
REYES GARCÍA-DONCEL | «Todos podemos ser escultores de nuestro cerebro, si nos lo proponemos», escribió Santiago Ramón y Cajal. Esta frase, voluntariosa y optimista, podría servir como hilo conductor para recorrer El puente donde habitan las mariposas, la nueva obra de la Física Teórica y Doctora en Neurociencia Nazareth Castellanos, donde propone una fusión entre la biología, en concreto la neurociencia, y la filosofía, que proporcione una visión más holística de la existencia humana: «Abogo por una ciencia que se permita filosofar».
Partiendo del texto de Martin Heidegger Construir, habitar, pensar—escrito en 1951 con objeto de definir la reconstrucción de Alemania tras la guerra, y donde el filósofo reflexiona sobre el sentido existencial de una casa—, la autora extrapola esas tres ideas a la idiosincrasia del ser humano, a los procesos biológicos y neuronales que configuran nuestra identidad: «Somos según nos construimos y eso nos incita a sabernos seres moldeables en constante proceso de aprendizaje». Así como los pueblos se reconstruyen tras una guerra, también el cerebro puede reinventarse tras las vivencias, incluso siendo traumáticas. Porque, nos recalca insistentemente, el cerebro es un órgano plástico, moldeable por la experiencia, la intención y, sobre todo, la voluntad. Cada respiración, cada emoción y cada pensamiento dejan huellas anatómicas y funcionales en el sistema nervioso. La respiración ocupa, de hecho, un lugar central en el libro. Respirar no solo cumple la función fisiológica de oxigenar el organismo, también modifica la actividad cerebral, las emociones y nos ayuda a reconectar con nosotros mismos. Y para cuidar la mente, igual que cuidamos el cuerpo, se nos proponen diferentes técnicas y prácticas respiratorias porque: «Una respiración a la deriva es una mente a la deriva».
El libro aborda temas muy interesantes: la herencia transgeneracional epigenética de los traumas: «Así como hemos heredado el miedo, el dolor y las lágrimas, también está en nuestra biología la resiliencia y el crecimiento»; los beneficios del baile; los cambios que produce en el cerebro la meditación; el valor de la ternura: «más importante que la inteligencia»; las consecuencias cerebrales del tono que empleamos en nuestro diálogo interior: «Existe un narrador que llevamos dentro, cuya narrativa se traduce en la química del cuerpo»; el pensamiento rumiante; la importancia de los nietos para envejecer mejor, y de los abuelos para el crecimiento de los nietos; la sincronización de corazones y cerebros en una familia o grupo de amigos: «Coordinación fisiológica, campo de estudio de la neurociencia que indaga la conexión entre los órganos de diferentes personas»… combinando en sus explicaciones el rigor científico —sin exigir conocimientos previos a la lectora— con una prosa cercana, accesible y, en algunas ocasiones, poética.
En esa intención de aunar ciencia y humanismo, la autora incorpora poesías que ya intuían, desde la metáfora y la emoción, lo que la neurociencia empieza hoy a demostrar —«En el eco de mis muertes, aún hay miedo» A. Pizarnik—, y retoma un sugerente término acuñado por el filósofo Baruch Spinoza en el siglo XVII: Biosofía o sabiduría a partir de la Biología. Meritorio intento, pues todos los estudiosos de ciencias sabemos las implicaciones filosóficas que subyacen en cualquier teoría científica. No obstante, aunque la propuesta resulta ambiciosa y estimulante, algunas ideas quedan esbozadas sin un desarrollo en profundidad, solo con la referencia a proyectos de investigación actuales en diferentes universidades, pero no con los ensayos clínicos necesarios para validarlos, dejando por tanto a la lectora con la sensación de que ciertos puentes entre ambas disciplinas quedan a medio construir. Pero el mérito del libro no está tanto en ofrecer respuestas cerradas —que esperemos el tiempo sepa proporcionar—, sino en abrir caminos, en recordarnos que la comprensión del ser humano requiere de todas las miradas posibles porque, como aparece en la cita de Rob Riemen: «Ser humano es un arte. No es una ciencia. (…) Un arte que cada individuo —con todos los deseos, incertidumbres, dudas, miedos y derrotas que son inherentes a nuestra existencia— debe dominar».
En El puente donde habitan las mariposas Nazareth Castellanos defiende una ciencia que busque comprender al ser humano en toda su complejidad, nos anuncia que el conocimiento del cerebro aplicado a nuestra conducta es un faro para cualquier disciplina, o persona, que persiga el crecimiento personal. Y además realiza un gran homenaje a Santiago Ramón y Cajal, memorable padre de la neurociencia.
El puente donde habitan las mariposas (Siruela, 2025) | Nazareth Castellanos | 280 páginas | 20,8 €
Una reseña muy certera para un libro imprescindible en la salud mental de esta sociedad que no va en apnea.