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En nada, en sombra, el polvo, en humo, en tierra

ELENA MARQUÉS | «En esencia, en Éter no hay término, ni origen; solo, destino». Imagino que estas palabras que ponen el colofón a la contracubierta del último libro de Demetrio Fernández Muñoz en Apeadero de Aforistas corresponden al editor de la colección, aunque bien podrían adoptarse como eslogan publicitario para un film futurista. Al fin y al cabo, lo que emprendemos con su lectura es un viaje que oscila entre el pasado clásico y la eternidad del amor en sus distintas facetas. Que parte del caos («Acosmia») para arribar al orden («Sphairos»). Un viaje en el que el juego lingüístico adquiere una importancia estructural y estructurante del mismo modo que la progresiva cohesión de la sintaxis (de la palabra-verso del principio a los endecasílabos con que concluye) es reflejo de esa evolución de la nada al todo, de la aversión que derriba «las puertas del amor» a la fuerza que actúa como «vórtice mullido contra el odio».

Dividido en seis secciones, dos poéticas que encierran cuatro aforísticas, Fernández Muñoz demuestra su dominio de ambos géneros, así como la fortaleza de las construcciones que erige. Si en «Acosmia» define un mundo confuso con imágenes paradójicas de gran fuerza («una voz / deflagrando / en el silencio», «un piélago sediento», «un negro amanecer / resplandeciente»), y un ritmo y una rima que acentúan el movimiento de los, desde la tradición presocrática, cuatro elementos de la naturaleza, estos terminarán por desarrollarse en las cuatro secciones centrales: «Vía aérea» (aire), «A puerto» (agua), «Entre antorchas» (fuego) y «Del fruto» (tierra). En todas ellas es el amor el origen y el término (aquí, contradiciendo el frontispicio de esta reseña). Un amor que formalmente se viste de la humildad de la minúscula, como si los aforismos se iniciaran in media res; la aliteración («ráfagas de paz dispara toda alma», «záfate de tu timón atormentándolo»); la paranomasia («antes calzar que alzar el vuelo»); el símil («racheado, como concepto sin lenguaje») o el oxímoron («el cielo es un desierto de agua, un océano de sed»). En esos breves aforismos que parecen apenas un esbozo laten pequeñas perlas de sabiduría y vivencia, hermosas definiciones («aliento en la niebla, así humea la verdad», «siroco en las venas: ser adolescente»), incluso leves soplos de crítica social («es un gas terrenal el que hincha a una tribu»).

«A puerto», la segunda de las secciones, dedicada a la amistad, representada en el agua que refresca y hace crecer, que mana en forma de lluvia, es también rica en figuras poéticas («maciza, porque nuestra amistad fluye»), y de ella emana una gran sensualidad, en el sentido de que se enseñorean de los aforismos que la componen oído, tacto, olor, gusto y vista («danza la ola lo que le canta el viento», «ojos de poeta, alas de buceo»), así como un saber ancestral al glosar algún dicho popular antiguo («concienciarse de que quienes se mojan te aman»). De hecho, la tercera parte, dedicada al amor erótico (al fuego «Entre antorchas», como no puede ser de otra manera), se abre con un aforismo muy oportuno de Ricardo Virtanen: «El amor implica una jauría para los sentidos, o no es». En ese amor pasión el tono se eleva y los elementos se mezclan como si el cuerpo, que es aire, agua, fuego y tierra a la vez, se enseñoreara de las páginas. Más que en otros apartados se representa la dualidad, florecen el «tú» y el «nosotros» («personalmente, prendo el plural si te conjugo», «Leteo, río contra el que, entre rescoldos, remar unidos»), y se acentúa el juego verbal en una particular anadiplosis de sílabas que van enlazando los distintos aforismos quizás para expresar esa mayor unión entre los amantes en llamas. Un vínculo que concluye con un último pensamiento significativo, admirable y poético («milagro: en nuestra hoguera, un denso olor a mar») para dar paso a la calma del amor familiar (storge), esa afición más terrena y fértil que se desarrolla en términos de campos semánticos relacionados con el suelo que pisamos («brazos de mar sembrando en nuestro mapa») y que se traduce en el uso de una anadiplosis real («destierra aquella luz que no fermente sombras / sombras, o acequias luminosas»; «genealógico, como cementerio que reverdece / reverdece el tiempo, siempre detrás de ti»), como si el viaje hubiera llegado por fin a buen puerto.

Por estos últimos aforismos que he empleado de ejemplo puede deducirse que este viaje por el Éter se aferra a la esperanza («sí, no maneja otro adverbio la naturaleza»), confía en el hombre como individuo y como sociedad («corazón sembrado siempre cosecha»), en el hombre bueno que vence sus egoísmos y se deja dominar por el amor; palabra que de nuevo termina la sección del mismo modo que las anteriores concluyen con «se derrama», «te aman» y «olor a mar» (los subrayados son míos, aunque se vean innecesarios).

Por ello la sección final se convierte en un gozo del verbo, que se sucede incluso en alegres encabalgamientos y amplificaciones de ecos clásicos («emerge, teje, cuaja, cruje, surge»), con el ritmo binario símbolo de armonía y resonancias quevedescas («palia la soledad, desacredita / las leyes perentorias de la muerte») que convierten esta obra de apariencia pequeña en un gran canto a ese cosmos de opuestos en el que nos movemos.

Éter (Cypress Cultura, 2024) | Demetrio Fernández Muñoz | 70 páginas | 12,00 euros

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