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Jugando a la precariedad

JUAN CARLOS SIERRA | Antes de adentrarnos en la obra que nos convoca hoy en Estado Crítico, hay que advertir de algo bastante inusual: estamos ante un libro/juego planteado, con motivo de su décimo aniversario, por la Editorial Barrett, empresa sevillana cuya trayectoria se caracteriza por la originalidad y, en paralelo, por la disidencia respecto a eso que ahora se denomina mainstream, aunque paradójicamente alguno de sus títulos se haya convertido en campeón de ese mismo mainstream -pensemos, así a bote pronto, en Panza de burro de Andrea Abreu, por ejemplo, o en Canijo de Fernando Mansilla o en el más reciente Toda mi violencia es tuya, de la actriz metida a escritora Carolina Yuste-. Adentrándose ahora en las quisquillosas aguas de la poesía, Barrett idea y lanza en coherencia con su camino divergente ‘Catálogo a ciegas’, una serie de libros sin autor/a. ¿Adivina quién escribe lo que tienes entre manos?, parece sugerir el equipo de Barrett.

De modo que como lectores nos enfrentamos desde la más absoluta inopia en relación al o a la responsable de Idealista, el primer título de estos anónimos. Nos toca, por tanto, leer sin las pistas que ofrece la autoría, dejarnos llevar exclusivamente por los poemas sin aditamentos extra o paraliterarios y, lo más interesante, sin condicionantes, porque lo queramos o no el nombre que aparece en la portada de cualquier libro -y pienso especialmente en la poesía- nos marca una línea de lectura, para bien o para mal. En cualquier caso, tampoco sé si el objetivo último de este juego es adivinar, según los indicios que proporcionan los poemas, quién se esconde detrás de estos poemas.Yo particularmente no me voy a tirar a esa piscina, porque no creo que sea lo más interesante de lo que nos traemos entre manos.

Centrémonos, pues, en lo esencial, en el texto, en los poemas. Y el primero que nos encontramos va encabezado por la palabra ‘Prólogo’ y dice así en sus versos finales: “…me señalaron/ susurraron/ sé el escultor de tu propia vida/ pequeño ser/ haz algo prodigioso/ con el horror que te dejamos”. No hay que ser un lince para detectar en ellos la distancia que propone el o la autora respecto a su literalidad, respecto al lugar común que plantean esos versos finales, frente al tufazo neoliberal, en definitiva, que desprenden; una sana distancia irónica que alerta ya desde el arranque acerca de las claves de lectura que deberemos contemplar a lo largo de las ciento y pico páginas que tenemos por delante. Realmente, no es más que la confirmación de lo que se puede intuir en el mismo título del libro: ese ‘idealista’ que habla dialógica y simultáneamente de los más altos designios y de la más baja materialidad, de la sublimación numénica y de la explotación terrenal e inmobiliaria. De modo que en Idealista hay que andarse con ojo, como sucede con algunos poetas especialmente habilidosos con las maneras irónicas -se me viene inmediatamente a la memoria Carlos Pardo-; no solo no sabemos quién es su creador/a, sino que además hay que manejarse entre las arenas movedizas de lo que parece y a lo mejor no es -o sí-.

En este otro juego interno que plantea el poemario que analizamos hay que tener en cuenta otro elemento muy relacionado con los versos iniciales citados anteriormente; una constante, una presencia espectral, una sombra alargada: la palabra ‘precariedad’. Si bien no recuerdo que literalmente se mencione en ningún verso -podría pasar también que no llamara demasiado la atención por su infrecuencia-, esa precariedad se erige como el meollo central de Idealista, su leitmotiv; un fenómeno socioeconómico tan presente, tan contemporáneo, tan extendido entre buena parte de nuestros jóvenes -y no tanto- que es imposible desligarlo estrecha y cruelmente de la locura inmobiliaria en la que nos han instalado los buitres neoliberales -y no me refiero solo a los fondos ídem-. En este sentido, sea quien sea el autor o autora de Idealista, creo que podemos inscribirla de forma natural o generacional en una de las líneas predominantes de la actual poesía patria más joven, la escrita por poetas como Begoña M. Rueda, Carlos Catena Cózar, Alejandro V. Bellido, Juan Domingo Aguilar,… con quienes también va a compartir nuestro autor/a anónima una mirada escéptica en relación a las grandes promesas de progreso y de bienestar con las que iba a ser bendecida “la generación mejor preparada de la historia” -más lugares comunes-.

La estética y la poética que les corresponden a unos versos de esta naturaleza también son compartidos; es decir, hablamos tanto en Idealista como en las propuestas de los autores antes mencionados de una poesía directa, sin demasiadas florituras, sin muchas concesiones a la galería retórica. En el libro que estamos analizando sobresale, además, su fluidez, una ausencia notable de afectación, su cercanía a ratos a lo prosaico-narrativo. Y es que parece que los asuntos que se tratan aquí requieren coherentemente de unas maneras poéticas como las señaladas.

Pero no es Idealista un poemario exclusivamente relacionado con la precariedad material, sino que ésta dialoga a lo largo de todo el poemario con otra de las esferas esenciales del ser humano, los afectos, y muy especialmente con los que tienen que ver con el amor. Lo público y lo privado se relacionan de forma especular, de modo que la precariedad económica obtiene su reflejo en la precariedad amorosa. Y aquí me asalta la idea de que el o la poeta anónima de Idealista pueda encontrarse imbuido por el viejo, que no anacrónico ni trasnochado, materialismo histórico marxista, aquello de que “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general” –Karl Marx en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859)-. O, dicho de otro modo, las condiciones de vida en la infraestructura física, material, económica al fin y al cabo, se reflejan en la superestructura, incluso en la manera de sentir, de amar, de odiar,… De ahí la precariedad del amor que aparece en estos versos. Lo histórico pesa y las particulares historias contemporáneas determinan las maneras de amar. No son ya dos almas que se encuentran, se reconocen y se funden en un solo ser a la manera de Garcilaso o a la más mística de San Juan de la Cruz, por poner un caso. Ha pasado demasiado tiempo desde entonces, se ha consolidado definitivamente la lógica capitalista y el amor también está en el mercado, entre la oferta y la demanda, a menudo a caballo del bróker del deseo.

La perspectiva crítica, diríamos que casi combativa, respecto al orden neoliberal empapa ampliamente todo el poemario más allá de esta alegoría del amor, ya sea como constatación del desarraigo y de cierto desclasamiento en los poemas de la segunda parte del libro ‘Todo lo que un día fuiste’, o como disección del concepto de propiedad privada a través de la figura del líder apache Gerónimo y su proceso de desnaturalización y/o de enajenación, un concepto que tampoco escapa al deseo.

O puede que no haya que ponerse tan estupendo y todo este aparataje poético desplegado en Idealista no sea más que un guiño irónico, otro de los juegos que pone en el tapete su autor/a anónimo y el equipo editorial de Barrett.

Idealista (Editorial Barrett, 2026) | Anónimo (de momento) | 112 páginas | 15,90 euros

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