
JUAN CARLOS SIERRA | Creo que hay que dejar las cosas claras desde el principio: Patio, de Abraham Guerrero Tenorio (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1987), es uno de los poemarios del año -no sé de qué año exactamente, pero es así-; y si no alcanzara esa categoría algo rimbombante, sí creo que se trata del libro de poemas más completo, más maduro, más pensado, más redondo del poeta arcense –que lo coloca, por cierto, a la altura de poetas de su tierra chica como Pedro Sevilla, Antonio Hernández o Julio Mariscal-.
El concepto de redondez al que me acabo de referir, el hecho de que algo se cierre completa y coherentemente, se puede rastrear en la arquitectura general del libro: en su estructura perfectamente trazada a base de secciones -cuatro en total- que desarrollan una historia familiar y en la disposición de sus poemas, que lleva al lector desde la oscuridad a la luz, de la sombra de la muerte hacia la belleza del vivir, de las agujas que escriben los nombres de los muertos en la cita de Mónica Ojeda que encabeza el libro hasta los últimos versos del poema ‘Gradual belleza’ que aconsejan perseguir la luz de esa belleza: “Encontradla, encontradla y devolvedme/ siquiera sus migajas”. Esta conversación entre la sombra y la luz ya se aprecia a modo de programa de escritura en el primer poema del libro, ‘Bajo la orilla afable’ (página 11), donde se anuncian los caminos por los que va a discurrir el conjunto de Patio: entre la tristeza de la ausencia, de la muerte -silenciosa, palpable- y la alegría inocente de los niños de la casa que no atienden de momento a las señales del luto, al vacío en la mirada de los adultos y a los ecos de las estancias de la casa familiar. También este primer poema anticipa en su construcción lo que el lector va a encontrar en el resto de los que conforman cada una de las cuatro partes del libro: poemas potentes, bien trazados y mejor rematados. Los versos de Abraham Guerrero Tenorio se van encadenando, además, siguiendo la lógica antes apuntada, dotando a cada apartado y al conjunto del poemario de una línea argumental precisa, así como de una solidez y de una cohesión sobresalientes.
Este armazón compositivo quedaría algo descompensado si hubiera grietas tonales en el edificio poético. Afortunadamente, no es el caso de Patio. La coherencia y la cohesión demostradas por el poeta de Arcos en el conjunto de su libro se ven avaladas por un tono compartido en cada uno de sus poemas, una forma de decir del yo poético contenida, meditada y meditativa. Abraham Guerrero Tenorio baja el suflé de los posibles aspavientos a los que la temática de sus composiciones pudiera invitar. Su poesía aquí susurra al oído del lector. Sus versos lo acompañan y desde la mesura lo invitan a mirar con ojos serenos algunos asuntos sobre los que la tradición, no solo literaria, se ha pronunciado ampliamente entre dos extremos: unas veces, mesándose los cabellos; otras, manoseando estos temas hasta tal punto que ha acabado por convertirlos en tópicos facilones -valga la redundancia- o incluso en carne de meme.
En este sentido, quizá uno de los asuntos más acertadamente desmitificados en Patio sea ese del paraíso perdido de la infancia; no en vano, uno de los ejes sobre los que pivota el conjunto del poemario es precisamente este de la infancia. La niñez puede a veces parecerse en Patio a ese unánime lugar mítico del que parece que nadie querría haber salido, pero en otras ocasiones, no menos numerosas y relevantes, es el espacio de los errores, de los ritos absurdos, de los miedos, de los traumas,… normalmente por colaboración necesaria de los adultos. A pesar de esta centralidad en el poemario que nos ocupa, quizá se aprecie con más contundencia la particular mirada del poeta de Arcos a propósito de la infancia en la sección titulada ‘Destruir la herencia’ y especialmente en el poema ‘Niño’ (página 40), uno de los más conseguidos del libro. En los seis poemas que conforman esta parte, el lector va a ser testigo también de la ternura de la que es capaz la voz poética: el hecho de haber corregido las dioptrías de la nostalgia en favor de una mirada más limpia, aunque algo desengañada, no va a desembocar en reproches o revanchas, sino más bien, y muy al contrario, en que todo se resuelva en comprensión y amor, al tiempo que, como ya se ha comentado, se apueste optimista y decisivamente por buscar la luz y la belleza.
Para hablar de todos estos asuntos la elección de la geografía y del título del libro se antoja de lo más acertado. El patio representa, por un lado, un territorio que se asocia con lo rural y sus hábitos públicos, sociales, comunales; en una esfera más privada, apunta directamente al corazón de la casa familiar, el espacio en torno al cual se organiza la vida más íntima, la de una familia que se extiende más allá de los progenitores, donde la figura de la abuela se convierte en aglutinadora, en pegamento familiar y literario. El diálogo entre lo público y lo privado, entre el pasado y el presente -un presente que también mira al futuro en poemas como ‘Perdón’ (página 41), ‘Los ruidos de la noche’ (página 42) o en toda la última sección ‘Será la luz’ (pp. 45 a 51)-, se concentra en la conversación intergeneracional empática y sosegada que aborda el poemario que nos ocupa. Por el patio se entra y se sale de la casa familiar, en el patio está el pozo donde se asoman los niños de la casa contagiados por el temor de la madre, en el patio se comparten miradas de extrañeza con los turistas que se asoman al zaguán en el poema homónimo (página 27), se suben y se bajan las escaleras hacia donde la abuela alza la mirada para ver si sus fantasmas familiares regresan (página 29),… Es, por tanto, el patio el recipiente simbólico necesario para encuadrar la línea discursiva que sustenta el último poemario hasta la fecha de Abraham Guerrero Tenorio.
Estoy seguro de que sobre este Patio de Abraham Guerrero Tenorio, tan particular pero tan reconocible, se pueden analizar muchos más aspectos, pero creo que lo dejaré aquí para no alargar demasiado esta reseña y, sobre todo, para permitirle al lector que haga su trabajo. De momento, me retiro a mi propio patio, muy similar al del poeta arcense, para citarme con mis sombras, pero también para buscar la luz, la belleza y la poesía.
Patio (Hiperión, 2025) | Abraham Guerrero Tenorio | XXIX Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado en Baeza” | 58 páginas | 12,45 euros