte de los políticos, la facilidad con la que se crean desde arriba causas revolucionarias del pueblo para encauzar y controlar mejor a los disidentes…

Estas reflexiones se condensan a menudo en subtramas de varias páginas, bien desarrolladas, casi como cuentos cortos, que a ratos son una delicia. Como aquella del dictador africano que fabrica modelos de su propio polla como regalo de máximo honor para sus allegados. O la del porno de karma, en la que una productora berlinesa se dedica a fabricar por encargo películas de sadomaso y violación en la que los oprimidos, o quienes creen serlo, pueden ver hechas realidad sus fantasías respecto a sus verdugos (no, esta no es tan divertida). O la del primer ministro turco que llega al poder gracias a su oficio de famoso ventrílocuo y luego se dedica a dar todos sus discursos políticos a través de sus dos muñecos, afirmando además que él no tiene voz propia y que como político es y debe ser meramente la voz de la nación. Cualquier similitud con políticos de la vida real es…. bueno, me limito a apuntar que en Turquía, por mucho menos hay gente en la cárcel.

El ingenio desplegado en estas narraciones —porque talento no le falta a Günday— compensa en gran medida el punto flaco de la novela: el hecho de que el escritor no es capaz de llevar a un final coherente y bien trenzado las muchas subtramas que va lanzando. No sabremos qué ocurre al final con Chasta, el indio Lakota entrenado, sin él saberlo, por la propia policía para lanzar una revolución armada de indígenas en Norteamérica que permita al Gobierno acabar con ellos. Ni siquiera nos enteraremos quién está en realidad detrás de la guerrilla de turco-alemanes que se ha hecho fuerte en la Selva Negra para resistir mediante atentados al plan del Gobierno alemán de deportar a Turquía a todos los residentes de origen turco.

Por supuesto, Günday no se toma la molestia de trazar con detalle ni en profundidad cómo podría funcionar en la realidad tal iniciativa de «remigración»; el discurso político está ahí, la ultraderecha es fácil que llegue al Gobierno, pues ya hay escenario. En esa despreocupación de utilizar los discursos actuales de la ultraderecha como si fueran realidades políticas, simplemente para ambientar su trama, Günday recuerda un poco a Houellebecq, aunque escribe, eso sí, con más gracia, más sorna, y menos ínfulas que el francés.

En resumen, Mi nombre es Zamir es un libro que usted se puede llevar a la playa, disfrutar durante diez o veinte páginas, cerrar para darse un baño y retomar al día siguiente o el fin de semana siguiente. No se preocupe si con tanta interrupción al llegar al final no entiende el desenlace y no le halla sentido ni encaje en la trama: lo mismo le sucedería si se lo hubiera leído con atención religiosa de una sola sentada. Es más, no pasaría nada siquiera si en un descuido, las olas del mar se le llevasen el libro cuando aún le faltan las últimas 50 páginas. Todo ello no impide que la lectura le pueda deparar no solo buenos ratos sino también material de reflexión para muchos días y muchas conversaciones sobre nuestro destino como humanidad política. Es un libro del que uno no se arrepiente de haberlo leído.

Lo que depara menos buenos ratos es la calidad de la traducción al español. A ratos me temía estar ante un engendro de la llamada inteligencia hartificial (la H es para indicar hartazgo de la susodicha), pero no lo es: hay demasiadas erratas que solo pueden proceder de dedos humanos. Aparte de continuas incoherencias sobre todo en la transcripción de nombres —la misma ciudad es a ratos Bujará y Bukhara, Friburgo y Freiburg, Belén y Beytüllahim— pero también en la traducción de la organización protagonista: la First World Peace Foundation (así en el original turco), que aparece ora como Primera Fundación Mundial por la Paz, ora como Fundación por la Paz en el Primer Mundo (aunque la ambigüedad del inglés seguramente sea un guiño del autor, la segunda interpretación es un sinsentido en el contexto). Y por supuesto, la niña que Zamir halla muerta en el desierto del Gobi es un niño en media docena de menciones anteriores. El turco no tiene género, no se puede saber al traducir, pero una vez llegado a la escena en la que el original lo aclara, se puede corregir el texto previo.

Habrá quien diga que aquí se nota la clamorosa ausencia del oficio de corrector, y no voy a ser quien lo contradiga, aunque la inmensa mayoría de estos errores y erratas los podría haber corregido el propio traductor simplemente releyendo su texto, una vez terminado. ¿No lo hizo porque se le echó encima la fecha límite de entrega? Mal. ¿O quizás lo hizo pero por error enviara a la editorial el borrador sin corregir? Porque esto es: un borrador sin corregir. Mal, en ambos casos, por la editorial, que no le dedicó ni un solo vistazo antes de pasarlo a imprenta. La novela de Hakan Günday no será la mejor obra turca de la década, pero algo más de cuidado y cariño habría merecido. Y de paso, habría merecido un título mejor que el anglificante «Mi nombre es Zamir»: en español se dice «Me llamo Zamir», aunque en realidad no veo razón para modificar el título original, que era simplemente Zamir. Es curioso que el único motivo que se me ocurre es una forzada alusión a una novela de Orhan Pamuk, que, gracias al buen hacer del traductor, Rafael Carpintero, se titula «Me llamo Rojo», si bien en ciertos textos hartificiales en internet aparece a veces como «Mi nombre es Rojo». En fin, puestos a inventar, se habría podido titular esta obra «Mi pronombre es Zamir». Que no solo habría quedado de lo más moderno, sino además profundamente cierto: Zamir significa pronombre. También significa oculto. Algo tan oculto como la verdadera cara de Zamir.

Mi nombre es Zamir (Bunker Books, 2025) |  Hakan Günday | Traducción de Suleyman Mato | 396 págs. | 20,90 €

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