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En el país de los puros…, el corrupto es el rey

ELENA MARQUÉS | El que nace periodista no puede evitar ejercer como tal. Y, aunque estamos acostumbrados a denostar la profesión en aquellos que prefieren mantenernos desinformados o caen descaradamente en los vicios de la polarización y/o la autocensura (hay tantas justificaciones como culos que salvar), aún hay quien se la toma en serio y se desvive por mostrarnos la realidad más cruda, ya sea a través de un reportaje o de un género de ficción.

Porque denunciar a través de una novela puede ser incluso más efectivo que hacerlo por cualquier otro medio, ya que permite ahondar de una manera mucho más profunda retratando seres con nombre y vida propios y no masas en las que se diluye la humanidad.

Es lo que hace la francesa de origen turco Kenizé Mourad con su última novela, En el país de los puros: desmigar ante nuestros ojos la auténtica Pakistán, descubrirnos sus llagas desde su independencia de Gran Bretaña a mediados del siglo XX, con especial incidencia en zonas fronterizas donde la ruptura provoca verdaderas catástrofes, hasta la actualidad.

Y lo hace a través de un viaje prolongado por distintas provincias y los diferentes grupos sociales en la figura de lo que parece un trasunto de ella misma, una joven periodista francesa llamada Anne Le Guennec encargada en principio de escribir sobre la amenaza terrorista que se cierne sobre el armamento atómico del país. Desde ese cometido inicial que la conduce a otros problemas no menores y dignos de investigación y denuncia nos desvela una sociedad dividida en la que, aunque suene a tópico, las clases elevadas gozan de todos los privilegios económicos, educativos y culturales (con una fiesta a la que no le falta un perejil se inicia la narración) frente a los parias de la tierra, abandonados por una Administración corrupta y, por ello, en muchos casos, atraídos por los grupos religiosos extremistas.

En medio de ese mundo en conflicto, que Mourad analiza pormenorizadamente, aportando datos históricos y cifras en favor de la objetividad necesaria para este tipo de literatura testimonial, la reportera francesa ha de moverse (aunque no siempre lo hace) con cautela, con las desventajas de ser una mujer en un país donde no todas las mujeres gozan de libertad y el beneficio de su arrojo, más los contactos que se procura, que consiguen introducirla en todos los ámbitos que ella quiere mostrarnos.

He de confesar que en ocasiones me ha fallado la parte ficcional, en el sentido de que la presencia de esa fantástica pareja de Anne en su país de origen y su «aventura» amorosa me han resultado un poco insulsas y no aportan gran cosa a la historia. De igual manera (pero es una cuestión mía, al encontrarme en una etapa poco entusiasta de mi aburrida existencia), el apasionamiento de activistas, casi todas mujeres, su fuerza sobrehumana para sobreponerse a las dificultades, resultan en ocasiones inverosímiles. Aparte de ello, la sarta de causalidades que le salen al paso para poder acudir a todos los focos de interés no le he visto ni en las mejores novelas bizantinas. Pero, claro, es esa cadena de contactos la que la conducen de un conflicto a otro y le permite elaborar un vívido tapiz en el que la tejedora se muestra siempre del lado de los oprimidos, además de pergeñarnos un personaje sensible que consigue en el lector la empatía necesaria para eliminar los posibles prejuicios que hasta ahora mantuviera hacia el país vecino de Afganistán, Irán, China e India.

El punto fuerte, como digo, es el fiel retrato de una sociedad compleja, con sus luces y sus sombras, con una naturaleza áspera y condicionante y un elemento político al margen de los verdaderos problemas del día a día. El análisis que consigue es muy completo y necesario, pues nada peor que una burda simplificación si queremos conocer culturas que, además, distan mucho de la nuestra y reducimos sus manifestaciones a meros estereotipos; en el caso de los países islámicos, con la religión, la intransigencia, la desigualdad, la misoginia y la violencia como inevitable telón de fondo.

Por otra parte, la naturalidad de su estilo nos conducen con facilidad a través de todo el texto, con plásticas descripciones del entorno, de las ciudades, de los vestidos que evidencian el crisol de culturas y costumbres, y con una gran cercanía en pos de sus objetivos que no son otros sino mostrarnos la falta de libertad en una vida absorbida por el miedo, sabiendo que cualquiera que trabaje por mejorar las condiciones del pueblo seguramente sufra unas terribles consecuencias; en un contexto en el que leyes y tradiciones pueden servir como escudos para cometer las mayores aberraciones; y, sobre todo, haciendo hincapié en los obstáculos múltiples, externos e internos, para el progreso en ese país de los puros en el que el corrupto es el rey.

En el país de los puros (MSur Libros, 2025) | Kenizé Mourad | 334 páginas | 18,95 euros | Traducción de Ilya U. Topper

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