
JABO H. PIZARROSO | Trinan los pájaros como cada noche desde el cambio de hora primaveral. No sé qué se cuentan entre ellos. Desconozco su idioma. La pajarería está de moda, esta primera, y la de Severo Sarduy, la segunda, la del deseo. Trinan porque están perdidos al sentir que ya es de día cuando es de noche todavía para el mundo en franco cansancio de los seres humanos.
El idioma de los pájaros es como la constelación de yoes sobre los que habitamos como humanos, nadamos.
Al azar lo gobiernan leyes de causalidad misteriosas para nosotros, los sapiens, quizá los neardentales supiesen más de esto que nosotros, sujetos parecidos a gente como Alberto, Serafín, Juanjo o Jorge Luis Borges.
Esto está lleno de imbéciles que escriben novelas. Estoy seguro de que los pájaros que ahora se acaban de callar lo saben porque predicen el acabamiento de la noche ya que este se parece demasiado al momento en el que las novelas se escriben, esa duermevela que confunde la identidad y por eso se callan.
Un tipo llamado Juanjo Millás no sabe quién es. Intenta descubrirlo con la ayuda de amigos de la Complutense con los que se encuentra y recuerda los tiempos de los grises, los felipes y el control estatal franquista de los movimientos estudiantiles en Cantarranas.
El tipo de apellido Millás no sabe cuál es más él de los que dentro de él considera que son él.
Siente que hay un intruso en sus mientes que no miente y por lo tanto dice la verdad cuando corrige sus piezas periodísticas o la novela que está escribiendo. Siente que ese intruso también está fuera de él y vive en la calle Alberto Aguilera en un ático desde el que se ve Madrid como un cuadro de Antonio López.
No se puede ir por la vida con la cabeza arrimada al hombro en una postura ridícula pero él sabe que debe hacerlo para dejar sitio a su cabeza invisible, aunque su madre le reproche el gesto cuando así lo ve. Puede que su madre diga estas cosas porque la vaciaron. Curioso y horripilante verbo para precisar otra cosa diferente a lo que le sucedió o para expresar que la mujer es sólo un sujeto reproductor en nuestras sociedades, y cuando lo pierden, se decía -se dice todavía- que la han vaciado.
El lenguaje a veces habla más de la cuenta y dice cosas que no queremos decir o decimos sin querer o decimos sin saber bien lo que decimos.
Juan José Millas considera desde que escribió Dos mujeres en Praga que hay dos tipos de escritores: los que son hijos biológicos de sus padres y así lo asumen, y los bastardos, los que no son hijos de sus padres y lo saben. En esta novela cohabitan los dos, no a cuatro manos, pero casi.
Me gusta Juan José Millás desde que Ana Álvarez Prada, en la facultad, me enseñó a que me gustase Juan José Millás. También esto pasó en la Complutense, donde empiezan tantas casualidades como ocurre en esta novela. Me gusta por su manera de precisar como nadie la realidad desde su amplitud fantástica y porque, también me gusta por esto que voy a decir, tiene dentro muchos escritores que escriben con él, en sinfonía.
Con Juanjo escriben Cortázar, por ejemplo, y Vila-Matas, por ejemplo también.
Millás es uno de los que ha visto la mano negra muchas veces en su vida, todas en las que ha dado por finalizado un libro. Ver la mano negra es ver la mano del intruso que escribe por ti cuando corriges. Esto le pasa al Millás autor y también al tipo Millás.
La mano negra cortazariana controla a todo imbécil que escribe una novela. Pero esto sólo lo sabe el imbécil cuando acaba su novela; durante el proceso lo desconoce porque es imbécil y debe serlo, por otro lado.
La imbecilidad de la que hablo, porque creo que de ella habla esta novela, es un estado de inconsciencia permanente por el que divaga el que escribe una novela y del que lo pesca la mano negra cuando le agarra por las orejas situadas a ambos lados de su cabeza invisible.
Juan José Millas, autor, es un tipo que habla con gafas negras en una emisora de radio, la SER, los domingos por la mañana. Supongo que lo hace para curarse de la enfermedad del domingo, una dolencia crónica con la que tiene que apechugar. Un tipo con gafas negras que habla por la radio. Ahora podemos ver ese programa y otros en youtube, pero la radio solamente se escucha, no se ve a las personas que hablan dentro de la radio, no se debería verlas. Esta es la ontología de la radio.
Juan José Millás es un ontólogo de la radio, por eso lleva gafas negras cuando habla por la radio. Piensa que si no ve con claridad se le escuchará mejor. Y piensa que al no ver, el que le escuche oirá la voz de un intruso en su casa, como sucede cada vez que estamos solos y ponemos la radio. Este intruso que es tanto Millás como otro cualquiera, es un entomólogo del cosmos emocional que llevamos dentro sin saberlo y por esa condición nos saca de la imbecibilidad de la realidad, cuando nos expone otras.
Los viejos y los adolescentes se parecen mucho en algo: desconocen las leyes del cuerpo que habitan, lo que les otorga un vínculo con los mundos todos que crea cada una de las realidades que ven sus yoes. La madurez es más confusa en este aspecto porque se convierte en la dictadura de una única realidad, un único yo encerrado en la prisión de una idiocia supina. El idiota es aquel que solamente ve una cosa cuando el objetuario del cajón está lleno de muchas más: los huesos del Ratoncito Pérez, por ejemplo.
La nieta de Millás sí que ve el pequeño ataúd, al igual que Juanjo, que también es capaz de verlo. No sé cómo poner punto y final a este desgranado de Ese imbécil va a escribir una novela. Sólo estoy seguro de dos cosas: la primera, que soy un imbécil que acaba de escribir una reseña sobre Ese imbécil va a escribir una novela, y la segunda, que yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, en fin, que vivir no es importante cuando desconoces que eres un imbécil.
Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara, 2025) | Juan José Millás | 176 páginas | 18,91€