
JUAN CARLOS SIERRA | Juan Manuel Gil (Almería, 1979) es sin duda, junto a autores coetáneos suyos como Daniel Ruiz, Sara Mesa o Coradino Vega -cada uno en su parcela y en su estilo-, uno de los novelistas punteros de entre los de su generación, la de aquellos que nacieron en los 70 y además escriben desde Andalucía, si es que esto tiene alguna importancia. Ya venía demostrando su buen hacer literario con novelas como la que le mereció el Premio Biblioteca Breve en 2021, Trigo limpio, o la reeditada en 2024 Un hombre bajo el agua, o La flor del rayo (2023), por no hablar de libros inclasificables suyos como Mi padre y yo. Un western (2012). Con su última novela hasta la fecha, Majareta, confirma su buena forma narrativa.
El entrenamiento lo tiene más que hecho Juan Manuel Gil en el centro de alto rendimiento de esas obras anteriores a las que acabo de aludir. A lo largo de ellas se ha fajado con solvencia en la construcción de entramados narrativos fundamentados en la coralidad de sus personajes, una polifonía que suele desembocar en un caleidoscopio de puntos de vista diversos e incluso divergentes. Una estrategia esta que bien utilizada, como sucede en el caso del escritor almeriense, facilita en su complejidad el planteamiento de un conflicto que hará avanzar la narración y atrapará irremediablemente el interés del lector. Juan Manuel Gil suele dejar a todos sus personajes a su aire, les concede el regalo de la palabra según sus necesidades, intereses, picardías, locuras,… De este modo, serán las voces externas al autor/escritor -también personaje en muchas ocasiones- quienes se responsabilicen de sostener la narración. Todo esto, como era de esperar, lo vamos a leer en Majareta, pero quizá con un punto mayor de virtuosismo, consecuencia lógica de las muchas horas de entrenamiento escritor a lo largo de todas las novelas anteriores de Juan Manuel Gil.
Además, en Majareta comprobamos que esa multiplicidad de voces y la trama que construye van derivando en una suerte de investigación que se convierte casi involuntariamente a ojos del lector en un argumento propio de una novela negra-policial, en concreto de una novela negra-policial de barrio, del barrio al que están ligados directa o indirectamente todos los personajes de la novela, incluido el autor/escritor -también personaje, por supuesto-. El relato que se inicia in medias res o in quasi extrema res con la intervención del personaje conocido como ‘El amigo necesario del autor’ se va armando sin dejar cabos sueltos hacia la resolución del caso planteado desde el principio. Juan Manuel Gil lleva al lector de la mano a través de una cantidad ingente de personajes que se singularizan en su discurso. Hay que destacar en este ámbito constructivo de la historia como virtud añadida la habilidad del autor almeriense para jugar a mostrar solo la patita. Quiero decir con esto que Juan Manuel Gil sabe esconder sus cartas al lector a lo largo de prácticamente toda la novela, de manera que este, en lugar de verse tentado de abandonar la partida por enfrentarse a un contrincante fullero, perseverará en la lectura por el interés despertado en él desde el arranque de la novela.
Todo esto, como sucede en gran parte de la obra anterior de Juan Manuel Gil, anda aderezado en Majareta con un sentido del humor notable, marca registrada de la casa literaria del almeriense. En esta novela, se trata de un humor algo soterrado, ajeno a la estridencia de la carcajada, pero que a veces, como sin querer, puede llegar a provocarla. Finalmente, como saben sus lectores habituales, hay que añadir a estas características idiosincráticas del novelista almeriense su fijación por la metaliteratura, por la reflexión desde la novela sobre la novela, en concreto sobre la que está escribiendo o sobre el género en general, valga el juego de palabras. Para llevar a cabo esta función, en Majareta Juan Manuel Gil se vale magistral y esencialmente de ‘El amigo necesario del autor’, una especie de espejo del narrador/transcriptor/personaje al que le toca la tarea de aportar esta reflexión metaliteraria no exenta de crítica o, cuando menos, de dudas.
