
RAFAEL ROBLAS CARIDE | Vivimos en la era de lo inmediato, prendidos a la tiranía del aquí y el ahora. Por eso, y también porque nos hemos convertido en esclavos de la superficialidad, cada vez resultamos más impermeables a cuestiones trascendentes que nos incomodan y aturden. ¿Quiénes somos? ¿Por qué existimos? ¿Hacia dónde vamos? Entendida de una manera muy particular y parafraseando a Celaya, la poesía puede entonces usarse como un arma que nos sirva para responder a estos interrogantes –y a algunos más– que el hombre contemporáneo evita para no complicarse la vida. Así parece entenderlo Carmelo Guillén Acosta, cuya trayectoria creadora se caracteriza por orientarse hacia un camino espiritual ascendente –casi místico– en el que el Dios cristiano de la Biblia se subraya como meta. De este modo, sus poemarios no solo sirven de bastón cómplice al lector, sino que también actúan como autoconocimiento de su propia fe y como ahondamiento de su religiosidad más íntima.
Hace ya algunos años dejé escrito que “la palabra poesía, en Carmelo, es siempre sinónimo de amistad”. De desprendida amistad. Ahora, que llega hasta mis manos su último libro, no puedo sino reafirmarme en ello, ya que Lo entenderás más tarde es un nuevo regalo que el poeta nos hace para afianzarse en sus entregas anteriores: la vida es, pese a todo, un claro pretexto para dar gracias por existir rodeado de tanta maravilla. Porque, para Guillén Acosta, el simple respirar es un acto que el hombre debe agradecer a Dios (ese Amigo absoluto), responsable último de todo el universo. Gracias a su generosidad y a su amor existen el cielo y las aguas de los ríos. Los árboles y las aves. Nuestra existencia, en suma, como una valiosa herencia. Así se explicita, por ejemplo, en este “Todo es mío” que no por casualidad se le dedica a San Juan de la Cruz:
No solo Aquel que es sobre toda la tierra,
también claman mi nombre los astros y los ángeles,
también los ríos sacian mi sed de eternidad,
también el Sol me lleva de su mano a la vida,
no solo Aquel que es sobre toda la tierra.
Es todo el universo, que no cesa de amarme:
Dios providente; luego mi madre intercediendo
sin tregua; las distintas circunstancias vividas;
el tiempo transcurrido; mucho más mis defectos,
que tanto hablan de mí y anuncian mi llegada:
– “Mirad, ese que veis –puede oírse en el aire,
y el eco lo repite– es el dueño absoluto
de este mundo, creado para él de la nada;
para él se creó y cuanto existe es suyo
en Cristo vivo. Aquel se lo dio en heredad”.
Y en este sentido trascendente se proyecta la voz poética contenida en esta primera parte de las dos en que se divide el breve poemario (treinta y dos composiciones en total), con un yo exultante que celebra ese privilegio que le concede la divinidad y que comparte con cada uno de nosotros. Así, apoyándose sobre la inconfundible musicalidad del endecasílabo y del alejandrino blanco –marca de la casa–, abundando en paralelismos y reiteraciones, como un regato suave va fluyendo el poemario, con estudiado prosaísmo a veces, como un inesperado diálogo que se entablara –ora con la divinidad, ora con el lector– para llegar siempre al mismo punto: a la alegría por sentirse hijo de Dios (“…y yo, como ese hijo que sabe con quién anda, / vivo la enorme dicha de endiosarme a su gusto, / sin que cesen mis labios de invocarlo: Abba, Padre”).
No obstante, el poeta no cae en la trampa y tampoco es tan iluso que se deje lastrar por un falso optimismo que niegue la realidad. Como en anteriores obras, el dolor también forma parte de la heredad, pues, como también ya escribimos, “sin dolor no hay salvación y, sin ella, [no existe la] gracia”, constituyendo este, junto al amor, el haz y el envés del equilibrio que sostiene al mundo. De ahí ese impresionante final del poema “Armonía” que, recuperando versos de José Hierro, concluye mansamente con la aceptación del suplicio, quizás al modo en que Jesucristo abrazara su cruz penitente a los pies de la torre Antonia hace veinte siglos largos.
