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El verano con Muñoz Molina

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ VÁZQUEZ | La prosa de Antonio Muñoz Molina no deja nunca indiferente. Y por supuesto no hemos escogido la palabra prosa al azar. La vinculación genérica de la última obra del académico jiennense, El verano de Cervantes, se escapa a una rápida etiquetación poco clarificadora. El lector podría pensar que se encontraría con unas memorias más o menos autobiográficas con el eje vertebrador de la obra de Cervantes, que se enfrentaría a unos recuerdos bien llevados e hilados de los veranos de infancia y juventud en la Úbeda natal de Muñoz Molina.

Sin embargo, el libro se revela como una lectura muy personal de la obra cervantina que nos transporta como lectores a esa misma lectura de El Quijote de Miguel de Cervantes. La pregunta surge de inmediato: ¿es necesario haber leído el texto cervantino para enfrentarse al texto del Muñoz Molina? O en su caso, cabe otra pregunta: ¿se lee igual a Cervantes después de haber leído el texto del autor andaluz?

A lo largo de todas las páginas del libro se siente y se percibe el profundo amor y respeto que Antonio Muñoz Molina ha mantenido a lo largo de los años por la obra de Miguel de Cervantes. Así nos encontramos desde esa lectura relatada, porque no sabemos si ficcionaliza esos recuerdos infantiles de la lectura, en los altos de la vieja casa familiar hasta la lectura madura del presente del lector atento, paciente, anotador en cuadernos y sereno que no solo lee el texto, sino que interpreta el texto, que apunta el texto.

En este sentido, la obra se convierte en un rico ensayo, en un acompañamiento de la obra cumbre de la literatura española y a este lector solo le cabe coger su ejemplar de Cervantes, uno de los que cita el propio Muñoz Molina, y establecer un diálogo ficticio en torno a los pasajes comentados.  Y esa es una de las preguntas que requerían nuestra respuesta acerca de la necesidad de haber leído a Cervantes para leer a Muñoz Molina. Evidentemente la respuesta es negativa, todo texto debe abrirse y cerrarse en sí mismo, aunque las referencias lo enriquezcan. Sin embargo, sin la lectura previa de las aventuras desafortunadas del infeliz héroe manchego el texto de Muñoz Molina se disfruta menos, pues la compresión de aquellos capítulos o fragmentos glosados nunca será la misma que si se conoce el texto original.

Por otro lado, sería simplificar El verano de Cervantes a un mero ensayo literario. Y Muñoz Molina con su texto, publicado en una editorial comercial y novelesca, pretende más que una interpretación personal sobre el texto de Miguel de Cervantes. El lector ya ha descubierto que no está en una novela. Sin embargo, el texto de Muñoz Molina le sigue atrapando. Como siempre, la prosa ágil y fluida, con una perfecta construcción sintáctica y semántica fluye entre las páginas que se leen ávidas. Pero también encontramos una reflexión sobre el mismo hecho de la literatura en su doble vertiente de lectura y escritura y sobre el poder de la imaginación. Es un intento de explicar por qué se lee, por qué no apartamos de nosotros las páginas de Muñoz Molina y tampoco de Cervantes.

La lectura del texto cervantino es universal y así lo comprueba el autor con referencias a reconocibles escritores que lo han leído en todas las lenguas como Tomas Mann, Herman Melville o Balzac entre los muchos citados. La importancia radica en la creación de un mundo que es más tangible que la propia realidad. El lector debe dejarse seducir por la novela, por el texto y entrar en él. Debe aceptar el juego y el engaño para entender el texto, para disfrutar el texto, aunque no siempre sea un texto de gozo como ocurre de manera clara en los textos de Faulkner que cita Muñoz Molina. Al lector ante la lectura solo le cabe acatar lo escrito. Por supuesto, este acatamiento no es obligatorio y el lector siempre tiene abierta la puerta de la renuncia al texto, una renuncia que siempre fue bien alabada por otro gran inventor de mundos como sería Jorge Luis Borges.

El texto de Muñoz Molina no solo es una interpretación en torno a la obra cervantina con la que podremos estar de acuerdo o no. Es una reflexión sobre el hecho novelesco, sobre lo que significa escribir novelas y también leer novelas, un género que se basa en la ficcionalidad y fue rechazado por los ilustrados dieciochescos por su banalidad y termina atrapando a sus lectores. La novelística tardaría en convertirse en el género que daría, años después, a Cervantes reconocimiento y culto, quien fue abriendo con su héroe castellano puertas al futuro del género triunfante en la actualidad.

Y esa ficción novelística también está presente en el ensayo-ficción de Muñoz Molina. A lo largo del texto, se intercalan etapas de su relación, a lo largo de su vida, con el texto cervantino. Son momentos que el lector debe tomar como ciertos, porque toda la reflexión sobre El Quijote y sobre la literatura son ciertas, son opiniones que podemos compartir en muchos casos con el propio autor y que no admitimos como propias del campo de la ficción. Por la ficcionalidad novelesca aceptamos sin dudar (aunque puede ser una argucia literaria) que su máquina de escribir ocupara el mismo espacio que el cuarto de su hijo recién nacido o que llevara un ejemplar de la novela cervantina en los pantalones de trabajo durante el servicio militar en el País Vasco que ya noveló en las «memorias» de Ardor guerrero. El nuevo texto de Muñoz Molina, como ha hecho en otros muchos escritos, nos enfrenta con la realidad y la ficción, la certeza y la duda que es el camino ineludible de la novela, de la gran novela.

Y nos quedaba en el aire la pregunta sobre la lectura cervantina después de leer el ensayo narrativo de Muñoz Molina. Y esta es todavía una pregunta sin respuesta. Lo cierto es que mi ejemplar de El Quijote no ha vuelto todavía a su anaquel.

José María Vázquez Fernández es la firma invitada hoy en Estado Crítico y Profesor de Literatura en la Universidad Pablo de Olavide.

El verano de Cervantes (Seix-Barral, 2025) | Antonio Muñoz Molina | 448 páginas | 22,90 euros

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