
JOSÉ MARÍA MORAGA | Y tremenda cagada se mandó Pedrito Mairal con mi historia. “Mi historia” por decir algo, ya que le puso a su novela por título La uruguaya, que se suponía que iba a ser yo pero en realidad le salió el cuentito de su amigo Lucas Pereyra. ¿Ah, no sabían? Que el tipo existe y que es un hombre real, por ahí su esposa sí que se llama Catalina y al nene le pusieron un nombre japonés así como de agua de colonia. Que Lucas andaba mal de plata tampoco es mentira, así como que estaba más caliente que el palo de un churrero, como se dice en mi tierra.
La uruguaya. ¿No les dije? Yo en realidad no soy de Uruguay sino de Córdoba. Pero no de Córdoba la Docta (que entonces el libro tendría que haberse titulado Otra argentina que me cojo) sino de Córdoba la Llana, de la andaluza. Pero claro, yo me imagino a Pedro Mairal poniendo en lo alto de su manuscrito La española y tal vez pensara que lo iban a confundir con una novela de piratas o, allá en España, con una marca de aceitunas en lata. Porque La gallega, como título, no lo vamos siquiera a contemplar.
Y luego, sí, toda esa épica romántica (¿se puede decir eso?) de la que el tipo reviste nuestro primer encuentro. ¡Cuántos pegos!, como dicen en Córdoba. Fuimos a ese festival cultureta medio aquelarre en Valizas, que aquello fue horroroso. “Las lecturas fueron buenas,” escribió el cabrón: pero hay que ser presuntuoso o no enterarse de nada. “Niños bien jugando a ser mendigos por un mes,” mira, ahí lo clavó el Pedrito. Yo fui porque me lo propuso mi amiga Magalí, la editora de poesía, y me pareció un cambio de aires. No porque quisiera escuchar canciones de Radiohead mal tocadas ni mucho menos para coger con un muerto de hambre.
Harta de porros y de toda la fauna hippy que Mairal tan bien describe me topé con ese “cuarentón flotando entre los veinteañeros”. Yo tenía 31 (que no salga de aquí) pero iba diciendo que 28, y se ve que Lucas y después su amigo Mairal lo dieron por bueno. Todos los intelectuales latinoamericanos andaban leyendo de sus libros o hablando de sus libros y de narratología y qué sé yo… pero le dije a Magalí “Me banco todo esto si hacemos una apuesta, a ver quién es la primera en levantarse a un chabón esta noche.” Y vi a mi chabón. Iba ciego de porros y -por lo que leí después- de literatura, cuando yo no soportaba las pedanterías de los poetas (si yo la máxima poesía que aguanto es Fito Páez, y ya me carga; inciso: en Córdoba capital es verdadera devoción lo que hay por Fito, pero esa historia la dejo para otro día.). Hablando de poesía, un tema muy distinto es lo de mi amiga Magalí… porque esa es otra: Pedro Mairal me llama a mí en la novela Magalí Guerra. ¡Un cipote pa usted!, como decimos ya saben dónde. Mi nombre es Fuensanta o Fuensantuchi (depende de la confianza) Fuentes-Guerra pero no, al señor no debió de parecerle lo suficientemente eufónico.
Pensé que en Magalí Guerra, la mítica uruguaya, había una refundición de dos personas reales en un único personaje (por aquello de decir que Luquitas tenía una pija linda, que fue cosa de mi amiga) pero en realidad ese mágica entelequia se trata de mí, Fuensanta Fuentes-Guerra. Si no fuera porque lo exagera y lo embellece y lo emborrona todo, y hasta me llegar a poner de cómplice de ladrones.
Capaz que todo eso del novio César, la traición con Magalí (Mairal la llama Rocío) y el perro Cuco (“medio monstruito”) se lo inventó el autor para añadir dramatismo a su mierda de historia, porque yo solo tengo un canario que se llama Manolete, y ahora que lo pienso sí es medio monstruito. Realmente, lo que pasó en Valizas estuvo bien pero yo no quería repetir. En la novela, Pereyra sostiene que se quedó prendado de mí, que quería “entrar en Guerra” (¿en serio?), y hasta en lo que escribió después Pedro Mairal se dejan entrever mi prevención y mi rechazo. Ya no sabía qué inventarme para que el tipo se aburriera y a ver si se iba a sacarse el fuego a otra parte. Fuimos a mi casa, se me ocurrió entrar en aquel pasaje con la tienda de revistas viejas (donde, por cierto, yo no estuve bicheando fotos de Joya y Spencer sino de El Cordobés, pero claro, eso hubiera quebrado el encanto latinoamericano.) Cuando Luquitas, que ya iba en pedo y emporrado, vio el salón de tatuaje le dio un avenate. Se volvió loco, como una fiebre, no paró hasta que se hizo uno en mi honor de unos arcos de la Mezquita chuchurríos en medio del brazo. Luego a Pedrito Mairal le quedó divino aquello del símbolo tribal, el trisquel, que significaba “guerra” y entroncaba con el supuesto origen celta de Pereyra. Relindo.

Después, si quieren que les diga la verdad de lo que pasó, es cierto que salimos del pasaje, compramos chocolate, Pereyra le compró a su nene un ukelele, pero a esas alturas yo encontré la manera de zafar porque se me ocurrió decirle que tenía que ir a visitar a mi padre. Él me dijo que entendía, que también tenía una cita con un antiguo profesor o así… Nos despedimos medio fríamente y ya lo perdí de vista a Lucas. “Fartusco,” recuerdo que me alejé pensando. Luego el desbarre ese de la escenita en la Ramírez, ponerme a mí como fanática de Onetti, el asalto y todas sus consecuencias, decir que yo fui madre… la verdad no sé de dónde lo sacó Mairal, si fue fabulación o capaz que metió ahí otras anécdotas que le contara otro amigo. La uruguaya, valiente pego. Al final la obligan a una a tirar de poesía y decir “Yo no soy esa,” citando a Mari Trini, que es una cantante de hace cincuenta años que tuvo mucho éxito también en América.
La uruguaya (Libros del Asteroide, 2017) | Pedro Mairal | 144 páginas | 15,95 euros