¿Quién es sin su dolor? Sé, que, en mi caso,
lo asumo en plenitud, pues solo aquel
que siente el borboteo de la herida
sangrando sin cesar tiene por cierto
que está vivo y que sana, el dolor sana,
y sana como un buen samaritano
del amargo fragor de la tristeza
Respecto a la segunda parte de Lo entenderás más tarde, habremos de entenderla como una suerte de apertura del yo hacia el vosotros. Así el poeta, se distancia un tanto de sí mismo para explorar fuera, en el prójimo, ahondando en diversos aspectos concomitantes a la religiosidad y adoptando un tono muy cercano a la oración. Muy original –por lo que atañe a las costumbres sevillanas semanasanteras– resulta el primer poema de este segundo apartado, “Fe y oración”, que constituye una plegaria a Dios en torno al acto de besapié con que muchas cofradías honran a sus Titulares durante la cuaresma (“…Y si han venido aquí, y no cesan de hacerte / fotos con el smarphone, no paran de lanzarte / piropos exaltados, no saben conectar / contigo de otra forma, es porque tienen fe / en ti: en tu gran poder”). Igualmente, también destaca como proto-oración “Cada uno llega a Dios como sabe”, pieza donde el poeta, tras recorrer las distintas posibilidades “del otro que no soy yo” identificado en el “médico”, en el “famoso” o en la “novicia”, concluye humildemente mirándose al espejo y entregándose a la voluntad de Dios mismo: “De mí no puedo hablar. En sus manos estoy. / Confío plenamente en su misericordia”. Y nuevamente el dolor –en “Teoría del dolor total”, en “El don de las lágrimas o en “Aprender a llorar”–, porque, como bien anuncia Guillén, “Aprender a llorar es lección conveniente, / con los más vulnerables, con quienes nos evitan, / con cuantos no se han visto en otra igual y arrastran / el peso del dolor como lo irremediable”.
Aunque, sin lugar a dudas, el cenit de este segundo apartado lo constituye la penúltima composición del libro, la que, intitulada “Promesa”, se instituye como testamento vital de un poeta que se dirige de nuevo a una pluralidad genérica. Al numeroso vosotros que componen los amigos –“de amigos ando bien”–, y sobre los que fluctúa esencialmente no solo su Poética, sino su propio proyecto vital: Dios y el prójimo –del latino próximo– para entender el sentido de la creación y para encontrar las respuestas a todas las preguntas existenciales. Una promesa, en fin, con un cierto regusto de triste despedida, aunque –tratándose de Carmelo no podría entenderse de otra manera– contrapesada por la esperanza. Por ese optimismo que la fe en la resurrección de la carne ofrece al cristiano.
A cuantos sé que siempre he tenido a mi vera
–y nunca cuestioné que la vida iba en serio–,
os prometo de entrada que seguiréis conmigo
allí donde repose, aunque sea transformado
en tierra, en humo, en polvo o en un cuerpo glorioso.
A cuantos sé que siempre he tenido a mi vera,
me bastará añadir un sencillo “¡hasta luego!”,
aunque dé la impresión de que aquí acaba todo.
Lo entenderás más tarde finaliza con el postrer poema, “De arte amatoria”, que no es sino otro canto de amor a Dios y una nueva ocasión de arrodillarse como hijo ante su voluntad, para que “…cuando parta / a ese lugar eterno donde ya vea tu rostro, / lleve conmigo todo lo que nunca he dejado / de amar, entre otras cosas, porque en ellas te amé…”. Termino la lectura de tan tierna composición y cierro el liviano volumen. En el aire de la casa queda preso el eco –como un extraño milagro lírico– de la rotunda voz de Carmelo salmodiando. Siempre pasa que su verso nos ensarta y se queda con nosotros a vivir en el alma. Como una profana oración que nos despeja y alivia en momentos de dificultad. Como una prolongación de su fe y de su creencia en lo inmanente. Es su regalo. El regalo de un amigo que nos ama y deja siempre lo mejor de sí mismo. Y nos acerca a Dios tras haberlo palpado –casi– con sus manos. Aunque muchas veces lo ignoremos. O lo entendamos mucho, mucho, más tarde.
Lo entenderás más tarde (Cypress, 2025) | Carmelo Guillén Acosta | 50 páginas | 12 euros.