
ALEJANDRO LUQUE | Cuando empezábamos a escribir –solo puedo recordarlo como una experiencia colectiva, compartida con cómplices duraderos como Ilya Topper o Mané García Gil– el tráfico de lecturas que nos traíamos entre manos era incesante. No había dinero para comprar todo lo que circulaba, y todavía las editoriales no nos tenían en cuenta para sus envíos promocionales, de modo que andábamos siempre prestándonos libros con la ansiosa avidez y la fruición de los últimos yonquis que todavía pululaban por Cádiz. Uno de esos materiales selectos era la poesía de Roger Wolfe.
En el panorama poético de los 80 y primeros 90, Wolfe era sin duda una figura difícil de ignorar. Un tipo anglosajón que escribía en castellano, que traía a nuestro idioma esa tradición de realismo sucio que ya conocíamos por Bukowski (a quien Wolfe, me aseguró, ni siquiera había leído), que cantaba al alcohol y al lado salvaje de la vida, resultaba enormemente atractivo por nuestra afición a los bares, pero también estimulante en su dimensión expresiva: hacer una poesía lo más cruda posible, al sangue como diría un cocinero italiano, y que al mismo tiempo contuviera las propiedades imprescindibles para merecer un lugar entre los líricos. Porque en España, hasta entonces, los bebedores más rudos escribían cosas como “Siempre la claridad viene del cielo” o “Si yo fuera Dios y tuviese el secreto”, pero nadie se había atrevido, más allá de tímidos intentos, a llenar los versos de mugre y vómito y cáscaras de altramuces, que también existían e incluso eran el paisaje cotidiano de muchos.
El rescate de la poesía completa de Wolfe por parte de Renacimiento bajo el título Toda esta poesía, primero con un volumen que comprende los libros publicados entre 1982 y 1993, y ahora con una segunda entrega del periodo comprendido entre 1994 y 1998, permite valorar con perspectiva el legado de este autor. Alguien que, en esa España del PSOE de Felipe González, la Expo y las Olimpiadas de Barcelona, quería recordar que no todo era una fiesta y que el lugar del poeta no era el de la belleza, sino el de la verdad.
Claro que ese examen retrospectivo al que nos invitan estas ediciones supone también separar el grano de la paja, y comprobar hasta qué punto son desiguales muchos de los poemas del autor, incluso dentro del mismo libro. El viejo argumento para desacreditar a la poesía más coloquial (“no es más que prosa cortada”) se puede aplicar a no pocos poemas. No siempre el voltaje acompaña, no siempre se tiene el suficiente cuidado para dejar en el cajón los textos más flojos. Nada que no le haya pasado a cualquiera, incluso a los más laureados.
Pero luego están esos otros poemas, donde el denuedo de Wolfe logra sus mejores frutos; donde la sensibilidad aflora con una voz rotunda, sólida y bien afinada, y que no deberían faltar en ninguna antología de la llamada generación de los 80, o en ninguna panorámica de la lírica contemporánea.
¿Es esto?/ ¿Era esto lo que nos decían?/ ¿Un cine vacío/ donde ni siquiera nadie/ ha tenido la decencia/ de programar una película? Hay mucho hastío y mucha desesperación en los versos de Wolfe, pero también ironía. Sí, también algunos poemas que casi son chistes más o menos olvidables, pero no se le puede negar al poeta una notable capacidad para dar con esa chispa redentora, ese humor salvador del caos y del vacío que se convierte, a menudo, en un escupitajo a la cara del burgués biempensante. Y está también su habilidad para el poema narrativo, la historia comprimida en un puñado de versos que estallan en tu cabeza como un buen overhand.
¿Hay que leer a Roger Wolfe? Rotundamente sí. Ahora que recuerdo, hubo en aquellos años una verdadera avalancha de imitadores de este poeta, ninguno de los cuales creo que siga escribiendo. Hasta donde sé, Wolfe dejó de beber hace mucho tiempo, lo cual se refleja en cierto modo en su obra, pero también sus lectores hemos dejado de frecuentar los garitos. Él sigue siendo él. Desaparecen las botellas, queda la actitud. La belleza se marchita, queda la verdad.
Toda esta poesía (tomo II) (Renacimiento, 2024) | Roger Wolfe | 312 páginas | 29,90 euros