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Follar es político

ILYA U. TOPPER | Hay una mujer desnuda, con un tanque de juguete apuntando justo entre sus piernas. Alrededor soldaditos de plomo armados con fusiles, por un lado, y figuritas armadas con hondas o lanzando piedras, por el otro. La frase que resume la viñeta es precisa: «Los tíos se pelean hasta por nuestro coño».

Los tíos, nos queda claro, son de dos bandos: los israelíes y los palestinos. Amor, sexo y tierra prometida ilumina el conflicto de Tierra Santa por su lado menos santificado: el de las relaciones de, pues eso, amor y sexo. Escrita por la periodista francesa Salomé Parent-Rachdi (Nantes, 1992) y narrada a color por el dibujante, también francés, Zac Deloupy (Saint-Étienne, 1968), al que ya conocemos de Love Story a la iraní. Ella era corresponsal en Israel y Palestina de 2017 a 2020, él pasó dos años en el terreno, dedicado al proyecto de esta novela gráfica. Un dúo altamente cualificado, pues.

He dicho novela gráfica, porque es el nombre que damos a la literatura dibujada, pero esta obra es todo menos novela. Cae de lleno en la categoría de ensayo, y más concretamente en la de periodismo. Un único largo reportaje, o, mejor dicho, una serie de entrevistas encadenadas, escritas casi íntegramente en formato de diálogo (hasta el punto de explicar lo básico en nota al pie de página). El hilo rojo es el propio proyecto, es decir, la periodista Salomé recorriendo Jerusalén, Tel Aviv, Ramalá… acudiendo a sus entrevistas. Como moverse por Palestina, entre un control militar y otro, es una aventura en sí misma, casi una road movie, este formato da mucho pie a contar la situación política. Aunque al buscar ese hilo rojo de encadenar una entrevista con otra imprime a la secuencia a veces un ritmo algo forzado: nadie hace tantas entrevistas en un solo día.

La ventaja es que tanto viaje también le da pie a Deloupy a dibujar escenas de calle, transeúntes, tráfico, arquitectura, vida urbana, enamorándose de cada detalle, con un trazo cuidado, limpio, y un tratamiento de color cálido y cariñoso. Pero especialmente me gusta ese humor socarrón de Deloupy que surge a veces en medio de las secuencias, siempre realistas, casi hiperrealistas, en las que esa realidad se transmuta de repente en metáfora: un hombre escalando una tarta de boda, una pareja de lesbianas en la cama separadas con un fusil de asalto, una familia en forma de bolos derribados por una noticia bomba: la del casamiento de sus hijos…

Imagínense: un judío se casará con una musulmana, en realidad, nada musulmana, no practicante, pero árabe israelí, es decir, palestina, es decir, musulmana; imagínense, ella se casará con un judío, en realidad poco judío, de esos que solo rezan en los festivos de guardar, pero judío al fin. ¡Una pareja mixta! ¡El escándalo! Escándalo público y nacional, porque él es actor de telenovela, ella presentadora de televisión. Tras cinco años de relación en total secreto, la boda, final feliz, como debe ser en las telenovelas. Pero no, Salomé y Deloupy no nos engañan: en realidad, la pareja no se ha casado, ha montado el paripé social, pero legalmente no puede hacerlo: las leyes israelíes no lo permiten.

Lucy Aharish y Tsahi Halevi son la excepción que pone de relieve la norma; lo mismo cabe decir de casi todos los demás personajes del cómic: Avi, el chaval criado en una familia ultraortodoxa judía y ahora salido de la secta, que le cuenta a Salomé su reprimida infancia y su despertar a la sexualidad; Yasmeen, la joven palestina criada en América que ahora se dedica en Ramalá a recoger testimonios de mujeres para luchar contra el acoso sexual; Simha, la ginecóloga ultraortodoxa judía que intenta sacar de la ignorancia sexual a las mujeres aún más ultra que ella; Mohammed (nombre falso), el joven gay de Gaza, amenazado por Hamás, que no tuvo más remedio que exiliarse (y pudo hacerlo); Samira Saraya, la cineasta palestina lesbiana que anduvo años de novia con una soldado israelí, oficial de contraespionaje, para más inri…

