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Helarte de gobernar

EDUARDO CRUZ ACILLONA | “Y es que nada de lo humano le resulta ajeno, desde la advertencia sobre atajos y desvaríos hasta la sonrisa suscitada por los puntuales destellos de su humor compasivo” (el editor)

“Política vista desde el bien común y no al servicio de prejuicios ideológicos, sociales o territoriales. Sin levantar la voz, con un razonamiento austero (…), el autor trasmite un mensaje de sentido común que —por desgracia— supone una excepción en estos tiempos de polarización buscada a propósito para mantener la tensión de una sociedad al borde del hartazgo” (el prologuista)

“El papel de un gobernante no es, ni puede ser, el de un intelectual. Cada uno debe estar en su sitio” (el autor)

No me digan ustedes que con estas tres floridas y robustas patas a uno no le seduce sentarse en ese banco. Dos excelsos politólogos aupando hasta los más elevados altares de la res pública (y lo de “res” no va con segundas, que es latín) al gobernante que, motu proprio (más latín), reconoce abiertamente en la introducción del libro que un intelectual, precisamente, no es, algo que demuestra ya desde los primeros capítulos.

Si alguien esperaba un sesudo ensayo sobre las buenas formas de gobierno basado en un currículum de cuarenta años, con mayor intensidad y responsabilidad en los últimos catorce de su carrera política, mucho me temo que va a tener que seguir buscando en las estanterías de su librería favorita.

Tan alejado de El príncipe de Maquiavelo, como de El arte de la guerra de Sun Tzu, este presunto arte de gobernar que nos ocupa se parece mucho más a El viento nos llevará, de la televisiva Mónica Carrillo, en el que despliega su presunta imaginación en una colección de frases, que ella da en llamar de manera absolutamente equivocada “microcuentos”, válidas para imprimir en tazas de desayuno pero no en páginas blancas y tapa dura. Si alguna editorial lo quiere, le regalo el término “Ocurrismos” para este trasunto de género pseudoliterario en el que se manejan tan a gusto Carrillo (Mónica) y Rajoy.

Lee, escucha y mira. Conviene aprender”.

“No te alabes a ti mismo. Deja que los demás lo hagan”.

“Hay que abrirse al mundo”.

“Procura no enfadarte. Es una excelente forma de perder el tiempo. No sirve para nada. Además te llevará a cometer errores. Camina: te puede ayudar a estos efectos, sienta bien y no molestas a nadie”.

“Si llegas a ministro, es muy conveniente que no encabeces manifestaciones contra la oposición; también que no digas tonterías y que te ocupes de tus obligaciones”.

Y así todo. De la boutade menos ingeniosa a la reflexión más marca Shein. Una colección de frases articuladas en pomposos capítulos dedicados a la Constitución, al parlamentarismo, a Europa, a Iberoamérica, a las redes sociales, a la inmigración, a la Corona, al populismo, a la corrupción… Para terminar con un decálogo del buen gobernante en el que la sorpresa llega cuando compruebas que, efectivamente, el decálogo lo forman diez sentencias.

El papel todo lo aguanta, dicen. Y en este caso concreto, se cumple. Bastaría con coger un bolígrafo y, hemeroteca al lado, ir tachando todas las reflexiones que aparecen en el libro y que ni el autor ni quienes lo acompañaron en sus diferentes etapas de gobernante pusieron en práctica. Y, si no, afinen el oído. Seguro que pueden escuchar las carcajadas de Miguel Tellado, un poner, cada vez que abre el libro y lee una página al azar justo antes de acostarse.

Puestos a catalogarlo de alguna manera, deberíamos englobar este libro, de manera científica, dentro del género del ensayo / error. Y es que, o nos lo tomamos con humor (un plato es un plato y un vaso es un vaso, ¡viva el vino!) o alguien de esta España nuestra puede helarnos el corazón.

El arte de gobernar (Almuzara, 2025) | Mariano Rajoy |  128 páginas | 19,95 euros

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