
JUAN CARLOS SIERRA | En la ‘Nota a la edición’ de San Sebastián de los Reyes, primer poemario de Alejandra Arroyo (Madrid, 1993), dice Unai Velasco, poeta y editor de Ultramarinos, que los centros comerciales, al igual que los mall estadounidenses, son “un lugar común (…) un emplazamiento colectivo que es capaz de reunir y visibilizar patrones de comportamiento social y afectivo”. Este paisaje a su manera puede llegar a condicionar los poemas de Alejandra Arroyo -“La idea del paisaje como expresión por contigüidad de algo así como un «yo lírico»”-. Sin embargo, en el caso de San Sebastián de los Reyes, según el referido poeta/editor, el contexto se desvincula de lo esperado, se desconfina de sus lugares comunes, para convertirse en un “tratado sobre la libre circulación de las personas en la ciudad. Andar y desandar lo andado, con todas sus consecuencias”.
Así pues, si a alguien se le ha pasado por la cabeza que va a hallar en San Sebastián de los Reyes un poemario sobre esos centros comerciales que colapsan una geografía concreta, la de Madrid y sus pueblos vecinos, como metáfora de la explotación y de las expectativas sociales capitalistas más tramposas, a la manera del inolvidable e imprescindible Las grandes superficies, de Juan José Téllez (Visor, 2010), que vaya perdiendo toda esperanza. San Sebastián de los Reyes se orienta más bien hacia otras claves más privadas -aunque ¿cuál es exactamente la frontera entre lo público y lo privado?-. Supongo que se puede deber a una cuestión generacional -cuando Téllez publica su libro, Alejandra Arroyo apenas cuenta con 17 años-; pero más allá de la edad, quizá se trate de una manera diferente de entender lo político, lo ideológico, aunque la poeta madrileña hable también de ideología explícitamente en el poema de la página 22 titulado precisamente así, ‘La Ideología’: “a veces no sé por qué escribo poemas/ un poemario es la consecución de un idiolecto/ el contenido ficción, las palabras escogidas la ideología/ que sostiene/ mis manos/ esta noche”. La ecuación ha cambiado y la ideología es esencialmente una poética, la plasmación de un modo de estar en el mundo y de decirlo, un mundo, por cierto, cuyo eje capital y capitalista de relación pública, con su inevitable reflejo íntimo, está representado por esos monstruos del consumo y su alrededores denominados centros comerciales y, por extensión, por toda la metrópoli involucrada en ellos junto con sus adláteres dormitorio.
El poemario de Alejandra Arroyo no se queda, pues, en el tradicional compromiso político, social, combativo, crítico, de denuncia,… sino que pretende trascender este discurso, ampliarlo, y, como apuntaba Unai Velasco en el prólogo, desbordar “la expectativa de los cuerpos y su progresión” y “una moral consuetudinaria regulada por la afección”. Para tal fin, formalmente la poeta madrileña se aventura con un libro aparentemente caótico, en el que los poemas se van sucediendo sin estructura, sin secciones, sin orden,… pretendido reflejo quizá de la confusión en la que el yo poético se halla en mitad del colapso consumista y en su tarea de trascender los lugares comunes. Ese mismo ambiente anárquico se respira, además, en cada uno de los poemas individuales que conforman San Sebastián de los Reyes, cada uno con sus ‘Perversiones en la forma del poema’ (página 37): “…poder reivindicar a veces la inseguridad, decir, por ejemplo:/ no sé leer, no entiendo lo que dices, no sé qué es lo que quieres decir/ hay una distancia exacta y precisa entre tú y yo que no alcanzo a/ comprender a descifrar y eso me gusta me entrego al placer inabarcable/ del misterio/ y ensayo perversiones en la forma del poema/ algunos días eso es todo”. Esta es la tónica versal y rítmica o arrítmica del conjunto de poemas de San Sebastián de los Reyes, independientemente de la extensión de los versos -en ocasiones excesiva, prosaica-, a años luz del verso más tradicional. Esta es la construcción del poema que parece proponer Alejandra Arroyo al lector, la creación de su propio poema dependiendo de sus particulares condiciones de lectura, la resignificación, parasignificación, transignificación,… de cada uno de los textos que componen San Sebastián de los Reyes.
Todo esto está muy bien. Suena muy innovador, muy fresco, muy suelto,… pero para mí algo falla. Los poemas han de conmover. No me refiero a que lleven al lector a las lágrimas, sino al zarandeo íntimo. Y, aunque tengo señalados algunos textos que al menos en mí cumplen esta función -’Dos gatos’, ‘La Ideología’, ‘No sé leer’, ‘Perversiones en la forma del poema’, ‘Otros días puede que no pero hoy’ o ‘La casita del lobo’-, detecto más poemas cojos que otra cosa, empezando por el que da título al libro (página 50) y que, aparte de recoger como una suerte de racord narrativo elementos mencionados anteriormente en el poemario -el padre, los globos, la casa en San Sebastián de los Reyes,…-, entiendo que debería haber sido central en la construcción del sentido del poemario, pero no lo es. O el que le sigue titulado ‘Centro comercial Plaza Río 2 (Centro comercial Plaza Norte 2)’ (página 52), anecdótico, banal e insustancial. O ‘Sugerencia para una tarta de limón’ (página 30), que no acaba de funcionar ni literal ni mucho menos metafóricamente, si de lo que se trata es de hablar de la posibilidad de la felicidad: “…me pregunto si la felicidad se puede hacer o invocar seleccionar/ sus ingredientes…”. O ‘Algodón’ (página 36), que no parece ir a ninguna parte. Bajo mi perspectiva, el peligro de muchos de los poemas de este San Sebastián de los Reyes es precisamente este: no se sabe muy bien hacia dónde caminan.
O también podría suceder que yo no me estoy enterando de nada, que mis circunstancias lectoras no son las idóneas para un libro como este, porque uno parte de la premisa de que la literatura trata de ordenar la diacronía incoherente de la vida. Podría pasar que la valía de San Sebastián de los Reyes radicara precisamente en esta indefinición, en el reflejo poético de un mundo amorfo, heterogéneo, inconsistente, sin anclajes,… A lo mejor la clave se encuentra en el poema ya mencionado ‘Perversiones en la forma del poema’, donde se reivindica la descarada falta de sentido de la vida o la incapacidad para encontrárselo y de ahí esta forma de escribir -¿esta perversión?-. Acaso esto explique también el último texto ‘BDSM’ (página 61), una especie de conclusión de la pérdida, del encontrarse en el alambre, sin asideros; como el con junto de la poesía contenida en San Sebastián de los Reyes, entre lo de siempre y lo que se vislumbra confusamente fuera de los lugares comunes.
San Sebastián de los Reyes (Ultramarinos, 2025) | Alejandra Arroyo | 68 páginas | 15 euros