
LUIS ANTONIO SIERRA | “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?”, dice Siniestro Total en una canción que para algunos es todo un himno generacional. Los de Vigo desgranan en esta pieza una angustia existencial muy propia de nuestra contemporaneidad. El tono irónico con el que lo presentan alivia un poco la amargura, cosa que es de agradecer. Julián Hernández, alma del grupo, no hace otra cosa que sacar a la palestra – una vez más – un asunto, el de la identidad, que lleva preocupando al género humano desde que es prácticamente consciente de su existencia.
La última novela de Aixa de la Cruz, Todo empieza con la sangre, redunda en esta cuestión de la identidad, lo cual no supone ninguna novedad en el ámbito de las ideas o en el literario, pero sí que merece la pena detenernos en el planteamiento que hace la autora, muy contemporáneo y revelador de vertientes de la condición humana poco explorados con tanta vehemencia y explicitud. Para ello, Aixa de la Cruz se centra en un personaje, Violeta, que le sirve como medio para plantear contradicciones, dicotomías, ambivalencias y desórdenes en torno a qué somos. De nuevo, se recurre a lo particular para abordar un asunto universal, lo cual podría parecer repetitivo, pero probablemente sea la única manera de hacerlo, esto es, trascender desde lo pequeño porque, ¿cómo hablar de lo universal desde lo general? Desde luego, en lo literario es mejor recurso decantarse por lo primero.
La autora vasca aborda, como decíamos, el tema identitario desde la contemporaneidad, desde un contexto cercano, con los retos que este asunto implica en la actualidad. Así, la sexualidad y su identidad son claves, son centrales en la definición que Violeta, la protagonista, pretende hacer de sí misma. Sus relaciones con Paul, Salma, Bea y Chiara serán determinantes para ello. Últimamente se habla mucho de fluidez, un concepto que en cierta manera casa con las circunstancias de Violeta. Otros llamarían confusión a dichas circunstancias. Pero hay que intentar entender no solo el tiempo en el que vive la protagonista, sino también el contexto social y familiar. Son tiempos de desconcierto, de caos social – o reorganización más bien que, inevitablemente, deja cierta sensación de desorden.
De todos modos, Todo empieza con la sangre es, además, una novela sobre las relaciones personales, entre las cuales las de amistad son claves. Los vaivenes que se producen en estas y la influencia – para bien o para mal – que ejercen sobre los individuos ayudan a definir a los personajes que habitan la obra.
Pero no se trata solo de amistades, sino también de vínculos amorosos o familiares. Entre los últimos, la separación de los padres de Violeta y la práctica desaparición del padre, quien crea una nueva familia fuera del país, así como las idas y venidas de la madre, llegarán a condicionar a nuestra protagonista en muchos sentidos (que el lector o lectora tendrá que ir desgranando poco a poco). Y en cuanto a los vínculos amorosos, seremos testigos de sus fases, de los mitos construidos alrededor de los mismos, de la confusión entre amor y amistad, del amor sin sexo y el sexo sin amor; todo un compendio de estados emocionales dignos de análisis.
Por último, tenemos que destacar, lo cual nos resulta ciertamente curioso en una novela como esta, el recurso a la espiritualidad, incluso a lo religioso, que hacen ciertos personajes como Chiara o la misma Violeta. Aparentemente, cuando la confusión es insondable, cuando el caos no tiene visos de arreglo, las personas buscan un refugio, un lugar en el que encontrar una explicación, un orden y un sentido, por muy ficticio, irreal o inexplicable que sea. Debe ser que la condición humana es tan frágil que necesitamos asideros que nos den cierta seguridad, aunque no sea real. Y Violeta, por ejemplo, echará mano de ese recurso, aunque sea de manera temporal, para intentar saber quién es ella realmente.
Todo empieza en la sangre (Alfaguara, 2025) | Aixa de la Cruz | 215 páginas | 19,90 euros