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Hablar de Palestina por decoro

ILYA U. TOPPER | —Esta última canción tuya, Javier, ¿no tiene un tono político como evidente, casi panfletario? —pregunté a mi cantautor favorito, mientras íbamos hacia el Café de Levante. En la puerta había un gran cartel con la frase No a la guerra, el lema del recital.

—Mira —me respondió—, a mí me encantan las canciones de amor líricas y la pureza de la poesía, no contaminada por cosas tan sucias como la política, pero si los de arriba —era 2003 y José María Aznar, a la sazón primer ministro de España, se acababa de reunir con George W. Bush para decidir bombardear Irak juntos— se ponen así, no nos dejan otra opción. ¡Tendrán panfleto, panfleto y panfleto!

No sabíamos entonces que el trío de los Azores era un coro de niños de primera comunión comparado con el dúo Trump-Netanyahu que hoy día toca los tambores de guerra. Qué tiempos son estos, diría uno con Bertolt Brecht, en los que es casi un crimen conversar de árboles, porque implica callar tanta injusticia. Y podemos recuperar el sentido en el que Brecht utilizaba la palabra panfleto: no en el difamatorio que hoy incluye una acepción del diccionario, sino en el de una obra literaria rotundamente política, de denuncia sin ambages, de andanada verbal directa contra el adversario, sin florituras, con precisión en el disparo.

La precisión y el estilo conciso son características de Gaza. El genocidio televisado, un ensayo de Mohamed Safa (Nablús, 1956), médico oftalmólogo nacido en Cisjordania y afincado en Galicia desde hace décadas. El planteamiento es claro: con la masacre de Gaza presente en las pantallas de televisión, día tras día, durante dos años, ¿por qué el mundo no hizo nada para ponerle fin? Gaza no es un conflicto olvidado, nadie puede decir que no sabía qué ocurre allí. Todos lo hemos visto, tenemos las cifras, las imágenes, los datos, los nombres de los responsables, sus justificaciones o pretextos —porque negar no niegan sus actos: los exhiben orgullosamente y los reivindican— y aún así, nadie ha hecho nada.

Mohamed Safa se embarca en una gira de reflexiones para hallar la respuesta. En primer lugar señala la táctica israelí de presentar la última ronda de la guerra, aquella desencadenada por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, como causada por aquel ataque. Lo que convierte a Hamas en culpable de todo lo que ocurrió después. Pero en una guerra contra un ocupante militar o colonial, sea Argelia, sean las tropas alemanas en Francia, la Resistencia, aunque cometa barbaridades —y toda Resistencia comete alguna barbaridad—, no tiene la culpa del conflicto: es su consecuencia, no su causa.

A la táctica de presentar la resistencia, no la ocupación, como la causa primigenia del conflicto contribuye el esfuerzo de Israel de borrar la palabra Palestina de la historia (es espantoso con qué ligereza cuentas de propaganda israelí en Twitter afirman que este territorio jamás se ha llamado Palestina, cuando el propio movimiento sionista durante exactamente medio siglo, desde su primer congreso en 1897 hasta la proclamación de la independencia de Israel en 1948, nunca utilizó otro nombre que el de «Palestina» para las tierras que colonizó). Y este afán negacionista se complementa con la presentación de Israel como «pueblo» perseguido y principal víctima de la historia mundial a través del holocausto. «Cuestionar el Estado de Israel, entonces, es percibido como una amenaza a la memoria de los muertos en el Holocausto. Como si toda denuncia del colonialismo en Palestina fuera, en realidad, una reedición del odio antijudío», lo resume con acierto Safa.

Para cimentar su discurso, Safa cita sobre todo a autores israelíes, muchos, si bien no todos, de la izquierda que conocemos: Ilan Pappe, Shlomo Sand, Meir Margalit, pero también a numerosos otros autores y norteamericanos, judíos en parte, para ilustrar el marco ético en el que se mueve la cuestión de Palestina. Porque aquí no hay tribalismo, no se trata de escribir desde Palestina contra un mundo hostil sino de aplicar a Palestina precisamente los conceptos, leyes y pautas que la civilización que se llama humanista se ha dado y que consideramos, universales.

Y así lo refleja uno de los párrafos más sucintos del libro, el que citando a Valle-Inclán recuerda a aquel tertuliano que afirmó haberse hecho revolucionario «por decoro». Es decir, por decencia, por rectitud. Que es el motivo, hoy, de ser lo que desde el otro bando llaman «propalestino».

Mohamed Safa escribe este libro, intuimos, por decoro, no por ser palestino de Nablús; de hecho, si no fuera por su nombre y apellido, no adivinaríamos que nació en algún lugar fuera de España. No se transmite experiencia propia y ni siquiera cercanía personal a los hechos en esta reflexión humanista, ética e histórica.

Y tampoco hay una intención de ir más allá de esta reflexión, que presenta al pueblo palestino como un conjunto frente o bajo las políticas de otro conjunto, el Estado israelí. No analiza las dinámicas internas de la sociedad israelí, ni menos las de las sociedad palestina. Hamás es, simplemente, el factor político-militar que representa a Gaza y que como tal es sujeto a los ataques. Qué piensa la sociedad palestina de Hamás, cuál es la efecto de la imposición del islamismo radical de Hamás a toda la sociedad que domina, no interesa aquí, no es el cometido de este libro. El autor, que fue alguna vez delegado del Frente de Liberación Palestina, un grupo laico y marxista, parece cerrar filas con Hamás, porque cierra filas con el movimiento de resistencia popular palestino, y este movimiento en Gaza actualmente se expresa a través de un grupo armado, y por añadidura islamista. Lamentablemente, pensaremos muchos, pero ¿eso cambia algo?

Si en lugar de Hamás, Gaza estuviera bajo dominio del Frente de Liberación Palestina, los guerrilleros llevarían cintas rojas en lugar de verdes en la frente, y en verano veríamos a chicas en pantalón corto compartir una cerveza en las playas de Gaza. Eso sí. Pero el misil israelí las destrozaría igual que ahora destroza los cuerpos de niños que juegan a la pelota en la arena o intentan huir de un bombardeo. No habría diferencia en la opresión, la ocupación, la guerra.

Quizás habría una diferencia, y es que las imágenes de lo que podrían ser veraneantes en Alicante destrozadas por los bombardeos quizás impactarían aún más en la opinión pública europea que las de señoras en embozo negro llorando por sus hijos. Pero ¿haríamos algo? ¿podríamos hacer algo? ¿qué podemos hacer? A esa pregunta tampoco responde Safa.

Podemos leer este libro. No es mucho. Y podemos, esto es un consejo de mi parte, dejar de retuitear a cuentas que difunden propaganda israelí que niegan la humanidad a sus víctimas y, por falsarias, no alcanzan ni el nivel de panfleto. Eso sí lo podemos hacer. Por decoro.

Gaza. El genocidio televisado (Oriente y Mediterráneo, 2026) | Mohamed Safa| 176 págs. | 12.00 €

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