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Escribir siempre debería ser un escándalo

ELENA MARQUÉS | Donde el amor inventa su infinito. Pocas veces a un grupo de palabras se le podía augurar tan larga trayectoria. Ese endecasílabo sáfico que cierra un poema de Pedro Salinas y recoge Francisco Umbral como cita de su libro Mortal y rosa ha terminado convirtiéndose en el título del último libro del poeta sevillano Iván Onia, quien no solo rinde así homenaje a uno de los textos que más lo marcó como escritor, y que precisamente cumple ahora cincuenta años, sino que rubrica su papel de grande de las letras también cuando se decanta por la prosa. Y es bueno que así lo avisen los editores en la solapa. Donde el amor inventa su infinito es, después de ocho libros de poemas y no sé cuántas participaciones en antologías, la «primera obra en prosa» de Onia, sin más calificativos, sin un nombre específico que lo encierre en un género.

Este texto no puede calificarse como novela (no hay una mínima línea argumental), ni como diario, ni como autobiografía, ni como otra cosa que no sea poesía con mayúsculas y en estado puro a través de fragmentos de muy diversa índole, incluyendo cartas, anécdotas, canciones o poemas. Con esa estructura desestructurada que nos enfrenta a cada página con la incertidumbre de qué nueva maravilla nos espera, la voz «narrativa» recorre, divaga y reflexiona sobre múltiples acontecimientos de la vida diaria y de esa otra que crean para nosotros los libros.

Y lo hace «tomando como excusa» el crecimiento de su hijo, de la misma manera que el libro de Umbral se guía por la enfermedad y la muerte de su primogénito, a través de fragmentos de distinta índole. El paralelismo entre ambos libros se anuncia desde la significativa dedicatoria («Para Pincho y Francisco. / Para Marcos y Elena»), y por el hecho de que temporalmente se extiendan (aunque más bien asistimos a una detención o ralentización del tiempo: lo más parecido a la felicidad) a lo largo de un año. Mientras el autor acompaña al niño en su primer encuentro con las letras, esas herramientas con las que el padre crece y vive, nos descubre sus principales centros de atención y de interés: el amor por su hijo y por la familia, a la que recuerda siempre con delicadeza; y los mimbres necesarios para la poesía, que no son sino la capacidad de entusiasmo y de asombro y el deseo de eternizar (¿en la página?, ¿en la retina?) lo efímero, de «fotografiar el sol que ahora no miran para que les caliente una tarde futura», lo que se traduce en un «intento de no dejar pasar nada de la vida sin ser consciente de su cuota de amor y maravilla». Su pasión por el lenguaje como revelación lo conduce a bucear en su mármol «añadiendo borrones a la blancura hasta encontrar los términos exactos, las naranjas que nunca serán una naranja». Así esta «obra en prosa» se convierte en su mejor ensayo o su más reflexionada poética, entendiendo el término en el sentido de la octava acepción del diccionario y corroborando en cada página que, para él, «Escribir siempre debería ser un escándalo».

Yo no calificaría la escritura de Onia como un escándalo, sino como una explosión de metáforas y belleza con lúcidas y hondas observaciones que podrían alimentar una antología de aforismos («en lo que no ha sido arde sin descanso una llama de nostalgia viva, no podrá envejecer lo que nunca ha existido»). En su forma de adjetivar, en sus paradojas y oxímoros («envidiar con ternura salvaje»), se escuchan ecos de Lorca o de Borges, de poetas surrealistas en estado de gracia que van mucho más lejos que Lautréamont con su máquina de coser y su paraguas. El ritmo de sus oraciones deja entrever al buen versificador que es («y alguien que quiere abrazarnos le pone un corazón a nuestra lástima»), y en sus prolijas enumeraciones se detectan unos ojos atentos y el espíritu de un pintor, o el entusiasmo de Whalt Whitman, otro icono para Onia, a quien dedicó (más homenajes literarios y vitales) su Canto a quien, cuya gira americana también aparece en este libro «fabricando la noche con su sueño».

Porque el poeta sevillano es un animal literario agradecido que no se olvida de a quién debe su experiencia, y nombra a autores que quienes lo tratamos y leemos sabemos que admira, como Félix Grande con sus terribles versos implorando el amor materno o Idea Vilariño, a la que se permite glosar en versos propios.

Creo que esta nueva fórmula que adopta le concede la anchura necesaria para manifestar especialmente su fascinación por lo cotidiano y lo pequeño por encima de las grandes palabras y las obras perfectas. «Un día de sol es más importante que un buen libro», recuerda. La vida por encima de la literatura. Aunque ambas sean reales, aunque las dos se sientan como verdad y el autor no se atreva a «levantar el bolígrafo del papel por si desaparecemos».

Así quiero yo recomendar esta obra: como una invitación a la alegría y a la iluminación, a la vida, y también al disfrute de la mejor literatura, a la poesía de un Onia feliz ante el descubrimiento, por parte de su hijo, del lenguaje efervescente y todas sus posibilidades, allí donde el amor inventa su infinito.

Donde el amor inventa su infinito (Maclein y Parker, 2025) | Iván Onia | 228 páginas | 18,27 euros

admin

Un comentario

  1. He leído la obra y me parece una magnífica reseña la que dibuja Elena Marqués desde su afinada sensibilidad y maestría. Irradia la luz que Onia nos regala en su deliciosa obra de arte literaria.

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