
RAFAEL ROBLAS CARIDE | De vez en cuando hay poetas que se ponen de moda y se convierten en referencias de culto. El peruano César Vallejo ha sido uno de ellos durante gran parte del siglo XX, pues hubo un tiempo en que todo aquel que emborronaba cuartillas con versos se acogía al símbolo sagrado de su nombre como prueba de hidalguía lírica, aunque fuese una mentirijilla piadosa. Aunque alguno no se hubiera asomado ni a la cartilla escolar básica: puro postureo y figurín izquierdista. En el panorama actual ya no ocurre con tanta frecuencia –digo la invocación a Vallejo– y yo no acierto a discernir si esta es señal buena o mala.
Por eso, ahora que llega a mis manos esta joyita del catálogo de Hiperión, la sonrisa se me afloja en el rostro recordando a los que se fueron; pasando lista a los que ahora están. Y fijo la vista hacia el ignoto paisaje de los que serán, echando al aire esta gavilla de versos –tan nuestros, tan de ayer– frente a este triste secarral que es la España contemporánea. La pobre España de siempre. Y susurro las palabras del poeta, España, aparta de mí este cáliz, como oración apócrifa.
El famoso opúsculo que hoy nos trae en impecable edición Inmaculada Lergo se compuso entre julio de 1936 y abril de 1938, publicándose durante los últimos estertores de la guerra civil española, concretamente en el Monasterio de Monserrat donde el mismísimo Altolaguirre manejaba las máquinas que los monjes habían abandonado meses antes. Allí, auspiciada por la Unidad de Imprentas republicana, culmina el 20 de enero de 1939 la elaboración de los primeros ejemplares de España, aparta de mí este cáliz, una edición princeps que hasta mucho más tarde, en 1973, no se haría visible a ojos de la crítica, opacada por la edición francesa de los Poemas humanos que prepararon en julio del mismo año la viuda Georgette Philipart y Raúl Porras Bengoechea, revisión antológica que incorporaba las quince composiciones que integran España…. Al parecer, la práctica totalidad de los libros de la extrañísima tirada catalana fueron destruidos, convirtiéndose los supervivientes en tesoros bibliográficos para uso y disfrute de los enfermos del papel y la tinta.
De esta rarísima edición, pues, parte Lergo para recordar al lector –para recordarnos a todos– la raíces de nuestra patria. Porque, amén de una obra lírica de primer grado, el breve poemario guerracivilista de Vallejo se sitúa ante el lector como un bruñido espejo en el que se reflejan las virtudes y defectos de esta piel de toro tendida al sol que es España. Por sus páginas, en deslumbrante cascada de imágenes y símbolos de clara estirpe surrealista, desfilarán milicianos-obreros, proletarios-soldados, campesinos sedientos de libertad. Mas sobre todos ellos, se remarcará la silueta firme del Hombre (con mayúsculas), ese Hombre caballo-reptil-buitre-mosca-ribazo que, por encima del polvo y la sangre de la barbarie bélica, se yergue con la humana dignidad de su condición para gritar Justicia.
Releo a Vallejo ahora y recuerdo la teoría literaria que nos enseñaba a distinguir poesía de panfleto. No. Los poemas de España… en labios del convencido republicano que fue el escritor andino no suenan a farsa, no estimulan el oído con palabrería hueca. Sobreviven al cabo de casi un siglo con el retumbo obsceno de la Verdad. Y eso es decir muchísimo cuando otros tantos poetas de primera fila cayeron en la tentación y sucumbieron al vacío. Sin embargo, regreso a Vallejo y observo que continúa girando sobre sí mismo. Y que nos hace también girar sobre nosotros en torno a personajes individualizados entre tanta muchedumbre: Hombres-hombres que respiran, sudan y se orinan en las trincheras. O que mueren, como Ramón Collar, como el iletrado Pedro Rojas (“Viban los compañeros”), o como ese innombrado cadáver resucitado (“No mueras, te amo tanto”) sobre el que el mundo en masa consigue reproducir profanamente (“¡Quédate hermano!”) el milagro de Lázaro. Con sinceridad y pureza, mas sin rencores ni odios. Pues hasta en la guerra hay fronteras y límites que nunca deben rebasarse.
Con el libro en el regazo salgo de la batalla (“¡Cosas de españoles!”) doliéndome el alma por el hambre, por el sufrimiento, por la tierra ensangrentada. He cruzado Extremadura, pasado por Talavera, sobrevivido en Guernica, bombardeado en Madrid, Bilbao o Santander,… para escapar finalmente de Málaga por la costa. “Traigo la camisa llena, mirá Marusiña, de sangre de un compañero”… ¿para qué? ¿Para qué, camarada Vallejo? Para aparecer hoy en al envés de un espejo donde nadie ha aprendido nada al cabo de mil siglos de enseñanza. Por eso, quizás, después de dirigirte a los niños –esos niños, “hijos de los guerreros” y verdaderas víctimas del desastre– escribiste el postrer poema de tu libro también mirando hacia el futuro. Esos versos que hoy releo con el triste escalofrío de una nueva profecía que nunca parece dejar de cumplirse. Esa advertencia que hoy nadie escucha. Ese aviso que ninguno comprende mientras inconscientes verdugos nos acercan peligrosamente de nuevo al borde del precipicio al grito suicida del “¡Y tú más!”:
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo!
¡Cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…
“De vez en cuando hay poetas que se ponen de moda y se convierten en referencias de culto”, he escrito al inicio de esta reseña. “Cuidémonos del futuro” mientras recuperamos la dicha por la buena poesía y el buen gusto. Aunque para muchos la Poesía solo signifique postureo y figurín. Y leamos, leamos a Vallejo. Al revolucionario Vallejo, al republicano Vallejo, al sufriente Vallejo. Al Hombre Vallejo. Digo yo, que algo se nos pegará. Y también, quizás, también se les pegue a los infaustos políticos de opuestos signos que nos gobiernan y conducen hasta el abismo.
España, aparta de mí este cáliz (Hiperión, 2026) | César Vallejo | Edición de Inmaculada Lergo | 80 páginas | 12,45 euros