Llegados a este punto, se podría concluir que esta nueva novela de Juan Manuel Gil sería absolutamente prescindible, porque ya hemos leído algo muy parecido en entregas anteriores. Pero no. Y me explico.
Aun suponiendo que Majareta no fuera más que una repetición de una fórmula que el autor maneja con soltura, para los incondicionales -o no tanto- de la literatura de Juan Manuel Gil, esta novela seguiría siendo un auténtico disfrute. Para los que piden algo más, para quienes aspiran a no leer la misma novela -o, en el caso del escritor, a no escribir la misma obra-, Majareta plantea una novedad: una visión radicalmente actual, una mirada social aguda, ajustada e imprescindible para los tiempos algo confusos que corren en relación a la realidad, o más concretamente, en relación a la verdad.
En la página 214 de la novela, a propósito de la incursión del punto de vista de la Iglesia en el entramado de voces que hablan sobre lo que ha hecho ese al que llaman ‘majareta’, el conserje del colegio concertado y religioso del barrio, el personaje conocido como ‘El amigo necesario del autor’ apunta lo siguiente: “Están pensando en coger las riendas del relato. Ahora eso se ha puesto muy de moda. Todo el mundo quiere dominar el relato como si así fuese a dominar su vida. (…) La Iglesia, en este tipo de operaciones de alta inteligencia, nos lleva más de dos mil años de ventaja, y eso se tiene que notar por algún lado”.
No sé si sería arriesgado interpretar todo el entramado narrativo -literario y metaliterario- de Majareta como un cuestionamiento de las costumbres actuales acerca de la construcción de ese ‘relato’, es decir, acerca de la formulación discursiva de una interpretación -apresurada, superficial, simplista,…- sobre la realidad, una exégesis que suele derivar en falsedad, mentiras, bulos y manipulación en favor de los dueños de tal ‘relato’, un sector económico y político que nada tiene que ver con la realidad y mucho menos con los intereses reales y cotidianos de la mayoría de la población. Ese ‘relato’ tratará de imponerse y de hecho se impone habitualmente, a pesar de que la verdad verdadera pueda salir a la luz. Y es que el barrio donde se desarrolla Majareta, la gente normal y corriente, tiende a asumir el discurso de los poderosos, los dueños de la conversación pública, los señores del estado del debate público y publicado.
La verdad, la realidad, no se ajusta a una sola versión y menos aún a la de estos buitres, como no se ajustan en la novela las versiones acerca de lo que pasó con el protagonista de ella, ese al que llaman ‘majareta’. Pero también es cierto que la verdad, la realidad, es mucho más compleja que lo que normalmente esperamos. Más allá de los intereses particulares, de los cadáveres que cada uno quiera o deba esconder bajo la alfombra, de las vergüenzas particulares, de los atajos, hay una verdad profunda que no siempre es posible demostrar. Y según ‘El amigo necesario del autor’ en las páginas 328 a 330 la literatura, la escritura de la novela que estamos leyendo, tampoco ayuda del todo, aunque esta se intente legitimar en su propia búsqueda de la verdad verdadera a través de “rellenar vacíos, (…) conectar lo disperso, (…) invocar lo olvidado”. Según este personaje, “La literatura, tu literatura, no va a servir para rellenar, conectar o invocar absolutamente nada. De eso puedes estar seguro. ¿Sabes para qué va a servir? Para que nadie crea que todo esto que has escrito fue verdad. Y eso sería una pena. Así que hazme un favor: cállate tú también”.
Ahí está la contradicción de la novela, de Majareta y de cualquier otra, la que se plantea entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la fabulación, entre la vida y la literatura; entre las preguntas que plantea la vida y las respuestas que propone la literatura. En cualquier caso, a Juan Manuel Gil le pediríamos justo lo contrario que le solicita ‘El amigo necesario del autor’, es decir, que siga escribiendo, que no deje de hacerlo, que se rebele contra su personaje unamunianamente, que no le haga caso y siga escribiendo novelas como Majareta.
Majareta (Seix Barral, 2026) | Juan Manuel Gil | 336 páginas | 20,90 euros