0

La Gran Simulación

JORGE ANDREU | Yo fui jugador de Pokémon. Es el primero de los videojuegos que recuerdo y que encabezaría una larga lista de títulos que ocuparon buena parte de mi vida entre los ocho y los dieciséis años. Justo el momento de descubrir la literatura. Más tarde he caído en la tentación de utilizar emuladores para rescatar aquellos momentos e incluso, andado el tiempo, me he recreado durante media hora asistiendo en diferido, y al doble de velocidad, a la partida que algunos videogamers –los jugadores de toda la vida– han retransmitido desde Youtube. Siempre pensé que alguien debía incorporar el mundo del videojuego en una novela de calado. Y a juzgar por la buena prensa y la publicidad, es lo que ha hecho la joven escritora zaragozana Sara Barquinero en Los escorpiones.

Quizá fuera un error por mi parte entrar en esta novela esperando encontrar una reflexión filosófica sobre una de las enfermedades del siglo XXI: la depresión, la ansiedad, con todo lo que ello tiene de relación, que es mucha, con la dependencia de lo digital y la química –ya sea en forma de benzodiazepina o en sustancias psicoactivas–. Lo cierto es que me tragué las primeras trescientas páginas como si la narradora de la primera parte, el narrador de la segunda y el interludio me estuvieran echando un pulso: más allá de la mezcla de tipologías textuales que algún crítico ha infravalorado por tratarse de ejercicios inmaduros de escritura –y es verdad que en cierto modo frenan lo más interesante de la narración, por muy justificado que esté, por ejemplo, el delirio en partituras y escritura al revés en la segunda parte que representan un punto climático antes de un estallido muy bien logrado–, encontré una novela que se alimentaba de algunos de los vicios de la Generación Z en dos personajes con caracteres similares. Tal vez sea este el primer error de la novela: ella depresiva, él depresivo, ambos recurriendo a sustancias, ¿cómo no iban a encontrarse? La justificación en las primeras páginas de los dos personajes encerrados en un zulo tampoco ayuda en este sentido. Uno piensa: ahora me van a contar cómo recorren sus caminos hasta coincidir en algún punto, vamos a ello. Pero me quedan quinientas páginas y ya en el interludio la cosa ha empezado a flaquear.

Pero ¡zas!, en la lectura se entrecruza una nouvelle que nos transporta a la Italia de los años 20 y a una sociedad fascista que experimenta con sus miembros en una secuencia encadenada de fiestas donde todo lo que ocurre es producto de la música. El resultado parece una película de zombis con un halo pornográfico de sociedad secreta a lo Kubrick. Ahí entran los Pokémon: como se ve en un diálogo, uno de los personajes está desarrollando «una investigación sobre la condición humana. –Creía que Luigi era músico. –Bueno, la música también tiene que ver con la condición humana» (pág. 355). Esta música no es otra que la melodía del Pueblo Lavanda, una pieza que fue objeto de controversia debido al suicidio de un elevado número de niños que habían dejado la partida justo en ese punto de la historia. El experimento se lleva a cabo en las habitaciones ocultas de una mansión a la que la narradora protagonista de esta novela corta asiste como forma de rebeldía contra su marido. La frescura de esta narración hace recuperar el aliento y hace que uno avance otras casi doscientas páginas con la sensación de estar descubriendo algo importante.

A partir de aquí, con otros dos interludios y una tercera parte, empiezan a sobrar los personajes fumando y consumiendo drogas, la narración se convierte en una reiteración de motivos que giran en torno a lo mismo –los juegos, la ansiedad, la conspiración, la anhedonia– hasta que llega la última parte, donde todo debe enlazarse. Si se trata de un ejercicio juvenil de escritura como decía aquel crítico, bien hallado: los cabos sueltos quedan bien fijados, aunque para ello haya tenido el lector que sobrepasar una barrera importante durante otras doscientas páginas en las que el pulso decae, o cansa de tanto engrosarse la novela.

La última parte, eso sí, la que da título a la obra, adopta el aire de novela de aventuras, de detectives casi, por tratarse de la búsqueda del malo –de la mala, en este caso– por parte de Sara y Thomas, los dos personajes que protagonizaron las dos primeras partes y que obviamente hubieron de encontrarse más tarde –en Bilbao, durante una exposición de arte. Es en este punto donde la autora demuestra su destreza para acelerar la acción: la aventura trepidante de los protagonistas en Nueva York tras los pasos de Michaela D’Alessandro sabe a thriller cinematográfico sobre las teorías de la conspiración.

Con su explicación de trastienda y una reflexión sobre la vida como si fuera un videojuego, a la que llaman La Gran Simulación, la novela llega a su punto culminante: ahora sí, ahora uno comprende que todo el entramado de Deep Web, conspiraciones, suicidios, conductas extravagantes, drogas, alcohol y citas por internet tiene mucho de análisis de la vida humana sometida a unas reglas que en el siglo XXI vienen impuestas por la tecnología, de suerte que puede leerse la vida de muchas personas como el camino perdido de esos avatares de videojuegos que se bloqueaban al equivocarse de puerta y quedaban en tierra de nadie, repitiendo los mismos gestos sin posibilidad de regreso. Se trata del mejor acierto de Los escorpiones, lo que la eleva a categoría de novela filosófica al reflexionar sobre una vida que se aniquila a sí misma cuando se ve en peligro como el escorpión, y que no sabe cómo resolver los problemas existenciales si no es a través del suicidio.

Ahora bien, ¿hacían falta para ello ochocientas páginas y cinco novelas cortas ensambladas en un marco narrativo de libros leídos por los propios personajes como forma de colar todos los ingredientes?

Los Escorpiones (Lumen, 2024) | Sara Barquinero | 816 páginas | 23,90 euros

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *