
ILYA U. TOPPER | Corre el año 1910 y Pablo Picasso anda por Biarritz. A menudo en compañía de su amiga Ana Camacho, Anita para los artistas de su círculo, guatemalteca hija de un gaditano emigrante. Es una belleza, y la dibuja un par de veces. No solo a ella, también a su hija, que entonces tiene trece años. Pero Anita no le compra el cuadro porque «no le encontraba un gran parecido», según cuenta la tradición familiar. No sorprende: Picasso acaba de entrar de lleno en su fase cubista, y todo parecido entre las modelos del pintor y las obras que hoy podemos localizar en la sección del catálogo correspondiente será fruto de la casualidad.
No sabemos, por lo tanto, si la niña a esa edad ya prometía la extraordinaria belleza que nos muestran posteriores fotografías suyas, con permiso del photoshop de la época. Pero sí podemos suponer que María Concepción Ramírez de Villa Urrutia y Camacho, Conchita para los amigos, tenía desde pequeña esos ojos de azul turbio que, según la literatura, legó a su hijo Gioacchino. Nacida en 1897 en Constantinopla —Estambul para los amigos—, donde su padre, Wenceslao Ramírez de Villa Urrutia, más tarde ministro de Estado bajo Alfonso XIII, era entonces embajador de España, Conchita se acabó casando con Fabrizio Lanza Branciforte Ruffo, conde de Mazzarino y de Assaro, antigua nobleza de Sicilia.
En la foto que publicaba la prensa italiana el día de su muerte, en mayo de 2023, Gioacchino Lanza Branciforte Ramírez, nacido en Roma en 1934 y educado en Sicilia a partir de los diez años, tiene aún esos ojos, gli occhi azzurro-torbido, gli occhi di sua madre. La frase describe en realidad a Tancredi Falconeri, sobrino de Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, el protagonista del Gattopardo. Sería equívoco, dicen los entendidos, asumir que el personaje de Tancredi esté inspirado en Gioacchino Lanza, salvo el color de los ojos, pero es un hecho que Gioacchino hizo de alguna forma de sobrino para Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que le llevaba 38 años y era un lejano primo de su padre, Fabrizio. También lo es que Tomasi di Lampedusa escribió El Gatopardo hacia 1956 —poco más de un año antes de morir— en la misma época en la que el joven Gioacchino, de 22 años, frecuentaba su casa, le traía lecturas y le escuchaba leer fragmentos del manuscrito. La relación fue estrecha: Lampedusa acabó nombrando hijo adoptivo a su casi sobrino, y este añadió el apellido del escritor al suyo (quitándose títulos nobiliarios de en medio): ya para siempre sería Gioacchino Lanza Tomasi.
Todo esto lo sabemos porque Gioacchino, Gioitto para Lampedusa, lo cuenta en un libro breve y delicioso: Lampedusa y España. El título puede llevar ligeramente a engaño, porque el viejo escritor, viajero empedernido por Europa e incansable lector, nunca pisó España. Tampoco hablaba castellano, y eso que el largo pasado dinástico de las Dos Sicilias ha dejado un amplio sustrato español en la isla. No carece de cierta ironía que solo en sus últimos años de vida Lampedusa descubriera el idioma y la literatura española, por el algo tortuoso camino del hijo de una constantinopolitana educada en Inglaterra. Pero Gioacchino tenía acceso a la biblioteca de su madre, y se lo leyeron todo aquel año: desde Tirso de Molina hasta Lorca.
El acercamiento de Lampedusa a la literatura española, incluidos apuntes de diccionario para entender el vocabulario, es la columna vertebral de este libro, o quizás cabría decir el pretexto, porque viene entreverado con docenas de anécdotas familiares y las opiniones del escritor sobre numerosas obras literarias, desde Byron a Merimée y Virginia Woolf, pero también políticas, como la de Gramsci o la Pasionaria. En conjunto traza un perfil personal del autor del Gatopardo y su entorno familiar, que también permite cierta panorámica de la Italia de la época. Lo redondean unas cuantas fotografías del archivo personal. No es una biografía, en resumen, pero un excelente hors- d’oeuvre para quien no quiera deglutir un volumen biográfico cuantioso, o quien prefiera hacer boca antes de decidirse, un antipasto, aunque me gusta más el término francés amuse-gueule.
Los libros son como el jamón ibérico: si fino, dos veces bueno. Pero no nos habría importado que el epílogo de Alejandro Luque tuviera un corte más grueso (el prólogo, como casi todos los prólogos, ganaría en brevedad y sustancia si una muy necesaria ley penalizara citar párrafos de la obra prologada), porque la muy escueta palabra «edición de» en la portada y mancheta del libro no hace justicia al proceso de creación y composición de este libro a lo largo de los últimos años de vida de Lanza Tomasi. Las «varias estancias en la via Butera a lo largo de dos años» que cita Luque en el epílogo suman, nos consta, meses, que se traducen en cientos de horas no de edición de un texto escrito sino de la tarea de dar forma a un volumen compuesto de memorias narradas, recuerdos frágiles, apuntes conservados, búsqueda de archivos. Un trabajo de creación que no es autoría pero tampoco se puede equiparar a la tarea de modernizar la ortografía de Cervantes, añadiendo las notas correspondientes, para una edición de Cátedra. Y por supuesto, narrar un poco más de este proceso nos habría acercado, sin duda, también la figura de Gioacchino Lanza, el acercador de Giuseppe Tomasi. ¿Tenía realmente los ojos azules turbios? ¿Y podemos hallar un parecido entre los dibujos de Picasso y Anita Camacho?
O tal vez Luque haya preferido dejarse en el tintero todo lo que puede contar para hacerlo en otro momento con propiedad, ofrecernos un making of en condiciones. No sé si hablaron de ello, no sé si está entre sus apuntes, pero ojalá, Gioacchino Lanza le haya confiado en algún momento qué exactamente es un gatopardo. Porque en eso siguen porfiando los entendidos: según los biólogos, el gatopardo es, aparte del ocelote americano, el serval africano, un felino solo un poco más grande que un recio gato montés. No es exactamente un animal para el blasón de un príncipe y se han escrito tesis sobre una supuesta ironía del autor en reducir al leopardo del emblema de los Lampedusa a un gato menor, tesis refutadas por otros, que no hallan ironía alguna en la obra y aseguran que en siciliano, gattopardo siempre ha significado leopardo. Es curioso: la Real Academia deriva el término español gatopardo del italiano, pero en italiano, la palabra pardo (del latín pardus: leopardo) ya ha desaparecido de los diccionarios. Quizás, hoy solo en Sicilia, como en España, todos los gatos sean pardos.
Lampedusa y España (Acantilado, 2025) | Gioacchino Lanza Tomasi | Edición de Alejandro Luque | Traducción de Andrés Barba | 112 páginas | 12 €