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La aceptación radical

A veces la gente me pregunta en qué punto del proceso del duelo estoy, y yo me pregunto si entienden algo acerca de lo que significa perder a un ser querido. Qué solos se sentirían los muertos si los vivos se levantaran de la sombra de la muerte, batieran palmas, se sacudieran los pantalones y se dijeran a sí mismos y al mundo: ya he terminado mi duelo, de ahora en adelante la vida será como siempre, todo volverá a la tranquilidad.

CAROLINA EXTREMERA | Una mujer viaja en coche con su marido y su hija. La cámara alterna entre el interior y el exterior del vehículo hasta que, en un paisaje neblinoso, se detiene en el rostro de un muchacho. En ese momento, el ruido de un accidente y la imagen del coche destrozado al chocarse con un árbol. La mujer, cuando despierta en el hospital, descubre que tanto su hija como su esposo han muerto y decide eliminar todo lo que le recuerde a ellos, empezando una vida totalmente seccionada de la que llevó anteriormente, confundiéndose con la masa anónima de París.

            Este es, como habrán reconocido, el comienzo de Azul, la maravillosa película de Kristof Kiewloski, y la mujer que huye de su pasado, Julie, está interpretada por Juliet Binoche. Esta joya cinematográfica nos plantea una pregunta: ¿qué se hace al perder a los seres más importantes de tu vida? El planteamiento, que no solo hace que Julie dé la espalda a recuerdos que, teóricamente, debería honrar, sino que además asocia esta decisión con el color azul, el representante de la libertad en la bandera francesa, fue tan novedoso en su momento que dio lugar a numerosos debates tras su visionado. Todos hemos emitido un juicio acerca de la forma de afrontar el duelo de la protagonista, ya sea para aprobarla o para denostarla. Está tan destrozada, comentaban algunos, que no sabe qué hacer y desaparece. Tiene tan poca inteligencia emocional que cree que puede evadir sus sentimientos, decían otros, y en ambos casos podíamos entender que ese dolor se estaba viviendo desde lo sentimental, desde las vísceras.

            ¿Qué ocurre si alguien intentara afrontar una pérdida así desde lo racional? Lo que más me ha impresionado de En la naturaleza las cosas crecen de Yiyun Li es cómo la autora nos explica que ella, en lugar de llorar, elige pensar. La vida, dice citando a un autor que no recuerda exactamente, es tragedia para los que sienten y comedia para los que piensan.

            Antes de continuar, hagamos como ella en el primer capítulo, en el que decide que es importante puntualizar el tipo de pérdida del que estamos hablando. Utilicemos sus propias palabras:“No hay una buena manera de exponer estos hechos, que deben ser aclarados antes de poder seguir con el libro. Mi marido y yo tuvimos dos hijos y los perdimos a ambos. A Vincent en 2017, a los dieciséis años; a James en 2024, a los diecinueve. Los dos eligieron el suicidio y los dos murieron a poca distancia de casa”.

            Ahora que sabemos qué le ocurrió, volvamos al hecho de que ella decide afrontarlo usando su parte racional. Yiyun Li empieza a escribir este libro inmediatamente después de la muerte de James y en él explica que, de alguna forma, vivió con el temor de que su segundo hijo hiciera lo mismo que el primero durante los seis años y medio que transcurrieron hasta que realmente lo hizo. Es aterrador cómo cita un relato de Grace Paley en el que una mujer cuenta que, la noche en la que la policía le dijo que su hija estaba muerta, pudo dormir por primera vez en años porque ya no tenía la incertidumbre acerca de lo que podía ocurrirle. Ya había ocurrido. Una vez que sucede lo impensable – como haber perdido a tus dos hijos – solo queda un camino para la autora: la aceptación radical. “La gente no querrá leer un libro sobre aceptación radical”, le advierte una de sus mejores amigas, “preferirán no imaginarse en una situación que requiera de la práctica de la aceptación radical”.

            Esa frase es cierta en parte. Nadie quiere tener que hacer uso de algo así, desde luego, pero en mi caso la lectura de En la naturaleza las cosas crecen no ha sido en absoluto la experiencia dura que podríamos imaginar que se deriva de leer un libro de esta temática. Su definición de “aceptación radical” consiste en asumir que va a vivir con el dolor el resto de su vida y que cada día es un perpetuo ahora, un punto sin dimensión en el que hay que concentrarse. Ya nada volverá a ser mecánico porque cada segundo será un esfuerzo. Su duelo, que no desea llamar así, no tendrá fin y ni siquiera se mitigará, lo cual es una tesis muy diferente de otros libros sobre pérdidas. Quizá lo que más me ha gustado es que ella, en todo momento, respeta las decisiones que han tomado sus hijos, incluida la última, la de quitarse la vida, y en ningún momento experimenta enfado hacia ellos ni siente que su escape de la vida haya sido algo contra ella.

            De hecho, sabemos por su libro Querida amiga, desde mi vida escribo a tu vida – un título horrible para un libro magnífico – que estuvo ingresada en 2012 por intento de suicidio, por lo que sabe sin duda por lo que estuvieron pasando sus hijos. ¿Hay relación entre su intento y lo que ocurrió con Vincent y James? Es difícil no pensarlo, pero ella elige no hacerse esas preguntas o, al menos, no reprocharse su actuación como madre, sobre todo porque, al provenir ella de un hogar en el que su madre cometió abusos tremendos contra ella y su hermana, sabe con seguridad que ella lo hizo mejor. Y sin embargo. Qué difícil es, en realidad, hacerlo bien porque, por ejemplo, cualquier madre desea que sus hijos aprendan a pensar y, sin embargo, nadie se suicida sin pensar.

            Hay muchísimo que desgranar en estas memorias y admito que no termino aquí la reseña porque no tenga nada más que decir, sino porque me da miedo llenar demasiados párrafos o ser como ese tráiler del cine que te revela tanto de la película que al final ni siquiera la quieres ver. Los libros sobre el duelo no son para todo el mundo pero, si como yo, son amantes del género, este es uno de los que merece realmente la pena.


Palabras, palabras, palabras. Las palabras constituyen castillos en tierra firme y en las nubes, las palabras se convierten en armaduras y en los muros de una prisión, las palabras agitan las aguas y crean arenas movedizas. Nunca se pueden dar por sentadas las palabras, no siempre se puede confiar en las palabras y, sin embargo, ¿dónde más que en las palabras puede vivir mi mente?

 En la naturaleza las cosas crecen (Chai Editora, 2025) | Yiyun Li |Traducción de Virginia Higa | 160 págs. | 19,50€

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