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Hermana mediana en medio de la guerra en Irlanda del Norte

LUIS ANTONIO SIERRA | No tengo nombre. En mi vecindario, si tienes un nombre propio o no usas la palabra precisa para definir algo, estás llamando a las puertas del infierno. Soy la “hermana mediana”. Tengo dieciocho años. Camino por calles destrozadas, bajo un cielo monótono de cemento gris, devorando novelas del siglo XIX para no mirar de frente la hostilidad con la que vivo/vivimos a diario. Leo mientras camino. Ese es mi verdadero crimen: ser una rareza absoluta, una anomalía en un barrio de una ciudad norirlandesa – Belfast, por ejemplo – donde todo se divide entre «nosotros» y «ellos», entre los que están a favor del Estado y los que defienden la lucha armada. Anna Burns ha escrito un libro sobre mí que se titula Milkman. Hoy me toca a mí, desde mi propia supuesta anormalidad, hablarte sobre este artefacto literario que ganó el premio Man Booker en 2018 y que permitió a mi creadora empezar a vivir una vida algo más desahogada y pagar algunas deudas que tenía pendientes.

Creo que Anna es capaz de transmitirnos en la novela, y con una precisión aterradora, la insoportable presión que es capaz de ejercer sobre los individuos toda una comunidad. Todo comenzó cuando un hombre de más de cuarenta años, un paramilitar de alto rango al que todo el mundo conocía como “el Lechero”, comenzó a perseguirme de manera sistemática. Él nunca me tocaba. No me asaltaba físicamente ni me amenazaba directamente. Simplemente aparecía de la nada. Detenía su coche a mi lado, caminaba a mi mismo paso, invadía mi espacio vital con silencios cargados de intenciones oscuras. En una sociedad libre, esto se llamaría acoso, pero aquí, en esta ciudad – Derry, por ejemplo – atravesada por la guerra, la rumorología transformó una persecución en un romance secreto y consentido por mi parte. La comunidad me juzgó sumariamente y me declaró culpable de una relación inexistente. El rumor se convirtió en la única verdad social aceptada, aislándome de mis vecinos, de mis amigas y de mi madre, quien me miraba con ojos de profunda decepción.

Mi creadora refleja este ambiente opresivo a través de un lenguaje bastante críptico: las calles no tienen nombre, ni las ciudades, ni las personas. Así, mi pareja de verdad es “el novio de tal vez” o mi pariente político es «el cuñado primero». Nombrar de esta manera es una estrategia de defensa porque definir las cosas explícitamente en mi barrio equivale a tomar partido, y hacerlo en el bando equivocado puede costarte la vida.

La violencia está presente en mi vida y en la de mis vecinos y vecinas, aunque no se trata solo de una expresión física; de hecho, la violencia psicológica llega a ser incluso más opresiva. Las bombas estallan a menudo, los soldados patrullan las avenidas y los paramilitares administraban su justicia paralela en las comunidades con disparos en la rótula o ejecuciones sumarísimas. Sin embargo, el verdadero y permanente horror es el silencio y el control social impuesto por todos esos actores. Ser observada por leer las glorias de la literatura del pasado mientras caminaba era considerado una traición a la causa republicana. El Lechero ni siquiera necesitaba usar la fuerza física contra mí. Le bastaba con activar sutilmente el engranaje del rumor vecinal para que la propia comunidad se encargara de destruirme socialmente.

La lectura de esta novela que ha escrito Anna Burns para mí – está feo que yo lo diga, pero es así como lo siento –puede resultar a ratos algo exigente ya que se aleja de un estilo tradicional. Aun así, merece mucho la pena. Al leerme a través de estas páginas, comprenderán que el verdadero peligro totalitario no siempre viste un uniforme militar ni lleva armas de fuego visibles en las manos; a veces, el horror se esconde en los ojos inquisidores de tus vecinos, en los susurros de las esquinas y en la insistencia silenciosa de un hombre con excesivo poder que decide fijar su mirada depredadora sobre ti. El libro es un testimonio fiel, amargo pero extrañamente poético, de cómo logré sobrevivir al acoso sistemático y al juicio de una colectividad asfixiante sin soltar jamás mis queridos libros decimonónicos. ¡Ah!, además mi historia es descaradamente feminista, cosa de la que estoy orgullosa.

Milkman (Alianza Editorial, 2019) | Anna Burns | 352 páginas | 20,50 euros

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