
RAFAEL ROBLAS CARIDE | El tiempo es el peor enemigo del hombre. Lo erosiona pacientemente –hora a hora–, fulminándolo cuando menos se lo espera, ahogándolo luego en una honda sima rebosante de olvido que lo condena al no ser. Así la terrible pena de todos nosotros: yacer sepultados bajo la espesa costra de los siglos. Sin pasado ni historia. Sin redención posible. No obstante, el poeta resulta un rara avis cuyo optimismo roza lo sublime. Se cree con la suficiente autoridad moral como para enmendarle la plana a las leyes universales, rebelándose con su escritura a la tiranía de los relojes. Y, a veces, hasta lo consigue, inscribiendo su nombre con letras de oro en los libros de Literatura. Por eso las recopilaciones antológicas o los libros de completas me producen esta extraña mezcla de vértigo y ternura: porque esconden un anhelo trascendente que, a menudo, escapa a sus propios autores. Son desesperados fuegos de artificios lanzados a la nada que deslumbrarán –o no– dos, veinte o cien generaciones después de muertos, en función de la suerte, las banderías literarias, las modas estéticas o la calidad poética que aliente la obra.
Por producción y bibliografía, ahora le toca al poeta carmonense José Luis Rodríguez Ojeda (1957) convertirse en artífice de estas labores pirotécnicas hacia el futuro. Y así lo ha hecho con Canción del camino, que reúne lo más granado de su poesía desde 1994 hasta 2024, condensando en un solo volumen hasta ocho poemarios distintos: Consecuencia de andar (1994), A Gazel. Poemas del cante (2000), Canción del camino (2003), Por una mirada (2005), De los primeros años (2010), Sin pensar en el final (2013) No se engañe nadie (2019) y Por alumbrar lo imposible (2022). Precisamente, al hilo de la reseña de este último –publicada en este mismo Estado Crítico–, ya advertimos que Rodríguez Ojeda era “hijo de todo aquello que formalmente [tuviera] algún tipo de relación con lo popular, resaltando aquí cuatro de las principales características de este estilo: la sencillez, la rotundidad, la naturalidad y el tono sentencioso”. Por eso ahora nos reafirmamos en dicho análisis tras haberlo acompañado en esta reciente antología completa, porque de nuevo sobresale aquí la solidez de una obra que se basa en las características fundamentales que nacen del pueblo. De ese pueblo anónimo que canta y se duele haciendo de sus coplas Literatura (con mayúsculas). De ese pueblo anónimo que se encuentra en la raíz de los más grandes poetas de nuestra tierra: de Bécquer, de los dos Machado, de Cernuda, de Montesinos. De ese pueblo anónimo que se expresa, en fin, con una rotunda naturalidad y con una sentenciosa sencillez.
Como es natural en toda recopilación, esta Canción del camino muestra las aristas de una evolución apreciable en pos de la deseada madurez, pues en ella se reflejan los lógicos vaivenes de treinta años de oficio. Así, ya en el poemario primerizo (Consecuencia de andar) el poeta va componiendo un claro paisaje donde se sitúan las obsesiones temáticas que, maduradas, se repetirán en entregas posteriores (la infancia, el pueblo, la muerte, el paso del tiempo). Para ello se vale de sus preferencias formales: el verso asonante, la cadencia reposada del alejandrino o el endecasílabo y, de tarde en tarde, la querencia hacia el soneto, como ocurre en “Un buen sueño”. Sin embargo, no tardará en aparecer otra definitiva inclinación: la del flamenco y su particular sincretismo estrófico. A Gazel. Poemas del cante va en esa línea, constituyendo un precioso homenaje lírico a tan complejo mundo desde la perspectiva culta. Por destacar, transcribiremos “Por soleá”, donde el poeta recoge algunas de sus inquietudes existenciales más profundas.
Me miro y no me conozco.
El que mira sí soy yo,
pero el del espejo es otro.
Luché por salvar el mundo,
siendo joven. Por salvarme
a mí –¿de qué?– yo ahora lucho.
Cuando sentimos la muerte
más cerca de nuestra sombra
volvemos al Dios de siempre.
Vivir con miedo:
pasar la vida
sobreviviendo.
Canción del camino es el poemario que da nombre al volumen a partir de una quintilla introductoria que resume toda la poética de Rodríguez Ojeda (“En la canción del camino / –grave tono, leve son– / lo que viví lo imagino /entre el azar y el destino / entre el sueño y la razón”). El escritor como caminante machadiano que recorre el sendero de la vida: niñez, adolescencia, juventud, etapa madura. Sin embargo, en esta entrega, un nuevo matiz se integra: la prolongación de los hijos como escalón descendente en la costumbre del paso del tiempo. Con sus pesadumbres (ahora es el poeta el que se sorprende en la sombra del padre cuando regaña) y, sobre todo, con sus luminosos descubrimientos. Solo de esta manera, la vida puede redimir a la muerte, regresando a la corriente –como en el río de Heráclito– aguas distintas con idéntico sonar. Así la madre resucita en su nieta en este impresionante “Retrato vivo”:
No se ha muerto del todo. Está en mi casa.