Un trabajo con afán de neutralidad, podríamos pensar, atendiendo a ambas partes de la sociedad en conflicto, mostrando que en ambos lados cuecen habas. Pero con la lectura va quedando clara una cosa, pese a que los autores no la ponen por escrito: todo aspecto de amor y sexo en el lado palestino está sujeto de forma inextricable a la ocupación israelí, porque esa ocupación permea absolutamente todos los aspectos de la vida (viñeta: la pareja en la cama rodeada por un puñado de fantasmagóricos militares armados). Aun cuando no lo parece. La prohibición israelí de edificar viviendas palestinas en territorio palestino obliga a aprovechar al máximo el espacio urbano… sin dejar ni un parque ni descampado donde unos adolescentes pudieran buscar su primer beso. En el lado judío-israelí, sin embargo, salvo las parejas mixtas, abundan los personajes que, y ahora voy a exagerar lo justo, nunca en su vida han escuchado hablar del conflicto palestino.

Esto queda muy claro en los dos ejemplos de los personajes obsesionados con tener descendencia: la palestina Fathiya, que quiere dar un hijo a su marido, encarcelado para décadas por vínculos con la resistencia armada, y Jean-Marc, judío suizo-francés, que recurre a una agencia para encontrar a una mujer que le puede dar un hijo; no es exactamente gestación subrogada, porque el hijo será de ambos y lo criarán juntos, pero sin ser pareja. Él remonta su necesidad psicológica de perpetuar la estirpe al concepto del pueblo judío perseguido en Europa durante siglos, ella simplemente tiene delante la persecución. Cotidiana, real.

Y nota al margen, a riesgo de enmendarle la plana a los autores: cuando dice Salomé a Jean-Marc que su proyecto de copaternidad «refleja algo muy propio de la sociedad israelí, que es muy religiosa y conservadora en algunos aspectos y superabierta en otros», tenemos claro que eso de buscar descendencia a toda costa, por fertilización in vitro —serán sus genes— forma parte de los aspectos superconservadores, en otras palabras: patriarcales. Tanto como en el lado palestino, donde tener un hijo del marido encarcelado, sacando el semen de contrabando, es una heroicidad patriota, mientras que tenerlo de otro sería la muerte social, y quién sabe si la muerte a secas.

Voy a parar aquí, porque estoy rozando la tentación de criticar a los personajes en lugar de criticar la obra. Apuntemos, pues, solo dos cosas. Una, que la obra, terminada de escribir y dibujar prácticamente el mismo 7 de octubre de 2023 que sacudió esa tierra con tanta crueldad, no ha perdido nada de vigencia con la guerra de Gaza. Como diría Kenizé Mourad, autora de otro libro-reportaje sobre ambas sociedades (El perfume de nuestra tierra), escrito en 2003 e igualmente vigente hoy día: Está todo exactamente igual, solo peor. Y dos: que esta radiografía a color y a amor de las dos sociedades, la israelí-judía y la palestina, quizás las encarne mejor que nadie, a las dos, el primer personaje de Amor, sexo y tierra prometida: Lana, 34 años, Tel Aviv, rubia con ojos azules, bikini en la playa, perfil de ligoteo en Tinder. No, ella no es judía. Es palestina. Pero solo puede serlo porque los demás no lo saben. Mientras los demás no lo sepan. Ni los unos ni los otros. Es suya la frase: «Los tíos se pelean hasta por nuestro coño». Refleja una Palestina que podría ser pero no es porque no la dejan ser. Porque follar, ya lo sabemos, es político.

Amor, sexo y tierra prometida (Norma Editorial, 2024) | Salomé Parent-Rachdi y Zac Deloupy | Traducción de Eva Reyes de Uña | 156 págs. | 29,50 €

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