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La nieve al caer no hace ruido

ROCÍO ROJAS-MARCOS | Hay una mujer, hay una cabaña, hay un bidón con agua, hay un baúl, hay muy pocas cosas, todas doloridas, todas pasando mucho frío, todas intentando resistir, aunque no sepamos porqué, aunque tengamos que llegar casi hasta el final para entender de dónde llega cada frase. Mohamed El Morabet nos trasporta a las montañas de su infancia, nos aleja de cualquier imagen estereotipada de su país natal para mirar a través de los copos de nieve esa realidad cruel y dolorosa que es el día a día de tantas mujeres en tantas partes del mundo, pues, por desgracia, el drama que nos narra es común miremos donde miremos. Las diferencias son solo maquillaje.

Entonces, como decía, hay una mujer, casi una niña a la que escuchamos constantemente: habla, piensa, recuerda, se mueve y a su alrededor todos lo sonidos internos y externos la van rodeando, la van amortiguando en su descenso hacia un infierno que no conoceremos hasta las últimas páginas de la novela. Mientras, ella intentará resistir, cuidará de la poca agua que tiene, intentará encender un pequeño fuego, atenderá a los sonidos que hacen los animales a su alrededor. Pájaros, alguna lagartija, hormigas. Animales cada vez más pequeños que contrastan con la inmensidad de las montañas del exterior de la cabaña. Una grandeza a la que no quiere asomarse. Una dimensión que la apabulla y que parece tener su reflejo en la propia forma del texto, pues los párrafos se van destilando, van desapareciendo palabras de las frases, cada vez son más breves, hasta llegar a sintagmas y frases sueltas a modo de versos.

Esta forma narrativa es uno de los hallazgos de El Morabet en la novela. Como si las palabras se fuesen evaporando conforme avanzan los párrafos, igual que a la mujer de la cabaña se le diluyen los pensamientos entre la maraña de recuerdos abruptos, igual que las hormigas intentan mantener la fila, pero la mínima interrupción las dispersa, hay bajas, cada vez son menos en su tarea. Así es como parece funcionar la relación entre la forma adoptada por El Morabet para contarnos esta historia de una mujer sin nombre y el contenido de la propia historia. Hay una relación directa entre la desaparición de palabras intercalada en el texto y la desaparición célula a célula de esa mujer y así nos lo propone el autor: “No hay justicia en la destrucción sin creación, en la aniquilación sin permanencia” (p.119) dice el narrador en un momento para resumir hacia dónde se encaminan estas páginas, pues el camino que lleva recorrido esta mujer, casi niña, desde que ha empezado su historia va dirigiéndose hacia su aniquilación. Cada vez parece más pequeña, cada vez está más consumida dentro de su historia, cada vez necesita menos palabras, palabras que no dice, palabras que solo piensa.  Y es así como alcanzamos las últimas líneas de esta novela para leer:

Nieva.

       Nieva sobre la montaña y su noche.

       Nieva sobre la mujer y su eco.

Y entendemos que hay muchas, demasiadas, vidas que solo sobreviven en el eco de la nieve, algo casi inexistente, pues la nieve es silenciosa, al caer no hace ruido, se amortigua sobre aquello que cubre y se amontona sin más. Así son las vidas de mujeres como la protagonista de etas páginas, como ecos en la nieve, silencios prolongados lo que dure la agonía.

Ecos en la nieve (Galaxia Gutenberg, 2025) | Mohamed El Morabet | 144 páginas | 15 euros

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