Ved su cara, mirad sus ademanes:
los mismos ojos y los mismos gestos.
Es un vivo retrato de mi madre.
No te has muerto del todo, madre. Tiene
tu nieta –qué misterio–, sin tratarte,
cosas tuyas: tus risas, tus enfados,…
–esta niña tan suya–
tu carácter.
Con el becqueriano título de Por una Mirada, en cambio, el poeta afronta una de esas relaciones amorosas furtivas que resultan imposibles de cuajar por la indiscreción de un tiempo no favorable a los amantes. Ambos asaeteados por el venablo; ambos inutilizados para unirse en abrazo. “Lo que empezó como juego / se ha convertido en problema. / Lo peor es que este fuego / gusta más cuando más quema” llega a escribir el autor antes de que septiembre ponga coto de olvido y distancia a una relación quimérica dominada por unos ojos de mujer. Más misceláneo es el siguiente poemario De los primeros años, donde cada vez se desarrolla con mayor prevalencia la décima y en el que Rodríguez Ojeda introduce la ironía para –no será la última ocasión en que encare asuntos político-sociales– arremeter contra los altos ideales que tan ridículos resultan con el discurrir del tiempo:
IMAGEN DEL 68
El empeño de un joven profesor
por suprimir exámenes y normas.
La frase sobre la imaginación,
que fue evolucionando, como las circunstancias
(hoy sería: “Nostálgicos del Mayo en el Poder”).
Y las composiciones de un par de cantautores
en los que se mantuvo como fuente
de inspiración, fuente de ingresos.
Sin pensar en el final funciona en la unidad como una vuelta de tuerca más en los temas hasta ahora desarrollados, con una parte central muy definida dedicada al pueblo de Carmona. No obstante, desde el punto de vista de la ciencia filológica, deben resaltarse aquellos poemas iniciales que, a manera de Poética propia, dan razón del oficio creativo. “Se es poeta sin quererlo” afirma rotundamente el autor, entroncando así con los vates grecolatinos que, extasiados, entraban en trance al arrebatarse por las Musas. Mas pronto comprenderemos que dicho arrebatamiento no se identifica únicamente con el acto del Destino (el fatum), sino que “idea” y “ritmo” se solidarizan con el trabajo constante y, sobre todo con la lectura de los clásicos cuyas huellas marcan el sendero: “Viejos clásicos, clásicos de ahora. / Mi admiración y mi agradecimiento / por su ingenio y verdad, su forma y fondo”. Y así se explica que una de las composiciones iniciales del siguiente poemario, No se engañe nadie, sea un soneto en homenaje a Javier Salvago, clásico contemporáneo a quien la poesía del poeta carmonense tanto debe:
Relectura
Te leo, viejo amigo. Te releo
más bien porque conozco ya tu obra.
Degusté cada verso tuyo y sobra
decir que, en mis comienzos, mi deseo
fue escribir como tú. Por eso creo
que, cuando estoy perdido en mi zozobra
de poeta y te leo, en mí recobra
sentido la escritura. Así me veo
con voluntad ahora renovada
(tú me conoces, no es un falso halago).
Y como sé que nada importa nada,
no importa si los versos que yo hago
tienen de esa expresión y esa mirada
tuyas menos o más, Javier Salvago.
Con un tanto de aflicción y un mucho de escepticismo vital, el verso se desliza hasta llegar a Por alumbrar lo imposible, la última obra editada de Rodríguez Ojeda, en la que, como ya dijimos en su momento, se abordan temas dispares de su poética como la paradoja vital que necesita del dolor para que el hombre se sienta realizado, la inexorabilidad del paso del tiempo, las distintas fases de la relación amorosa, el difícil equilibro para la supervivencia diaria o la común recurrencia lírica a una etapa infantil que, sorprendentemente, en el poeta carmonense se tiñe con veladuras oscuras. Todos ellos abordados desde la plena madurez. Todos ellos expresados con esa exacta mixtura entre culta y popular que tan irresistible hace su poesía.
El tiempo es el peor enemigo del hombre… y con esa pesadumbre llega el poeta al final del camino –¿hasta el mar manriqueño?–, sorprendiendo tras la última de sus páginas una estela en el cielo de bellísima pirotecnia. José Luis Rodríguez Ojeda sabe de poesía y cante. Por eso, ahora que una guitarra desangra sus notas en la noche oscura, brindo por la pureza de su palabra y por el duende de su ritmo, esperando que su obra nunca se desvanezca en el tiempo como brizna de ceniza. El futuro tiene que serle justo si es que hay algo de justicia en el arte poético. A lo lejos, una voz misteriosa “que pelea con la muerte” canta por soleá, ¡ay!:
Gustarme me gusta poco
este camino que llevo,
pero ya no tengo otro.
Canción del camino (Poesía reunida. 1994-2024) (Colibrí Ediciones, 2024) | José Luis Rodríguez Ojeda | 396 páginas | 20 euros